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“El agua del buitre”, de Andrés Ortiz Tafur

martes 20 de octubre de 2020, 08:48h
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El agua del buitre
El agua del buitre

El cuento no es un género fácil, aunque lo parezca. Hay muchos escritores que fenecen en el salto de la novela al cuento. No es el caso de Andrés Ortiz Tafur, que anda instalado en el mismo con una soltura más que demostrada. Ahora este jiennense ha puesto en circulación “El agua del buitre” en la editorial Baile del Sol.

Ortiz Tafur ha tomado el nombre de su nueva obra -que además es el de uno de los cuentos que nos entrega- de un hermosísimo barranco existente en la Sierra de Segura; un lugar mágico, paradisíaco, en el que vive retirado desde hace años, acunado por el silencio, la naturaleza y, como es lógico, acompañado por todas sus fobias, que parecieran mecerse allí de otra manera, de una otra forma diferente que en la urbe.

El agua del buitre” lo componen diez y ocho cuentos, muchos de ellos fantásticos a primera vista. Sabido es que, en el cuento, a diferencia de otros géneros narrativos, hay una persona que habla, que dice, que recuerda, que no entiende algo, que se muestra triste o alegre o que se lamenta… Pero, la forma de manifestar las tales cosas es lo que caracteriza a unos cuentos de otros, más allá de su brevedad, tan necesaria.

Andrés Ortiz Tafur se instala en algunos de estos cuentos en lo improbable, en lo inaudito, en conductas que debieran ser inverosímiles, pero que, sin embargo, a pesar de todo, no pierden el principio de credibilidad en el lector, que es lo que importa. Porque en literatura todo es posible, tal que en la vida si lo pensamos: esa corriente incesante que nos lleva a veces por encrucijadas que jamás habíamos pensado pudieran acontecernos.

Por “El agua del buitre” circulan una legión de perdedores instalados en circunstancias kafkianas las más de las veces. Muchos relatos parecieran estar contados por un loco -cuestión que el lector deberá concretar en el desenlace o hablarlo con el narrador en su caso-. No obstante, en el imaginario de los idos y de los niños se encuentran aparte de caminos insondables, testarudas realidades e incluso la crueldad más terca. Y en ella se instala Ortiz Tafur para removernos la angustia, la cotidianeidad, la soledad, el desasosiego, la evidencia del maltrato en la familia, la pobreza extrema de muchos, la desidia que se acepta como si fuera inevitable, la capacidad de la imaginación para suplir las carencias más básicas o la persistencia del deseo más allá de la fortaleza de la carne y del definitivo cansancio del cuerpo.

Hay quienes manifiestan que Andrés Ortiz Tafur hace uso de lo que denominamos “realismo sucio” en el desarrollo de sus relatos. Yo no lo pienso así. Estimo que… en el planteamiento, en el escenario que los sitúa el narrador, desde el ángulo que los observa para contarlos, no cabe otra opción que dicho lenguaje: a veces tosco, seco, tajante y sin adjetivación alguna. Como debe ser.

No es la primera vez que me ocupo de la obra de Andrés Ortiz Tafur ni será la última. Este escritor se pasea, por ahora, con manifiesta soltura por el articulismo, por la poesía, pero, sobre todo, a mi entender, por el cuento, de los que ya nos ha dejado una ringlera de textos.

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