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"El curioso impertinente y poco kantiano" por Edvardo Zeind Palafox

Por Eduardo Zeind Palafox
jueves 23 de octubre de 2014, 13:23h
Inmanuel Kant
Inmanuel Kant

La Duda es un gusano, pero uno aristocrático, selectivo, de los que no se conforman con lo que el cuerpo ofrece y que busca, ya por la vía de la moral o del remordimiento, ya por la vía imaginativa, carcomer la consciencia. ¡Oh Duda, Duda, cuánto pesar nos das a los hombres! Duda, o sueña, dice uno de nuestros clásicos, el que "afana" mucho, el que desea mucho, el que pretende mucho y no cuenta con los medios para obtenerlo; duda el que no tiene morada, principios, el inmoral, que aunque parece ser gente certera duda más que cualquiera y por eso se lanza a la acción, al proceder positivo, efectivo, y lo hace para dejar su cuidado en los brazos de la praxis, de lo posterior a la experiencia, cosa siempre maculada de error. Duda, digo, quien corteja, quien alaba, quien alardea, quien procura escamotear con besuqueos y codeos sus carencias, sus soledades, que siempre le siguen el humor a los filósofos.

¡Oh, buenas letras, letras clásicas, qué bondad la que nos dan a los hombres cuando estamos a solas y sin hallar el camino de la aurora, como dice un bardo insigne! Es menester que el crítico de arte que no desee ser un bobalicón, un vulgar comentador de obras de arte que no entiende, comprenda la obra de Schopenhauer, esteta agudo, la cual exige, como todo el mundo sabe, que conozca, lea y relea la `Crítica de la razón pura´. Me he propuesto, verá el amable lector, escribir un libro sin pretensiones, humilde, paliquero, hablador y cuentero, que explique poco a poco el intrincado pensamiento que Kant, el viejo Kant, vertió sobre infolios que pocos han podido penetrar.

Sacudir los libros viejos es inútil cuando sólo lo hacemos por morbo o por enterarnos de los chismes y tiquismiquis de nuestros antepasados; en cambio, ir a los libros viejos para encontrar en ellos solaz, vida, frescura, es harto sano. ¡Qué gusto da ver que Kant, gran filósofo de la "modernidad", cita a Ovidio en latín! Uno lee a Ovidio en su lengua original y aprende que más vale la virilidad goyesca que el amaneramiento y la gollería, que vale más porque delata pulcritud del alma, honestidad. Quien muestra su cuerpo, quien no se tiene por ruin, ruin no es, a decir del gran Quijote, que tenía un honorable, feo y peludo lunar que demostraba su alcurnia.

Pero regresando a lo que interesa, declaro que explicaré, o al menos trataré de hacerlo, la filosofía de Kant, y lo haré ayudado de la magna obra de Cervantes, del `Quijote´, que debiera ser, según enseña el grandioso crítico Leopoldo Alas, "Carmen nostrum necessarium".

Todos los días nuestra razón, nuestra capacidad para darle orden a lo que la memoria y el entendimiento recogen de la experiencia, arrostra problemas irresolubles, escribe Kant, pero que no pueden ser olvidados o apartados. ¿Qué hacer para vivir cónsonos con la vida, para no enloquecer? "Forjar", sí, "forjar" unos principios que palien nuestra incertidumbre, que orquesten el caos. Recordará el lector asiduo del `Quijote´ la historia del `Curioso impertinente´, y de paso a Anselmo, vacuo señorito que antes confiaba en el avatar necesario que en la seguridad "probable" y "posible", si me permiten usar algunos términos que se llenan de filosofía cuando andan juntos.

Sepan cuantos leyeren la tal historia que quiso Anselmo que su esposa, Camila, fuera cortejada por Lotario, gran amigo de Anselmo; sepan que Lotario, para negarse, explicó a Anselmo que Camila era como diamante afamado, respetado y querido, cosa a la que no era menester probar con los golpes del martillo que es la insensatez; mas Anselmo insistió; mas Lotario replicó arguyendo así:

"Es de vidrio la mujer,
pero no se ha de probar
si se puede o no quebrar,
porque todo podría ser".

Anselmo, más empirista que metafísico, más amigo de Locke que de Kant, no se fió de la "santidad" del matrimonio ni de la "majestad" de las leyes, emanaciones, afirma Kant, que impiden toda crítica, que mal llevada causa "indiferentismo" y hasta desventura, tanta como la caída sobre Anselmo, según se vio. Tanto cortejó Anselmo a Camila que a ésta, a punta de añagazas y alharacas, se le "quebró" la égida de dignidad que la protegía, y así empezó a querer a su enemigo, que así se llamaba antes al pretendido. ¿Pero por qué se "quebró" Camila? ¿Por qué traicionó Lotario? ¿Porqué desbarró Anselmo? Porque no razonaron, sino imaginaron ayudados de unos principios metafísicos, tales como la "amistad", la "fidelidad" y el "honor", que no podían probarse en la experiencia, aunque sí aumentarse en la conjetura, que todo lo multiplica cuando no es asesorada por la filosofía trascendental de Kant, filosofía que distingue lo "fenoménico" y lo "eidético", lo "substancial" de lo "esencial", o por mejor decir, que reconoce que en la "lluvia de oro", el llanto, no hay Dánae alguna.

Decía Kant que el "teatro" de toda confusión mental es la "metafísica" no criticada, ciencia madre y mayor que hoy es despreciada por los "indiferentes", que laxos arreglan sus dudas con relativismo inocente, con empirismo necio, con léxico audaz y con emplastos de "doxa". El amor, piensan las Camilas, Anselmos y Lotarios quebrantados del orbe, antes es acto amistoso que palabra, valentía fiel que promesa, poesía que prosa, y por pensar de modo tan burgués, tan industrial, pierden la cordura y no pueden soldarse, reparar los daños que a sí propios se hacen.

Lotario es quien más culpa carga, pues en sus manos estaba el no ser mal amigo. Lotario y Camila, víctimas de embates metafísicos, como viejos cristianos se dejaron guiar por la fama, por la opinión, por el juramento, por la inspección desenvuelta, por todo lo que el Derecho Romano usaba para cerciorarse de la verosimilitud de una acusación o declaración. ¡Oh cristianado gusano romano, que asedias en todas las épocas, deja que amemos "sin que nos mueva esperanza de gloria o temor de pena", como dijo sabiamente Sancho!

Creyó Lotario que Camila era limpia de sangre y de espíritu, pero no Anselmo. Lotario, viejo cristiano, habrá conocido y creído el famoso pasaje sagrado que sirvió a tantas castas europeas para mojar la espada injustamente, el contenido en los libros `Esdras´ y `Nehemías´: "Éstos investigaron en su registro genealógico, pero no figuraban, por lo cual se les excluyó del sacerdocio". ¡Todo registro genealógico es de vidrio y se rompe fácilmente si mucho lo estrujamos! Kant, de haber sido quijotesco, como quería Alas, hubiera enseñado que "nadie se ha de poner a brazos con tan poderoso enemigo", la "metafísica" o "pasión amorosa" por lo que "podría ser", "porque es menester fuerzas divinas para vencer las suyas". Suplico al lector sea condescendiente conmigo, su paciencia; mas si éste cree que mal he pintado la filosofía de Kant, sus solfeos y ripios, vaya él mismo a la `Crítica de la razón pura´ y propínese algunas calabazas que le hagan entrar en razón.



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