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Horacio
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"Poesía es relincho" por Edvardo Zeind Palafox

Por Eduardo Zeind Palafox
jueves 23 de octubre de 2014, 13:23h

La poesía es un bien. Es un bien porque nos conduce hasta la perfección y porque es un fin en sí. Es un fin, pues como la mujer nos civiliza y nos educa, aunque pacíficamente. En la poesía van implícitos los modos más finos del decir, del habla, modos que contienen, piensan los lingüistas humanistas, poetas eruditos, fragmentos del mundo, o mejor dicho, la substancia del mundo.

N verso, por ser un sentimiento hecho sílabas, deíxis eternal, parámetro, mester de ficción, nos ordena los sentidos, los aguza, los concentra, pues separa la intención de la locución (Wittgenstein). Se escucha mejor una sinfonía que un discurso sobre matemáticas, y eso que las matemáticas son el fundamento racional de la música; se siente más una peroración metafísica o teológica que un discurso racional, aunque es la razón la que sustenta la estructura de toda reflexión sobre lo que hay más allá de lo visible y sobre los designios divinos.

Un bien perdura a pesar del "viento helado" y de las horas calladas e intrigantes. Son las horas las que prueban que un bien es bien y no un simple medio conducente al bien; son los hielos los que toman forma de bien cuando están cerca del calor, "flamma", de éste. Pero un bien, seamos honestos, es un simple acontecer, miasma de algo más. Los bienes universales no pueden leerse, trocarse en leyenda (Barthes, "Mitologías"), pero sí intuirse, hacerse institución; mas toda intuición o relación con los objetos es problemática. ¿Qué es una problemática? Es un "modo" de ser de las cosas no determinado, pero tampoco sujeto a cambios constantes. Sólo las "cosas en sí" podrían ser interpretadas unívocamente; sólo las obras de arte podrían tenerse por "cosas en sí" (leer "El mundo como voluntad y representación", de Schopenhauer).

Las substancias, sin forma, pueden ser cualquier cosa. ¿Recordáis, lector, al pintor Orbaneja, que a través del nombre o título enjaretado a sus pinturas determinaba el ser de las tales, que podían pasar por aves, peces, vestiglos o lo que fuese? Las formas, sin substancia, pueden ser espejismos. ¿Qué significa, tomando ejemplo quijotil, el relinchar del caballo? En los tiempos del Quijote de la Mancha el relinchar significaba buen agüero para el viajante; hoy, que el crüel zoológico y la zoología han sustituido al bestiario y a la mitología, el relinchar es una mera reacción instintiva. El relincho es para el científico cosa apodíctica, ¡pero también lo era para el Caballero Andante español!

Medítese que la univocidad de las interpretaciones no depende de la verificación, sino del deseo. El Quijote oía el relincho y sabía que la suerte, buena, lo abrigaría; pero también sabía que la imprudencia podía alejar a la buena suerte. Nuestro caballero, para no errar se atenía a Aristóteles, filósofo dilecto de Cervantes, su hacedor. ¿Qué aconsejaba Aristóteles para arrostrar la vida y salir a buen puerto? La prudencia, saber poner en su punto las cosas, en su punto medio, agregamos.

¿Qué hacía Cervantes para mantener fresca la memoria de su paladín glorioso y enjuto? Hacerle sudar quesos y "darle el coro", como se decía en las viejas competencias de drama de Atenas, a través de Sancho Panza, su enjumentado corifeo. Los coros, según el "Arte Poética" de Horacio, obra de prudencia bien sabida por el Manco de Lepanto, deberán servir al poeta para moralizar y para anunciar constante y amablemente, escuderilmente, que "entre los extremos de cobarde y de temerario está el medio de la valentía".

La poesía es como un relinchar, nuncio del sino; es como una proposición en lengua divina que nos acucia los sentidos. Ladran los perros, señal de avance, pero también de precaución, de alerta. ¿No supo una vez el sagaz Holmes, el famoso pesquisidor de Doyle, que el culpable de cierto asesinato había sido gente cercana a la víctima porque el perro que merodeaba la escena del crimen no había ladrado a la hora fatal?

Horacio ordenaba que los poetas escribieran al uso, con palabras del pueblo, significativas y sonantes; también que fueran elegantes sin perder la pasión; también que sólo trataran los tópicos homéricos, que son heroicos, aunque al modo del que es feliz, sin patetismo ni exageración. ¿Qué resulta de todo este programa estético? Una poesía de ciudad, socrática y didáctica.

Decían los críticos medievales, más bien retóricos, que así se decía, que Santo Tomás de Aquino había sido el más alto poeta de la Edad Media, pues sus versos elevan sin mantear, reprenden sin batanear, enseñan sin descreimientos e inoculan las enseñanzas de Jesús sin mover al conato extático al pobre corazón del escucha. Santo Tomás, en el libro I, cap. XLI de su "Suma contra los gentiles", con paciencia explica que vale más un bien pequeño y puro, a-tomista, que uno ingente pero manchado de mal. Ya se ve que las armas sí embotan la pluma, pues allegan la gloria allegando dolor. Lo puro, ente apodíctico, es bueno aquí y allá; lo mezclado, en cambio, es asertórico, y apurándolo hasta problemático.

Mucho me place a cada paso, ya lo sabes, desleído o corrupto lector, traer a colación pasajes del "Quijote", gusto que me hace citar una enseñanza romántica de Quijano, que no del Quijote, más amigo éste de la verdad que de la realidad, más amigo aquél de la realidad que de la verdad… Quijano aconseja, para darle crédito a unos versos que por ahí se estaban urdiendo, encajarles el nombre de la receptora, pues "si allí no va el nombre patente y de manifiesto, dice, no hay mujer que crea que para ella se hicieron los metros". ¡Agudas menudencias muestran que la mujer es más sensible a la substancia que a la forma, al sentimiento que al verbo, a la pureza nimia que al bien enorme!

La mujer cervantina, dice Gerchunoff, gran lector del "Quijote" y de la "Biblia del Oso", es todo fortuna, blasón de doncellez en los salones y secuaz al ajetrear los bienes del camaranchón; es decir, persona que no se pone a juzgar lo blanco por lo negro ni lo negro por lo blanco, persona de juicios apodícticos en lo adverso y asertóricos en el lujo y de palabra bíblica, de "un castellano prodigioso que está en el punto intermedio entre Fernando de Rojas y Cervantes, con una efervescencia expresiva que solo tiene comparación con santa Teresa, san Juan de la Cruz y fray Luis de León", citando lo que ha poco Antonio Muñoz Molina, académico de nuestra Real Academia, ha dicho sobre la "Biblia del Oso", monumento a nuestra lengua hecho en "un castellano mudéjar, empapado todavía de árabe y de hebreo, forzado en sus límites sintácticos para adaptarse a las cadencias y a las repeticiones y las exageraciones de la lengua bíblica", o por mejor decir… poesía horaciana, española, de caballero sobre relinchador rocín según la eruditísima "Historia de las ideas estéticas en España", de don Marcelino Menéndez y Pelayo.

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