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El futuro es incierto
El futuro es incierto (Foto: Alejandro López)

AYLIN…la guerrera de desierto

domingo 24 de mayo de 2026, 08:07h
Publicamos el relto "AYLIN... la guerra del desierto" de la conocida escritora

Bajo el cielo dorado de Marrakech, cuando los minaretes recitaban plegarias al alba y los patios de los palacios respiraban el perfume del jazmín, vivía Aylin, la guerrera que nunca temió a la muerte… pero sí al amor.

Nadie conocía su verdadero nombre. En los zocos la llamaban “La Sombra de Acero”, pues su espada danzaba con la precisión de una promesa irrevocable. Custodiaba los jardines del gran palacio, donde las fuentes de mármol cantaban día y noche y las paredes, recubiertas de mosaicos, reflejaban el brillo de riquezas inimaginables.

Fue allí donde lo vio por primera vez.

El príncipe caminaba entre columnas de alabastro, envuelto en sedas y silencio. Sus ojos no buscaban guerra ni conquistas; observaban el mundo con una melancolía suave, como quien pertenece a un destino que no eligió. Cuando sus miradas se cruzaron, el corazón de Aylin, endurecido por batallas, tembló como una hoja al viento.

Desde ese instante, supo que estaba perdida.

Él la admiraba.
La llamaba valiente.
La nombraba guardiana.
Pero jamás, jamás, la miró como a una mujer.

Aylin guardó su amor como se guarda un secreto sagrado: entre la armadura y el alma.

Por las noches, recorría los patios silenciosos donde las fuentes de mármol reflejaban la luna. El sonido del agua le susurraba verdades que ella negaba: un guerrero puede desafiar ejércitos, pero no al corazón.

—Sois leal como nadie —le dijo el príncipe una noche, bajo las lámparas doradas del palacio—. Vuestra valentía inspira a todos.

Inspirar.
Admirar.
Nunca amar.

Aquella palabra cayó en su pecho como una espada invisible.

Días después, la amenaza llegó como una sombra sobre las murallas: traición entre nobles, cuchillos ocultos tras sonrisas y un complot tejido en los corredores de seda. El objetivo era el príncipe.

Aylin lo descubrió demasiado tarde.

La noche del ataque, los jardines se tornaron rojos bajo las antorchas. Las fuentes, que siempre cantaban con dulzura, parecían ahora murmurar presagios de muerte. Entre arcos de mármol y columnas esculpidas, los asesinos avanzaron silenciosos.

Ella se interpuso.

Su espada brilló como un rayo entre la oscuridad. Cada golpe era una promesa: él viviría. Aunque su amor jamás fuese correspondido.

—¡Retiraos, Alteza! —ordenó, sin mirarlo, porque sabía que si lo hacía, su determinación podría quebrarse.

El príncipe dudó. La admiraba demasiado como para abandonarla. Pero obedeció.

El combate fue breve y feroz. El eco del acero chocando contra acero se mezcló con el sonido eterno del agua. Uno a uno, los atacantes cayeron… hasta que el último, oculto entre las sombras, lanzó su daga.

Aylin la vio.
Y sonrió.

Porque el arma no iba dirigida a ella.

Sin vacilar, se arrojó al frente.

El filo se hundió bajo su armadura, justo donde el corazón guardaba su secreto. El impacto fue silencioso, casi íntimo. Como un suspiro final.

El príncipe corrió hacia ella, sosteniéndola entre sus brazos mientras las fuentes seguían cantando, ajenas a la tragedia.

—¿Por qué…? —susurró él, con la voz quebrada.

Aylin lo miró por primera vez sin barreras, sin casco, sin miedo. Sus labios, pálidos, dibujaron una leve sonrisa.

—Porque amar… también es luchar.

Una lágrima cayó sobre su mejilla, y no supo si era de él o suya.

—Yo os admiro… más que a nadie —dijo el príncipe, temblando.

Ella cerró los ojos un instante, saboreando la verdad que siempre supo.

—Lo sé —respondió, con dulzura—. Y me basta… con haber vivido bajo vuestra mirada.

El agua de las fuentes reflejaba la luna cuando su pulso se desvaneció, suave como el último latido de una canción olvidada.

Desde entonces, en los patios del palacio, cuentan que las noches de luna llena el murmullo del agua suena distinto.
Más profundo.
Más triste.

Como si una guerrera siguiera velando, incluso después de la muerte, por el príncipe que nunca la amó…
pero que jamás dejó de admirarla.

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