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El texto universal

Por Eduardo Zeind Palafox
jueves 23 de octubre de 2014, 13:23h
Platón
Platón

Decía el clásico Emerson que todos los grandes libros han sido escritos por una misma persona, pues en todos se nota, aunque sea imposible de conocer, una inteligencia superior. Inteligencia es la capacidad de abstraer de una realidad un contenido y de éste una interpretación, la cual deberá, para sernos útil, encajar con otras interpretaciones de otros contenidos, correspondientes, a su vez, a otras realidades que también se manifiesten a través de notas, es decir, por medio de imágenes.

Es sabido por todos los filósofos que las apariencias engañan los sentidos y que fácilmente éstas se repiten siglo tras siglo y eón tras eón, si hemos de creer en las palabras que profieren los profetas. En los tiempos de Demócrito se creía en las ideas de Empédocles, que imaginaba que los átomos se atraían o se rechazaban merced al amor o al odio; hoy, más de veinte siglos después, leo que Boulding, un economista, afirma que las transacciones monetarias obedecen a las leyes del supradicho amor y del tan conocido odio humano, más terrible que cualquier infierno, pues no muere y se alimenta de la imaginación.

El viejo Platón, del que Emerson dijo que era el filósofo de todos los filósofos, sostenía que eran dioses los hombres que sabían discernir, separar lo falso de lo verdadero y lo real de lo irreal; más de veinte siglos después Lenin, estudioso de Marx, supo delimitar enemigos de amigos, según palabras de su mayor comentarista, Louis Althusser, para revolucionar las ideas del planeta. Las tradiciones rabínicas afirman que en el mundo siempre han existido hombres que son los pilares de la humanidad, de la moral humana, basamento de toda sociedad; nada podría hacerse sin moral, sin ideales, sin utopías, que aunque trabajan con la imaginación tienen su raíz en la razón, sistema de axiomas o de máximas que determinan nuestra conducta, para recordar al viejo Kant, tan odiado por Schopenhauer, pensador de la belleza, o por mejor decir, del gran arte, donde yacen todas las representaciones de la realidad que han tenido los hombres.

Muchos hombres han sabido sintetizar en fábulas, en poemas o en narraciones las representaciones del mundo que tiene el vulgo; y uno de ellos, el más respetable actualmente, es Franz Kafka, escribidor capaz de, como afirma un poema de Juan Ramón Jiménez, discernir "llantos confundidos". Refiere Borges en un prólogo kafkiano que a Kafka le obsesionaban dos ideas: la "subordinación" y el "infinito". Dice Maimónides, seguramente conocido por Kafka, que el infinito puede ser, a decir de los motecámiles, de dos formas: continuo o simultáneo, lo cual quiere decir que un número determinado puede crecer hasta ser indeterminado o que una infinidad de números determinados puede existir. Ambas proposiciones son absurdas, pero sirven para comprender qué es la "subordinación", que es algo así como una genealogía espiritual que se expresa antes con nombres que con gentes de carne y hueso.

Refresquémonos someramente la memoria, recordemos que los judíos han tenido, tradicionalmente, dos formas de lectura, la "literal" y "gramatical", practicada por las escuelas sefarditas de España y del Norte de África, y la "filológica" y "alegórica", practicada sobre todo en Francia y en Polonia; Kafka era practicante de la última. La Sagrada Escritura, la `Torá´, fue anterior al mundo, dicen los rabinos, por lo que en ella está la "física" y la "gramática" del mundo. Los sefarditas han buscado en los versículos de la `Torá´ la "física" mundanal, leyes, átomos; en parangón, los askenazis han visto en ella la "gramática" de la física, amor, odio, leyes que hacen posible la yuxtaposición o la conjugación de tal y cual palabra o de tal y cual vocal o consonante. La `Torá´, escribe Scholem, nuestro gran historiador, tiene seiscientos mil rostros y es como una casa con muchos aposentos.

El amor a la `Torá´, si seguimos las ideas de Empédocles, ha hecho que ésta mantenga su ser orgánico, sintético. Árabes haciendo del `Alcorán´ un texto compacto por medio del "calam", judíos haciendo de la `Torá´ una tradición de hermandad fraguando el `Talmud´, cristianos esforzándose escolásticamente por demostrar la Trinidad, son testimonios de la idea de Empédocles y de la noción de Emerson: es la Humanidad la que forja todos los libros de nota. El amor, como el odio, es un sentimiento lírico, algo que sólo puede sentir el individuo, aunque puede comunicarlo con diversas palabras, canciones o actos. Rafael Cansinos Assens, que descubrió su jaez judío revisando viejos escritos, en `Los temas literarios y su interpretación´, de 1924, explica lo dicho: "Vuelvo a la tradición de la literatura hebraica, la creadora del salmo, la más pura obra lírica. Los sabios y poetas que compusieron el Talmud, esa ingente obra filosófica y literaria, tenían casi todos una ocupación manual. Trabajaban durante el día en el trabajo del siglo y a la noche se reunían en su academia para conversar de los temas más altos; y así compusieron esa suma filosófica que es además una suma poética".

Los hebreos, que eran sabios cuando los sajones y griegos apenas vivían en casas vulgares adorando deidades agrícolas, crearon el salmo, vociferación que afana llegar a Dios. Parlemos de los sajones... Cuenta el historiador Manguel que el 15 de enero de 1604, John Rainolds propuso al Rey Jacobo I una traducción mejor de la Biblia, pues la del tiempo, erudita, tenía inconsistencias; el Rey Jacobo autorizó la tentativa y mandó a reclutar eruditos y filólogos de Cambridge y de Oxford. Broughton, que no apareció entre los reclutados, razonó que para darle nitidez a las palabras de la Nueva Biblia menester era, además del saber de los doctos, el de artesanos, geómetras, truhanes y carpinteros, pues sólo los tales podían saber el significado natural de las palabras. Manguel, explicando lo comentado, cita el Salmo XXIII, que en la Biblia de Jerusalén canta así: "Yavhé es mi pastor, nada me falta./ En verdes pastos me hace reposar./ Me conduce a fuentes tranquilas"; tal salmo toma otro sabor en la Biblia del Rey Jacobo: "The Lord is my shepherd; I shall not want./ He maketh me to lie in green pastures:/ he leadeth me beside the still water". ¡Grande la influencia que dicha Biblia, hecha por la Humanidad, tiene sobre las letras inglesas! ¡Nótese que los versículos ingleses ganan misterio y parecen hablar de los `Jötuns´!

Citemos otro ejemplo, uno igualmente famoso. Se conoce que la obra de Shakespeare llamada `Enrique VI´ consta, según refiere Emerson, de 6,043 versos, de los que 1,771 son de algún escritor anterior a Shakespeare, 2,373 son composiciones mezcladas y 1,899 originales de Shakespeare. Todo lo grande está hecho de historia, y toda la historia es una novela hecha por héroes, santos y poetas, parece. Finalmente, leemos que en el Talmud de Babilonia se afirma que la Ley que se le reveló a Moisés, la `Torá´, fue creada antes de la Creación y que ésta se hizo en vista de las letras de la `Torá´. El hombre, según un personaje de la novela `Bohemia´, de Rafael Cansinos Assens, tiene "hambre poetizada", esto es, gana de descifrar el mundo, de verterlo en retórica, siendo que es verso, poesía; y ésta, como todo crítico sabe, es inasequible para cualquier traductor, por lo que debe ser leída como leían los viejos rabinos de Francia y Polonia, adivinando cabal y cabalísticamente.

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