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"Saber leer análisis, saber escribir síntesis" por Edvardo Zeind Palafox

Por Eduardo Zeind Palafox
jueves 23 de octubre de 2014, 13:23h
Sancho Panza
Sancho Panza

Parloteaba en una terminal de autobuses con un alumno que firme en sus contradictorias ideas sostenía que no hace falta saber leer ni escribir para imperar sobre los demás en esta ridícula vida, gobernada por la emoción y no por la razón, por la que se produce frente al placer o frente a la posibilidad de manipular los placeres a través del periódico o de cualquier medio de comunicación; y sí, acepté las ideas de mi alumno, que se mostraba ya maestro de la vida, o desengañado, y versado en ardides de economistas, consistentes en vender humo por dinero, o por mejor decir, ideas que parecen conceptos y conceptos con cariz de verdades eternas.

Mi alumno, citándome eruditamente un pasaje del `Quijote´, recordóme que nuestro famoso español convenció de sus locuras a Sancho Panza echando mano de promesas, y que son las promesas como las mujeres, según Larra, pues abrazan para matar, para ahogar el presente. Hoy, afirmaba mi alumno, hay que prometer, postergar, alargar, hacer luengo el "luego", estirar los epigramas hasta hacerlos libros de historia y los minutos hasta hacerlos eternidades, que tienen su fundamento en los Evangelios, que prometen la gloria a todos sin destacar que no todos podrán, por ser algunos indelicadas bestias, retozar en ella.

Y con la citación de Larra me acordé de sabrosa paradoja suya, de una que pregunta si no se escribe porque no se lee o si no se lee porque no se escribe. Se aprende a leer, según la lógica de Aristóteles, descifrando textos que ya existían antes de nuestro nacimiento, que sólo agrega estúpidas exégesis al mundo; y problema será de arqueólogos determinar si fue antes la lectura o la escritura, enigma que no nos incumbe hoy, en pleno siglo XXI, siglo de docta incultura donde gobiernan amas y enanos; sí, amas que heredaron de sus esposos sus poderes y esposos que son enanos de pensamiento cuando se les parangona con los afanes de los gigantes del pasado. ¡Qué fácil cualquier imberbe imprime hoy sus pálidos juicios! ¡Qué fácil los periódicos lanzan al público los juicios de sus redactores! ¡Qué atrevidillos andan los escribanos modernos, que no saben distinguir un "juicio analítico" de uno "sintético", opinando de todo con su "juicio necio"! Y pues me he tomado la molestia de leer los libros de filosofía, sé que la herramienta de la ciencia es el concepto. ¿Qué es concepto? Digamos, por de pronto, que es algo estático, quieto, y que por ser quieto es víctima de las opiniones de todos.

¿Y qué son las opiniones? Proposiciones, retahílas de palabras inconexas que desvirtúan nuestro "maravilloso artificio", el español, según mote de la `Gramática´ de 1771. Bien es saber qué dijo Aristóteles sobre la Política y sobre la Poética, pero mejor sería saber que la Política es cosa que cambia a diario y que la Poética no, pues es ente eterno, primitivo silogismo de color, sonido o forma, andamio perenne de la belleza. Nuestros redactores, que "deliran a destajo", según expresión de Moratín, que ignorantes se jactan de miltonianos ángeles, antes traducen lo sentido que lo visto y pensando, pues ignoran que la Política es resultado de la Historia, objeto "sintético", y además que la belleza es resultado del dictamen de los sentidos, atributos connaturales del hombre. ¿Cómo paliar o eliminar las aberraciones que leemos en los periódicos? Estudiando ciencias, tales como Historia, Botánica, Mineralogía, Física, Matemática, Bellas Letras, Letras Divinas, Retórica y Poética… Hará la primera que conozcamos querencias superfluas que pasan por biológicas; hará la segunda que seamos prudentes y descreamos de bálsamos mágicos que salvan del Seol, o sea, nos hará prudentes; harán las dos siguientes que apreciemos el paisaje, que seamos buenos militares; y finalmente, pues no es este artículo de Augusto Comte ni programa de Cornell, hará la Poética que gobernemos nuestro pensamiento, sólo gobernable con el lenguaje.

Anonadado con mis palabras y apuntamientos, mi alumno quiso saber en qué universidad extranjera había yo aprendido tan profundas sabidurías y apotegmas, a lo que respondí que en la Universidad de la Gana, donde oblíganlo a uno a memorizar al viejo Aristóteles. Éste, y me perdonará el griego lo confianzudo del "éste", pero soy hijo del labrador siglo que corre, razonó que la Poesía nace de la necesidad que todos tenemos de imitar y del placer que da la imitación. Imitar, medítese, es usar de la analogía para copiar y conocer los límites de nuestro genio; o dicho en cortesía, la imitación, la `Imitatio´ de los humanistas del Renacimiento, quería que los artistas se apegaran a los modelos paganos, latinos y romanos, claro es, para que se deleitasen en la contemplación de la Naturaleza, que fue hecha por Dios. ¡Pero qué van a saber los periodistas de hoy atenerse a las notas de un accidente o de un fenómeno, si ni siquiera saben imitar a sus maestros! Se les piden sátiras, y como no se avezaron en los estoicos o epicúreos, de recia estirpe, fraguan elegías, las cuales elegías caen en los dos defectos del buen decir, que son la mucha afectación y la mucha sequedad, para recordar los saberes de nuestro maestro don Marcelino.

Mi alumno, que jamás pudo refrenar su incredulidad moderna, arguyó que la imagen es la casa del ser, arbitrio que robó, claro era, al bardo Hölderlin, que dijo de otro modo, a saber: que la palabra es la casa del ser. ¡Pintar es escribir con el azul del cielo y con el rojo de la sangre! Describir es anunciar los colores y las formas de algo; es sintetizar, justificar la presencia de tales o cuales objetos en un bien acotado espacio. Tengo a la mano un volumen con las obras de Moratín, donde leemos: "sería indecoroso a un escritor, a un orador o a un poeta carecer de las prendas de estilo, lenguaje, versificación e inteligencia del genio y costumbres dominantes en su patria, en la cual y para la cual escribe; y estas prendas (tan difíciles de poseer unidas con otras, como necesarias) ni en los escritores franceses, ni en los de Italia, ni en los de la antigua Roma, ni en los de Grecia pueden adquirirse". ¿Qué hacer entonces? Sé que Grecia fue asimilada por Góngora, es decir, que éste sintetizó con su instrumento, el español, las intuiciones griegas; sé que Boscán imitó el sentir italiano, sentir capaz de concordar los extremosos Febo y Marte, arte y guerra, mediante la "rima al mezzo", tamborileo que nos encanta y azuza a pelear, ya por amor, ya por la nación.


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