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“LA FOSA”, de Lola Montalvo

Edhasa, colección de Narrativas Contemporáneas, 2021
martes 02 de agosto de 2022, 00:00h
La fosa
La fosa

La autora Lola Montalvo, madrileña de origen y andaluza por elección, es tan polifacética como los temas variopintos sobre los que escribe, con profundo y evidente conocimiento de causa: enfermera, licenciada en Historia con especialización en Historia Antigua, criminóloga, forense, antropóloga y nutricionista. Todo ese acervo profesional y humano confluye en su novela de misterio y denuncia “La fosa” (Edhasa, 2021) con resultados sobresalientes.

Entre sus obras de ficción se cuentan “Primeros relatos” (2008), la novela-homenaje al mundo de la enfermería “Historia de una enfermera” (2017, B de Books, Premio Mejor Libro en los I Premios Healthcare Creators), la obra policíaca “A ambos lados” y la novela histórica “Sanatio” (2014, finalista de varios premios literarios), pero también ha escrito obras sobre insuficiencia renal.

En La fosa, un equipo de arqueólogos se dedica a exhumar en la época presente una fosa común de personas enterradas en los confines de una aldea española durante la Guerra Civil.

Se suponía que en la fosa de Castillejos de la Sierra debían estar enterradas entre treinta y treinta y cinco personas… No existían registros documentales escritos de los arrestos, de los juicios ni de los enterramientos… lo que se conocía de los fallecidos se sabía por la memoria viva del pueblo, los ancianos, en esos años apenas niños…

En el curso de la investigación forense para determinar la identidad de las víctimas, la fecha exacta y la causa de su muerte, para que las familias puedan darles una sepultura digna, arqueólogos y lugareños irán descubriendo – o revelando, a veces adrede y a veces sin querer – detalles del hecho, retrocediendo en el tiempo y conduciendo de la mano al lector hasta las profundidades de una época tan siniestra y dolorosa que sus heridas no han cerrado hasta hoy, y sigue provocando un sufrimiento indecible.

No creo que sea fácil encontrar a alguien que reclame a una persona asesinada, si no la ha reclamado ya. El responsable de tal muerto podría ser alguien del pueblo… El familiar que quede vivo, si es que hay alguno, puede ser precisamente quien le dio muerte.

Con un estilo muy sencillo, fluido y directo, donde los diálogos tienen la misma importancia que la descripción y la reflexión, esta novela mezcla a primera vista los géneros policíaco e histórico. En realidad, el planteamiento es mucho más rico y complejo, pues en ella se dan la mano la intriga arqueológica y científica, la exploración de aspectos rurales, sociales e ideológicos de la España profunda durante y justo después de la Guerra Civil (combinación explosiva donde las haya), el misterio secundario de un asesino en serie, los problemas relacionados con la orfandad y el abandono, los abusos, el “Bildungsroman” de uno de los protagonistas, la novela sicológica sobre la culpa real e imaginaria, las víctimas convertidas en verdugo y viceversa, y la reivindicación desde el punto de vista actual, con un final donde todos los cabos quedan atados y resueltos, pero solo para dejar abierta las grandes interrogantes dirigidas al lector y a las generaciones futuras, que planteo al final.

La autora consigue ese malabarismo de épocas, géneros y vidas entrecruzadas situando en las primeras páginas el origen de todo el enigma (en realidad, varios) en la noche en que se abrió y se volvió a cerrar por primera vez la fosa en cuestión, y dedicando todo el resto de la novela a desentrañar los hilos de varios destinos personales y familiares que se irán aliando, traicionando y enfrentándose, en un intento por unos de ofuscar la investigación y ocultar a los antiguos culpables mediante una nueva ola de crímenes (primera lección: la violencia nunca muere mientras no se haya expiado: solo se adormece para despertar con una fuerza incontrolable en cuanto su causa original queda al descubierto), y por otros de esclarecer los hechos presentes y futuros de una vez por todas, cueste lo que cueste y caiga quien caiga.

Suspiré, aterrado. No podía dejar de mirar ese balcón, esos pies, esa sombra apenas visible tras los visillos.

“¡Ayúdame, por favor, ayúdame a desenmascarar al asesino!”

Presente y pasado se entremezclan de modo escalofriante desde la primera página, como si la fosa que da título al relato fuera una cámara de ecos de la que nadie puede escapar, donde los fantasmas del pasado cobran una vida más real que los personajes vivos del presente y los manejan como títeres, donde la monstruosidad de los hechos pasados arrolla la banalidad de las vidas actuales, y en la que se amplifican los delitos de antaño hasta salpicar hoy a todos.

El argumento de “La fosa” no se centra, en realidad, en los adultos de la historia, o sea, los arqueólogos que se esfuerzan con pala y pica en sacar a la luz un puñado de huesos, mientras viven su día a día colaborando entre ellos y al mismo tiempo rivalizando entre sí, creando lazos efímeros de amistad o enemistad y parejas que pasan a convertirse en tríos y hasta rectángulos amorosos plagados de equívocos y celos más bien banales entre forasteros y lugareños, todos ellos centrados en la pluscuamperfecta arqueóloga protagonista (el único aspecto que quizá me arrancó una sonrisa involuntaria). Pero el romance, sin grandes consecuencias, es lo menos importante, y casi resulta prescindible en “La fosa”.

Porque el mayor desafío, el peso principal, y el gran acierto de la novela, recae en dos niños, uno en el presente, traumatizado hasta el cuasi autismo por un espantoso crimen reciente del que se echa la culpa sin motivo, y otro en el pasado (actualmente un anciano, testigo y protagonista de la noche en que se abrió la fosa, desgarrado entre la culpa real y al mismo tiempo imaginaria, pues solo fue un hijo de su tiempo, y una criatura indefensa a merced de las circunstancias.

El niño se agachó y, tirándole del cabello, le giró el rostro para poder verlo mejor. Escupió.

–¡Hoy no celebramos nada, cabrón! ¡Tú te vas a quedar aquí! –le susurró con rabia. Lo soltó de nuevo y le asestó un último golpe con la pala…

Salvando la brecha temporal de muchas décadas y un silencio infranqueable (el niño presente y el niño del pasado no pueden hablar físicamente), e hipersensibilizados por sensaciones y recuerdos que no controlan y amenazan con destruirlos, el niño del presente oye voces sin sentido que nadie más puede escuchar: primero cree que está alucinando, después teme que esté enloqueciendo, y luego se apercibe de que esas voces son reales pero provienen de una dimensión a la que sólo él tiene acceso, una dimensión donde no reinan la lógica ni la razón, sino las emociones más primitivas y atávicas, nacidas del caos y el terror en estado puro.

Me puse las manos en los oídos como intento para no escuchar nada más. Pero fue inútil. “Ayuda, ayúdame a delatarlo…al asesino de…” Las palabras sonaban con toda claridad… ¡dentro de mi cabeza!

Como una antena humana que vibra en una frecuencia afín y compatible, y no juzga, sino que solo siente, el niño “mudo” del presente capta el grito de angustia del niño “mudo” del pasado (un niño que, para poner fin a un crimen horrible, comete un acto de justicia igual de horroroso): entiende que nadie más puede ayudarlo, atrapado entre el pasado y el presente, y gracias a su capacidad de empatía y su inocencia, es capaz de ir descifrando el mensaje silenciado gracias al cual los adultos, ajenos a la verdadera tragedia y a la batalla que se está librando bajo sus narices, logran por fin resolver el enigma del pasado, atribuir nombre y paradero a las víctimas, y señalar con el dedo a sus verdugos del pasado y a los cómplices del presente que trataban de seguir encubriéndolos.

Entiendo que este recurso literario y argumental a la percepción extrasensorial pueda quizá sonar extraño o inverosímil. Primero, porque se trata de una dimensión poco estudiada todavía en las disciplinas sicológicas y científicas y, por tanto, suele generar incomprensión y escepticismo en la mayoría de la gente. Sin embargo, Lola Montalvo explora esa faceta con gran delicadeza, naturalidad y persuasión, a base de corazonadas e intuición, de manera gradual y sin forzar la credulidad del lector con trucos Deus ex machina sino apelando a esa capacidad inexplicable que todos hemos experimentado en algún momento de nuestras vidas.

Este es un recurso de enorme fuerza simbólica, y hasta belleza poética: en última instancia, pese al chantaje político de unos, a la influencia religiosa de otros, o al arsenal policial y científico desplegado para solucionar el enigma de la fosa, resulta ser un niño sin importancia, voz ni poder, la mano invisible y decisiva que se convierte en catalizadora de la verdad, la justicia, y un comienzo de reparación y reconciliación de las heridas del presente y el pasado, entre verdugos y víctimas. Aquí no hay maniqueísmo radical, buenos impolutos y malvados sin remisión: todos los personajes ofrecen matices, conflictos internos y áreas grises, aunque no todos consigan asumirlas.

Solo por ese planteamiento desde este enfoque infantil, original y osado para una historia tan dura, he cerrado la novela con la satisfacción que transmite leer una novela planteada desde el corazón y la humanidad, con auténtica pasión por la verdad, como una afirmación de la capacidad de sanar y mirar hacia adelante gracias – y no a pesar de – la injusticia y el dolor pasados, y sin ese resabio a revanchismo a ultranza que permea tantas otras obras que se aproximan a este tema dejando solo un sabor amargo a cenizas.

Por último, estas son las grandes interrogantes que me plantea la novela al cerrarla, no para siempre sino para dejarla reposar y volver a releerla más adelante, como merece. Son preguntas intemporales que, para mí, confieren a “La fosa” su verdadera valía, y por lo que la recomiendo sin reservas, por encima de la trama en sí: ¿justifica haber sido víctima que uno se convierta en verdugo? ¿Dónde termina la justicia, y comienza la venganza? ¿Dónde termina la realidad de la percepción propia, y comienza la realidad de la percepción ajena? ¿Hasta qué punto goza el ser humano de libre albedrío para decidir su destino, frente a la lealtad hacia la propia familia, la influencia de la comunidad en la que vive, y la presión casi omnipotente del Estado? El delito prescribe al cabo de X años o décadas, pero ¿alguna vez prescribe la culpa moral, que obedece a una ley universal desde tiempos inmemoriales y no a leyes efímeras dictadas por tal o cual país, partido o Gobierno?

Por esas preguntas eternas y válidas para cualquier persona, en cualquier época y cualquier guerra, sea cual sea el país del mundo, felicito a Lola Montalvo por su novela “La fosa”.

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Lola Montalvo
Lola Montalvo (Foto: Javier Velasco Oliaga)
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