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"Una historia de impostores", un año después

sábado 31 de octubre de 2020, 08:00h
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Una historia de impostores
Una historia de impostores

Se cumple un año de la aparición de la novela Una historia de impostores, de Joaquín Álvarez Barrientos, y, como si de una de sus tramas se tratara, buscando otra cosa en mis correos, encuentro esta reseña que en su momento me envió su autora y los duendes informáticos escondieron. Si el tango dice que veinte años no es nada, si Alejandro Dumas escribió sin ningún rubor Veinte años después, bien pueden aparecer estas palabras solo un año más tarde, convertidas ahora en recordatorio tras haber abandonado su condición de anuncio. He aquí:

Joaquín Álvarez Barrientos es muy conocido en el ámbito académico por sus investigaciones sobre historia cultural de la Modernidad. Investigador del CSIC, ha escrito numerosos libros entre los que destacan, por recientes, El crimen de la escritura. Una historia de las falsificaciones literarias españolas (2014), Cultura y ciudad. Madrid, del incendio a la maqueta (1701-1833) (2017), Marcelino Menéndez Pelayo, Literatura y nación (2019) y El actor borbónico (1700-1831) (2019). Una historia de impostores es su debut –sobresaliente- en el mundo de la ficción. Se trata de una novela en la que se mezclan géneros como el policial o el de aventuras; incluso hay en ella una historia de amor que vertebra, si no el conjunto, al menos parte de él; y cuenta, además, con un fundamento histórico porque entre sus personajes aparecen, anovelados, individuos conocidos en el entorno de la cultura como Marcelino Menéndez Pelayo o Constantino Simonidis -por citar los que tienen un mayor peso en el texto-, que se relacionan con otros enteramente ficcionales.

Cuando sale de prisión, Jesús Guzmán, experto en jeroglíficos y mensajes cifrados, se obsesiona con una misteriosa organización, la “Sociedad para la Mejora de la Sociedad”. Con el fin de estudiar cómo funciona y quiénes la forman, viaja a Santander donde se encuentran los documentos sobre sus actividades, pero al no pertenecer al mundo de la academia, no puede consultarlos y decide robarlos. A partir de entonces, la vida de Guzmán se complica porque, inadvertidamente, hurta, además, las que parecen ser ilustraciones de un Beato. También porque durante su estancia en el norte conoce a una mujer con la que compartirá algo más que inquietudes detectivescas e interés por falsificadores, eruditos e impostores.

Una de las claves de la novela está en el juego que establece entre la realidad y la ficción que propicia, por ejemplo, conjeturar sobre la amistad entre el falsario Simonidis y Menéndez Pelayo, así como recrear fragmentos de la Autobiografía del polígrafo cántabro. Un segundo valor reside en su estructura en forma de muñecas rusas que facilita incluir diversas tramas; también que intervengan narradores con diferentes estilos que potencian la mezcla, a veces explosiva y siempre ocurrente, entre lo histórico y lo inventado. Como contrapunto, y de forma constante, el autor hace uso de grandes dosis de ironía y buen humor tanto en el contenido como en los distintos modelos de escritura. El resultado es un texto en ocasiones hilarante, donde casi nada –y casi nadie- es lo que parece. A pesar de todo, la obra no oculta un contenido crítico sobre algunas costumbres contemporáneas; tampoco cierto trasfondo moral sobre la realidad y sobre nuestra forma –inasible, relativa, incierta y tal vez postiza- de estar en el mundo. Una historia de impostores es, en definitiva, una novela documentada y, sobre todo, divertida, que se lee de un tirón y que está muy bien escrita.

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