www.todoliteratura.es
Pedro Castillo tomando posesión de la presidencia del Perú
Ampliar
Pedro Castillo tomando posesión de la presidencia del Perú

Y el progreso prescindió del buen salvaje

lunes 09 de agosto de 2021, 08:00h
Sobre la insolencia con que han interpretado algunos el discurso de investidura como presidente de la república del Perú del maestro rural Pedro Castillo, a mí, en cambio, me asombró su obcecación con la paradoja que cometen cuantos proclaman que todos los males del Continente derivan de la colonización española, insinuando de paso que en la época precolombina todas las naciones americanas compartían un ameno bucolismo sobre el feraz territorio, algo que corroboró Castillo al afirmar: “nuestros antepasados encontraron maneras de resolver los problemas y de convivir en armonía con la rica naturaleza”.

No obstante, los arqueólogos han demostrado que ni una cosa ni la otra; pues si muy asentadas civilizaciones, tanto de Mesoamérica como de la costa del Pacífico, perecieron incapaces de domeñar una repentina variación climática —a menudo agravada por la explotación exhaustiva de la tierra—, la conquista hispana se consumó tras pisar Yucatán, desde el actual Oregón hasta la Tierra del Fuego, en apenas cincuenta años y con muy escasos hombres —en concreto, el Perú fue una tozudez de los Trece de la fama—, no tanto porque aquellos pueblos estuviese muy atrasados en las artes bélicas, sino porque sus arraigados litigios tribales propiciaron el intrépido avance de los castellanos.

Sin embargo, la paradoja a la que me refería arriba no se halla en estas torpezas escolares —aunque las cometa un maestro rural—, sino en algo medular para los discursos de los presidentes Castillo o López Obrador, por citar la pareja de dignatarios más sobresalientes en incurrir en tal contradicción; y esta consiste en, dado que la vida precolombina era lo más parecido a la legendaria Edad de Oro que se haya conocido, restablezcamos cuanto nos sea posible ese estado venturoso de existencia; por tanto, otorguemos prerrogativas a los pueblos indígenas para que conserven y expandan su pureza ancestral. Y he aquí el meollo de la paradoja: si bien estos privilegios pudieran resultar muy convenientes para preservar amplias regiones americanas, forzosamente instituirán —a la corta o a la larga— divisiones jurídicas entre los ciudadanos de una misma república, con lo que quebrantarán uno de los fundamentos de la Revolución francesa y de la independencia de las Américas: la igualdad de todos los hombres ante la ley. Encima, en el Perú, esta contradicción da un sorprendente giro, pues mientras el propio Castillo lamentó en su discurso que la desigualdad civil y, claro, jurídica —o sea, una sociedad de castas—, era la más amarga cuenta pendiente de la República con sus ciudadanos desde su nacimiento, hace exactamente dos siglos, al fomentar las peculiaridades tribales, no conseguirá sino multiplicar esta segregación, sobre todo cuando ya llama a una parte de los peruanos “pueblos originarios”, pues, por mera correspondencia, está designando a los otros como “pueblos advenedizos”; ante lo que solo cabe ya esperar quienes pertenecen a qué grupo y qué derechos les corresponden… En fin, una clasificación demasiado tenebrosa, tanto que el propio José María Arguedas —a quién citó sucintamente Pedro Castillo en la pampa de Ayacucho— columbró con una angustia irresoluble, como nos detallan sus novelas.

Pero el colmo de esta paradoja se nos descubre cuando averiguamos que se debe a Cristóbal Colón, al describir las Indias Occidentales como el Paraíso terrenal —versión bíblica de la añorada Arcadia de la Edad de Oro—, y a sus habitantes, como seres de una ingenuidad y de una bondad ejemplares; o sea, semejantes en todo al Adán paradisiaco. Afirmaciones que con los sagaces escritos en su defensa de Antonio de Guevara y de Bartolomé de las Casas por un lado, las sucesivas leyes de Indias para resolver su status según lo exigido por el testamento de Isabel I de Castilla, por otro, más los utopistas del Renacimiento —en especial, Étienne de La Boétie— considerando al indio como el auténtico hombre libre, contribuirán a la creación del mito rousseauniano del “buen salvaje” —o sea; “el hombre es bueno por naturaleza y la cultura es quien lo corrompe”—, figura augural de la que emana el discurso de Pedro Castillo, nutrido —sea consciente o no— por las sucesivas corrientes políticas y pedagógicas europeas que, durante el s. XIX y aun en el XX, han propugnado el retorno a un idílico “adanismo” como remedio a nuestra “pútrida” civilización. Regreso imposible para el hombre como demostró la Antropología; lo que no empece actuar severa y denodadamente ante el inmenso drama de la marginación cívica, cuando no, de la desfachatada esclavitud que ha sojuzgado a cientos de comunidades indígenas en Hispanoamérica durante cinco siglos.

Y quizá, solo bastase con cumplir las meras exigencias del luminoso Simón Rodríguez a Bolívar y, aplicando los preceptos ilustrados, liberar hombre a hombre —en absoluto, tribu a tribu—, sin ningún otro distingo, de las viciosas cadenas de la ignorancia con una accesible y exigente educación, que lo capacite para afrontar la era de la Globalización donde, nos guste o no, nos hallamos inmersos. No se olvide que impone una incesante competencia tecnológica como único modo de supervivencia de las sociedades; coyuntura ferozmente adversa tanto para toda comunidad indígena que pretenda mantener sus genuinas costumbres, como, y por desgracia, para cualquier república hispanoamericana en la actualidad. En tanto, me inquieta la sospecha de que, soslayando esta acerba realidad y so pretexto de enjugar las crueles vejaciones sufridas por los pueblos aborígenes, se los quiera atraer ahora con unos privilegios que tan solo persiguen amarrar sus votos.

Libros relacionados con el artículo:

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios