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20 de septiembre de 2019, 20:20:02
CRÍTICAS


"La gran Ilusión" de Mika Waltari

Por Ricardo Martín. El Placer de la Lectura


La gran ilusión’ es la primera novela del finlandés Mika Waltari (1908-1979), publicada en 1928 mucho antes de conseguir fama mundial con sus ficciones históricas ‘Sinuhé el egipcio’ o ‘Marco el romano’. Contiene todos los ingredientes que se pueden esperar de una novela de juventud: pesimismo heroico, ensalzamiento del amor sublime y la camaradería, sentimientos autodestructivos…, pero condimentados con un estilo y unas reflexiones poco habituales en un autor que, cuando la escribió, aún no había cumplido los veinte años.


Las dos partes en que queda dividida la narración se corresponden con una presentación de los personajes en el entorno cerrado de su ciudad, y con un viaje de búsqueda y realización personal lejos de aquella. Una estructura que suele conducir a una visión esperanzada del futuro, pero que aquí no acaba de sacudirse el pesimismo que el narrador va destilando durante todo el texto. Porque para Hart, un joven aprendiz de periodista, el ambiente bohemio de noches y alcohol en Helsinki no acaba de llenar su vacío existencial; en parte porque, a raíz de una de esas veladas, acaba inmerso en un típico y tormentoso triángulo.

El vértice femenino es Caritas, rompecorazones defensora de la intuición como guía de comportamiento, y que rechaza la tendencia de la juventud actual a emplear el análisis incluso con los sentimientos. El tercero en discordia es Hellas, cínico escritor y crítico empeñado en mostrar una actitud paternalista y prepotente ante las representantes del género femenino, actitud que comparte y expresa, mediante generalidades sobre la psicología femenina y otros lugares comunes, el propio narrador. Que Caritas se pliegue a esas consideraciones no hace sino aumentar el desconcierto de un lector actual que debe, en todo caso, considerarlas producto de la época.

Y como en toda narración de borrascoso aprendizaje, hay un descenso a los infiernos en forma, aquí, de escena en un cochambroso camarote de barco; y un momento de desafío y exaltación juvenil cuando en plena noche el trío acude a bañarse en una playa peligrosa. Y también el impulso del viaje, con la solemnidad de la partida hacia otra vida, la que encuentra el protagonista, en la segunda parte de la novela, al llegar a París en busca de Caritas.

Pero la visión de la gran ciudad no está cargada de romanticismo, sino de temerosa fascinación por un paisaje urbano dominado por la velocidad y los avances técnicos. Unas cualidades que se había encargado de exaltar el movimiento futurista, a cuya introducción tardía en Finlandia colaboró el propio Waltari, y cuyo fundador Marinetti no ocultó sus simpatías por el fascismo italiano. En este orden de cosas, y teniendo en cuenta el fuerte conservadurismo del autor nórdico, producen ciertos escalofríos las alabanzas del narrador, mientras contempla una competición deportiva, de un Renacimiento que este adivina próximo, y que inculcará en la juventud el culto al cuerpo y la sumisión de la personalidad al afán colectivo.

De hecho Waltari sugiere en el texto el sentido alegórico del proceso destructivo de uno de sus personajes, torturado representante de una generación que él ve como un fruto cuya necesaria descomposición permitirá el crecimiento de una juventud vigorosa. Una juventud que necesita algo nuevo, “la ilusión de un amor puro…de un amor creador de una nueva vida. La gran ilusión”.

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