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"Historia, vertiente de la novela" de Edvardo Zeind Palafox

Por Eduardo Zeind Palafox
jueves 23 de octubre de 2014, 13:23h
W.H. Auden
W.H. Auden

Los largos años de lectura hacen que empecemos a encontrar similitudes y parecidos entre cosas que son totalmente diferentes; esta costumbre, dicho sea de paso, es una costumbre poética que nos hace perder el juicio. Hay engorrosos libros que no dirían nada sin la ayuda lejana de otros libros o de autores imaginativos que simulan haberlo pensado todo.

Cuando un aserto parece más verdadero gracias a otro aserto, cuando una frase se explica sólo a través del lente que es otra frase, estamos haciendo lo que los filólogos llaman "interpretación". Yo no sé por qué los filólogos se han adueñado de una palabra tan lindamente acuñada, pues es propiedad de todos, actividad que todos realizamos desde que amanece hasta que anochece.

Sin embargo, en las universidades se le pide al alumnado hacer interpretaciones "singulares", esto es, que maneje una variada bibliografía erudita que muchas veces no conoce a fondo o que no ha leído con detenimiento. ¿Qué hacer para superar tan cruenta y mentirosa misión? Esgrimir la literatura, que es ficción; o "literaturizar", como dicen los críticos de hoy, para fingir ciencia. ¡Leed el `Quijote´! El poeta y crítico inglés Auden ha escrito en un famoso libro que el crítico literario debe provocar la lectura y acercar los grandes y buenos libros a los lectores no profesionales.

Mi desiderata mándame a hablar del `Facundo´, escrito por Sarmiento, del que pienso que es antes un libro de política aderezado con datos históricos que un libro de literatura, antes hosquedad apasionada que elegancia comedida. Borges, quijotil que por el "mucho leer" perdió el juicio, lo compara con el `Martín Fierro´, que es literario texto. Los lectores experimentados, cansados, enconados, encajonados, razonarán que la división que hay entre libros de historia, novelas históricas, historias noveladas y novelas es vieja y que no vale la pena traerla a colación. Pero poco importa lo veterano de una cuestión cuando se trata de hablar de arte, ya que el arte está más allá de las modas, de la esfera de lo "sincrónico", si me permiten colegir ayudándome de palabras actuales de gramáticos.

Yo ya no soporto la lectura de muchos libros nuevos, que se ciñen a repetir, como bien lo notara el agudo Francis Bacon, lo que otros han dicho y escrito. Hasta el mismo Shakespeare, que tenía mucho talento, repitió lo que los antiguos escribieron, aunque con formas nuevas. ¿Pero qué es la forma en la literatura y qué en los libros de historia? No lo sé. Lo que sí sé es que prefiero leer un mediocre libro de historia escrito por un estilista que leer una novela con pretensiones históricas, científicas. Me parece que Gadamer no anda descaminado cuando dice que es más sabroso leer a Mommsen o a Droysen que leer los libros de historia actual, hechos con una prosa más capaz de extraviar que de incardinar.

En el segundo capítulo del `Facundo´ hay una sección llamada `El rastreador´, en la que Sarmiento busca explicar el mecanismo intuitivo del hombre de la pampa, que es el hombre del que proviene el argentino, según la intención sugerida por el autor. ¿Quién o qué es el rastreador? Es un Derrida que todo lo encuentra siguiendo pistas, huellas, diferencias; es, digámoslo sucintamente, quien sabe oler lejanos mates, observar cicatrices ocultas en la tierra, sentir honores rotos y oír el angustiado trotar del que huye, sea ladrón, enamorado, inocente u "overo rosao". El rastreador es un modo de la justicia, insinúa Sarmiento. Debido al rastreador somos sólo granos de arena, como dice el `Fierro´, de Hernández, llevados por el pampero, Hado, que a su vez es llevado por los facinerosos deseos de las vistas pampeanas, que como las `Wyrd´ siempre están vacías y buscando indigestarse con hombres.

Contándonos la calidad del rastreador, Sarmiento nos cuenta un poco de la historia argentina, algo de su formación, de sus orígenes, del carácter del hombre argentino. El prurito del `Facundo´ desea fundar una cosmovisión, da personajes al argentino para que éste pueda explicarse el mundo, sus raíces. Toda raíz, por estar más allá de lo perceptible, es metafísica. Pero el `Facundo´, como el `Paraíso perdido´, de Milton, es un libro parecido a la segunda parte del `Quijote´, que más recordamos que leemos, citando a nuestro sabor un verso de Borges. ¿Por qué? Fingiré ser de la ralea del doctor Dekker presentado por Azorín. El doctor Dekker decía que en España se perdía mucho el tiempo; el doctor Dekker se asombraba de la tardanza del español; bien, pues yo me quejo de que el `Facundo´, de Sarmiento, es muy lento, moroso, fatigador, pues con muchas líneas dice poco. Sarmiento da los rodeos que daban los escritores medievales, los que da Milton para explicar una simple situación.

Sarmiento sostiene que la poesía americana sólo será original el día en que aprenda a leer el paisaje, mina de inspiración para el hombre en América. ¡Pero lo dice tantas veces y de tantos modos! Los sociólogos han descubierto que la poesía es un como conglomerado de materiales sociales, una síntesis de historia, política y economía, por decirlo de un modo burdo. Sarmiento tiene una visión amplia, pero no el talento, según mi parecer, para extraer peculiaridades radicales. Nuestro autor nos dice que muchos argentinos se parecen a los árabes, que el rastreador es ingenioso, pero poco nos dice del imaginario de un argentino, que es lo que nos interesa; poco comenta, sentimos, la indiferencia del entrerriano y el orgullo de la fémina cordobesa, virtudes celebradas por los Carriego, por los Almafuerte y por los Lugones.

El historiador notable no alardea su sensibilidad, sino su capacidad mimética. Borges no fue historiador, pero tenía intuiciones de historiador. Edward Gibbon era muy del gusto de Borges, argentino que razonó que el historiador ameno, como Cide Hamete Benengeli, antes es parte de la historia que seco narrador de la historia. ¿Qué otra razón, además del morbo científico, tenemos para leer libros de historia? "La otra razón, responde Borges, estriba en el hecho, acaso melancólico, de que el cabo del tiempo, el historiador se convierte en historia y no sólo nos importa saber cómo era el campamento de Atila sino cómo podía imaginárselo un caballero inglés del siglo XVIII".

Gibbon era un caballero inglés, cosa acabada, hecha, firme, un personaje histórico que escribió la historia de Roma; Sarmiento, en cambio, ¿qué era? ¿Era un político, un historiador, un novelista, un poeta? El arte de historiar exige que tengamos siempre una posición, una perspectiva, es decir, un papel claro en la sociedad humana. El `Facundo´ tiene "más de espíritu que de primor", más intención política que histórica, rasgo que nos obliga a leerlo con precaución, pues no es texto fundador ni literario, sino de un nuevo género, del que todavía hay que "coloriar" y "clariar", a decir de los gauchos. Roma, zagala simple, dolorida parió a Europa, y Europa, dueña culta, embelesada apareció a América; cuando se entienda la diferencia que hay entre parir y aparecer se entenderá qué es América, gaucho que se aparece y anda cuando Europa duerme.

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