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La conspiración
La conspiración

La Conspiración

Por Ángel Villazón
lunes 21 de diciembre de 2020, 03:00h
Publicamos en relato del escritor mexicano Ángel Villazón Trabanco "La conspiración".

Estaba ya atardeciendo, y se presagiaba una fuerte tormenta, en las llanuras de Toro. Desde uno de los torreones del castillo, el rey Sancho de León junto con su consejero, el Duque Don Fadrique observaban en la lejanía como el conde Lucrecio Pertierra, atravesaba la llanura castellana, y se dirigía a cruzar el puente del rio, con sus huestes casi intactas y con un buen número de prisioneros hechos en las escaramuzas que había llevado contra los moros. Volvía victorioso por tercera vez, después de haber reconquistado muchas tierras, unas salinas que dejarían mucho dinero en el futuro para las arcas de la iglesia, y unas minas de oro que abastecerían el tesoro real.

El Rey pudo ver como el Conde, en vez de dirigirse al castillo, para cumplimentarlo, como las dos veces anteriores, acudía a la plaza de la catedral, donde el obispo Benedicto lo esperaba para bendecir uno por uno a los caballeros, que primero a caballo rindieron honores ante él, y después a pie, besaron una reliquia de la Iglesia. En el sermón que les dirigió el pastor, arengó su lealtad y su fidelidad para con Dios y con sus representantes por encima de todas las cosas.

Inmediatamente después de rendir obediencia a la Iglesia, el conde con sus tres capitanes, se dirigió a la real fortaleza, donde Don Fadrique los estaba esperando al pie de la escalera al mismo, rodeado de un pequeño séquito de cortesanos que los felicitaron y elogiaron de forma efusiva, mientras los encargados de las caballerizas se hacían cargo de sus monturas.

El Duque, dirigiéndose hacia el Conde, lo abrazó muy afectuoso, y lo mismo hizo con sus capitanes. A los cuatro los distinguió con deferencia regalándoles una túnica de color purpura con brocados de oro con la enseña del reino de León. El lugarteniente lo invitó a que lo acompañara y juntos subieron las escaleras que conducían al castillo, mientras, los capitanes permanecían abajo conversando con los cortesanos del rey sobre la campaña que habían llevado a cabo.

Una vez arriba, en el puente levadizo de entrada al patio del castillo, dos ayudantes del rey salieron a recibirlo con mucho respeto y con gestos y comentarios elogiosos por su esforzada acción. El consejero, le pidió que se quitara el cuchillo que tenía atado a una pierna, al tiempo que un sirviente lo recogía en un cojín de color morado cosido con hilos de oro.

- Es el protocolo, le dice, será guardado con celo mientras se celebra la recepción, al mismo tiempo que elogiaba la belleza del mismo, el mango del mismo de color blanco y las incrustaciones de piedras preciosas.

- Es de un gran valor, subrayó el Duque. Seguro que habréis pagado mucho por él.

- Es un regalo.

- Quien os lo hizo, os debe de tener en mucho aprecio, dijo, interesándose por una leyenda inscrita en oro que decía “Lealtad”.

Posteriormente, fue conducido a través de las dependencias del castillo, hasta llegar a la sala capitular. El monarca estaba sentado ante el gran fuego de una chimenea que caldeaba la atmosfera, y decorada con gruesas alfombras que la hacían confortable. Al sentirlo llegar, se levantó y se dirigió a su encuentro, fundiéndose en un gran abrazo con él.

- Es la tercera vez que vuelves victorioso en la lucha contra los sarracenos. Todos en el reino estamos orgullosos de ti, le dijo mirándolo a la cara, mientras con sus brazos sostenía los antebrazos del conde, mostrándole cercanía y afabilidad. Cogió dos copas de vino, le alargó una, y brindaron por su hazaña. De nuevo se escanció otra botella y el rey volvió a brindar por la salud de su invitado.

Finalizados los brindis, un grupo de bufones enanos ataviados con trajes adornados con numerosos cascabeles que producían un estridente ruido metálico, entraron en la estancia, y bailaron y realizaron acrobacias a lo largo de toda la sala. Una vez que el espectáculo finalizó, el rey invitó al conde a sentarse a su izquierda, en torno a una mesa baja, con dos copas de vino, y mientras bebían, y mirando a la cara del conde le dijo con admiración y alegría:

- “Los tres mil prisioneros sarracenos que has conseguido en tu último viaje sin duda harán feliz a la Iglesia y al Obispo”. Es una venganza de nuestros pastores y de nuestra Iglesia por los sufrimientos que nos han causado esos infieles en el pasado. Es admirable el valor que habéis demostrado enfrentándoos a ellos lo largo del gran territorio que forman las salinas. Una gran triunfo. También lo fue la reconquista de la mina de oro. Sois un gran estratega, continuó.

El conde parecía halagado pero al mismo tiempo preocupado, y permanecía en silencio.

- ¿Qué puedo hacer por Vos? Le preguntó el rey

El Conde permaneció en silencio

-Corren rumores de que deseáis arriesgar vuestra vida, y luchar por la cristiandad, haciendo más cautivos.

-Ahora mis huestes deben descansar, contestó con cierta sequedad. Han sido meses duros de batalla

-¿Pensáis que sería necesario buscar una paz duradera con el caudillo musulmán?

-Si la paz fuera duradera, no habría más conversos para la Iglesia y para la cristiandad replico el Conde,

-Así es, le respondió el Rey. Conocemos la preocupación del Obispo por aumentar las huestes de la Cristiandad

El Rey mandó a un sirviente que trajera un arca llena de monedas de oro y le preguntó si lo consideraba suficiente recompensa para pagar su esfuerzo y los logros conseguidos. Después la puso encima de la mesa

- El Conde respondió que luchaba por su honor.

El Monarca entonces se levantó y dirigiéndose a la ventana, desde donde solía contemplar toda la llanura castellana y observando el atardecer, comentó que el rio pasaba con poca agua. Después el rey, se dirigió de nuevo al conde y en un gesto de despedida le dijo “Vuestro honor y el orgullo que habéis demostrado os llevará muy lejos”.

Cuando el Conde ya se marchaba, el rey miró a la mesa. El arca seguía en su sitio

El Duque y un sirviente acompañaron a Don Lucrecio de nuevo al patio del castillo, donde otro asistente acudió sosteniendo en un cojín la daga blanca para devolvérsela. Mientras se abría el portón levadizo, uno de los sirvientes lo inmovilizó con un movimiento preciso e inesperado, y Don Fadrique le asestó varias puñaladas mortales. Al cuerpo todavía con vida, lo desnudaron, lo rodearon con la túnica de color purpura, le sacaron los ojos y todavía con vida, lo arrojaron por las escaleras del castillo. Cuando los Capitanes, que lo esperaban abajo, vieron un cuerpo bajar dando tumbos, se acercaron hasta donde había caído, le dieron la vuelta, y le quitaron la túnica dando un grito de espanto. Vieron su daga blanca clavada en su pecho, y comprendieron su destino.

En ese momento, se oyeron los graznidos de halcones volando. Los tres Capitanes miraron al cielo. Tres cetreros reales, situados en las cercanías, hicieron bajar de las alturas a seis halcones que en un instante se abatieron a gran velocidad sobre las caras de los tres guerreros, arrancándoles los ojos con sus garras, con movimientos rápidos y precisos, dejándoles solo las cuencas. Tres ballesteros reales apostados desde las almenas de un torreón dispararon flechas que les atravesaron sus cuellos.

Al poco tiempo, desde el castillo, los bufones y enanos del rey, bajaron las escaleras dando volteretas y saltos hacia adelante y hacia atrás, y se dirigieron a la plaza de la catedral y del Palacio Episcopal, llamando la atención de la gente. Uno de ellos, que llevaba un pequeño arcón llamó a la puerta del Palacio y pidió que saliera el Obispo, pues le tenía que entregar una caja de oro y plata. Cuando este salió, el bufón con grandes gestos y ademanes de grotesca reverencia, le mostró el presente y después lo dejó en el suelo a sus pies para que la multitud congregada lo pudiera ver. El obispo se agachó para abrirla y dentro vio una bandeja que contenía la daga con el mango de color blanco del Conde Lucrecio, los ocho ojos de los tres capitanes y el conde, un puñado de sal y unas pepitas de oro. Los bufones dieron una voltereta para atrás, mientras la gente se empezaba a arremolinar ante el espectáculo. El obispo, comprendió con rapidez el mensaje y entró en su Palacio.

Mientras tanto desde un torreón del castillo y casi al anochecer, el rey Sancho observaba por poniente, como el sol se ponía dejando un rastro de color rojo por el cielo, y por levante, y ya casi en la oscuridad de la noche, como un hombre a caballo abandona la ciudad con destino a las llanuras de Castilla y trataba de cruzar el rio. En ese momento oyó los graznidos de una pareja de halcones que levantaron el vuelo y se dirigieron hacia el puente

Este relato es sacado de un libro “Goces y Sufrimientos en el medievo” del mismo autor.

Ángel Villazón Trabanco

Ingeniero Industrial

Doctor en Dirección y Administración de Empresas

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