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Emilio Lledó
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Emilio Lledó, Premio Antonio de Sancha 2014

viernes 21 de noviembre de 2014, 12:21h
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El filósofo Emilio Lledó acaba de ser galardonado con tres premios culturales: Premio Nacional de las Letras, el Pedro Henríquez Ureña de Ensayo y el Premio Antonio de Sancha 2014 de la Asociación de Editores de Madrid. Este último es un galardón a la cultura, que, concedido por unanimidad, le emociona especialmente porque posee una biblioteca de trabajo por la que siente un cariño desmedido, ya que es su vida, y Antonio de Sancha fue el mejor editor que hubo en el pasado en España, una figura genial.
Emilio Lledó (Fotos: Julia Labrador)
Emilio Lledó (Fotos: Julia Labrador)
Emilio Lledó no se imagina las paredes de su casa vacías: están repletas de estanterías llenas de libros que le hablan desde el silencio de la escritura. Incluso bromeó con que uno de esos volúmenes le reprochaba llevar un año en su estante sin que lo hubiera leído, nada menos que la Crítica de la razón pura de Kant.

Entre otros escritores a los que hay que darles las gracias por su obra citó a Goethe, Cervantes, Platón y Lope, autores con los que dialogar, compañeros de la vida y de la historia. La escritura es el don más hermoso de los seres humanos, por eso Lledó se autodefine así: “soy un apasionado de la lectura”.

A uno de esos autores le debemos el primer parlamento feminista español: el parlamento de Marcela, culpada por la muerte de Grisóstomo, hecho del que se defiende diciendo que es libre y por tanto no tiene por qué querer a ese señor. Otra de las grandezas de Cervantes según Emilio Lledó, a quien la lectura una o dos veces a la semana de una página del Quijote le marcó ya desde la infancia gracias a su profesor don Francisco, quien además de mandarles leer esa obra, les pedía unas “sugerencias de lectura” alrededor de la misma.

Su inicial estancia de quince años en Alemania le marcó profundamente, igual que sus cinco años en Berlín entre 1988 y 1993, que le permitieron vivir la caída del muro y el cambio subsiguiente que sufrió aquella ciudad, rápidamente extensible a todo el país. Esta evocación de su pasado le llevó a recordar la diferencia en el método de aprendizaje de los idiomas, pues aquí se estudian mal porque no se aprende realmente a hablarlos y en cambio allí sí.

Los libros “son objetos, hay que tocarlos; se envejecen conmigo”, de ahí que el tiempo se ponga amarillo en sus páginas y de ahí que Lledó no conciba para sí una biblioteca de miles de volúmenes encerrada en un libro electrónico. Ello no implica que renuncie a la tecnología, la considera una ayuda enorme para la cultura, pero no hay que magnificarla por encima del libro, sólo es un instrumento para la lectura, no hay que renunciar a tocar los libros, hay que enseñar a leer y a amar la lectura.

Emilio Lledó, al recordar que fue catedrático de instituto antes que de universidad, analizó también el papel que juegan los docentes e insistió en que no hay que dejarse ganar por el pragmatismo, sino que hay que enseñar al alumnado, por encima de todo, lo necesario que es encarnizarse con lo que estudian, de ahí que considere contraproducente que se les esté obsesionando con ganarse la vida, ya que ello puede deteriorar el amor a la lectura, que es lo que realmente se les debería inculcar.

En el fondo, el cultivo de las humanidades es esencial para la riqueza y hasta para el pragmatismo. Ya Platón en La República se había dado cuenta de esto al decir que existían tres niveles en los hombres: alimento, cuerpo y mente, pero la verdadera riqueza de un pueblo reside en su cultura y aquellos humanos para los que prepondera el alimento son personas ínfimas y no libres.

En nuestro mundo actual existen unos educadores extra, las formas de ejercer el periodismo, es decir, los medios de comunicación: prensa, televisión y radio. Como decía Aristóteles, “todos los hombres tienen necesidad de entender”, por tanto, todos somos filósofos, “conciencia crítica en el seno de su tiempo”.

Emilio Lledó sigue siendo aquel joven que se fue a Alemania con una maletita de cartón que se le rompió en la frontera y tuvo que atarla con una cuerda. En el fondo, ser reconoce como un viejo ilustrado del XVIII, similar a la figura genial que da nombre al premio que acaba de recibir, Antonio de Sancha, ese “reinventor de lecturas y hacedor de libros”, como lo definió el título de un libro editado por la Calcografía Nacional en 1997.
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