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Del camino
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Del camino

miércoles 21 de diciembre de 2016, 21:15h
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Curiosamente, el único camino que hemos emprendido al empezar a andar ha sido el camino del regreso. Un camino, bien se sabe, infinito visto desde la realidad de las sensaciones.

Caminamos en línea recta hacia nosotros mismos, más sin término, tal vez porque, al evocar la llegada a través, también, de las sensaciones, no es posible delimitar un lugar y un paisaje que signifiquen el final ya que hacia donde nos orientamos en realidad es hacia una forma de comprensión, y eso no tiene fin.

En ese final lo que convergen son destino y anhelo. Se trata de una necesidad esperanzadora (la de la obtención de claridad) sustentada en una necesidad impuesta (la de la trayectoria definida de antemano por la muerte).

Hay un objetivo dictado por la naturaleza: el andar, el encaminarse, del que hemos de precisar su contenido. Andar, en buena medida, resulta algo evocador por cuanto la realidad obtenida a lo largo del camino será una realidad completa para el caminante dado que éste ve y percibe pero también siente, reflexiona y busca.

De ahí que lo real inmediato habrá momentos en que cumpla, además de su inmediatez, una función sugeridora (no olvidemos que nuestro destino es ese infinito). De ahí que, en algunas partes del trayecto, las sensaciones (esa lógica intima que contiene una fuerza motriz esencial en la vida del hombre) ocuparán el lugar de la realidad tangible para, desde ahí, alcanzar el corazón con un ansia irrenunciable por cuanto lo que pretende el caminante es un descubrir, un conocimiento que implica a su propio ser.

Ahora bien, siendo así, ¿no habremos de convenir el haber tenido que reparar una vez más en la soledad del hombre, una soledad que tiene su espejo en ese final pretendido desde siempre? La soledad invicta. La soledad más pura.

Se llega, pues, con el final, a un espejo, pero a la vez es obvio que nos hemos ido trasladando a lo largo de él. El símil del túnel que el escritor Ernesto Sábato empleó para explicar la oscuridad inequívoca y opresiva del destino del hombre habría que reemplazarlo, en mi opinión (sin desmerecer el contenido de su valor simbólico), por el pasillo de espejos que orienta en silencio nuestro final.

Por efecto del paisaje de espejos gozamos de luz; un bien que pretenderemos disfrutar como un generoso ofrecimiento, pero lo cierto es que en el brillo quedará embotado nuestro sentido crítico, el que hubiera de decirnos que lo que hemos estado haciendo, de lo que hemos participado, ha sido de nosotros mismos, de nuestra interesada soledad.

Solo al final, gracias al contraste de la luz no reflejada, (¿la luz que viene desde los arboles, desde el mar?), advertiremos que de lo que hemos presumido era derivado de una luz prestada por un efecto óptico al que habíamos terminado por adaptar nuestras convicciones. Un efecto falso.

Solo al final (¿gracias al olor de la lluvia, al viento marino?), habremos reparado en el engaño que, en el fondo de todos los significados, existe: fue (la vivida) una realidad equívoca elaborada por nosotros mismos y que contó en todo momento con la anuencia de nuestra convicción.

¿Y qué convenir de ello: una frustración? El hecho cierto es que a lo largo del camino que ha sido nuestra vida hemos ido confeccionando un autoengaño que nos ha servido de sustituto de la auténtica realidad. Ahora bien, una vez que tal descubrimiento lo hemos hecho en el remate de nuestro itinerario, quizá lo mejor, antes que desesperar, sea el sonreír. Y no será ello sonreír a una tragedia, antes bien será una complacencia en la ficción. ¿Es que había sido otra cosa nuestra vida, si retornamos a ella nuestros sentidos, más que una ficción para tratar de descubrir los secretos que había ido acumulado nuestro corazón?

El que ha caminado a solas ha establecido, necesariamente, un vínculo directo con el paisaje. Paisaje o paisajes, evocados todos ellos en la percepción que nos conduce hacia el abstracto limite del horizonte.

El paisaje, en efecto, ha penetrado en el caminante sin que haya habido deliberación por parte de uno u otro, pero ahí está, otorgando unidad al discurso del pensamiento, dándole una solidez física, una proporción y armonía que no hubiéramos tenido de otro modo.

Ello incita, como complemento, al caminante solitario que ahora reposa, a la rememoración. ¡Es tan fácil y a la vez tan lleno de zozobra el volver a la condición infantil en que todo, todo tenía para nosotros un lenguaje y un significado! A pesar de que, acaso, quien hiciese una compañía mas verdadera fuese el propio paisaje, y la lluvia en calidad de receptora. (Siempre llueve débilmente cuando el caminante se cobija, de un modo emocional, del horizonte).

La lluvia posee todas las voces y los sentimientos, toda la comprensión, y es distinta en identidad a uno mismo -algo que no ocurre de una manera tan patente con el mar, al que de un modo u otro estamos vinculados como pertenencia-; es una dama (¿o un caballero?) indiferente, altivo, serio y sereno, escaso en argumentos pero tranquilizador. Ahí está su don: el don de la distancia sin que uno perciba enteramente el abandono.

  • * *

También tiene su don ese sentimiento del final, el que llama sin hostilidad.

¿Somos niños, en verdad, una sola vez?; ¿lo somos muchas veces a lo largo de la vida? ¡Hay tantos momentos en que es necesario ser como un niño para apercibirnos de nuestro entorno y de nuestra ubicación en él! ¡Cómo no hemos de ser niños si necesitamos tanto a la memoria!.

A lo largo del camino, hasta el lugar donde se encuentra el final, más de una vez será un niño quien responda y pregunte. Con ello volvemos al espíritu lúdico, a la consideración de la vida como un juego cuyas piezas nos ha sido encargado ordenar.

Con el andar y el sentir el paisaje llegamos a saber de los numerosos componentes del juego: el miedo, la alegría, el dolor, la melancolía, la fe, el orgullo. Todos ellos inscritos en el paisaje y en el caminante, que busca ahora la orilla, desde donde continuar camino más seguro.

¿Será el único objeto de la búsqueda un sentimiento de armonía?: acaso por ahí viva el secreto que impulsa hasta el final.

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