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San Juan de la Cruz
San Juan de la Cruz

Fe y razón en San Juan de la Cruz

Para Argelia, dama allende de todo silogismo de colores

Por Eduardo Zeind Palafox
domingo 14 de diciembre de 2014, 20:23h
La fe exalta la imaginación, que sin razón es como animal indomable. La imaginación fuerte es, al punto de modificar la sensibilidad. Cómo sea la relación que hay entre los sentidos, que son puertas al mundo, y la imaginación, que es jardín del entendimiento, es asunto desconocido que los filósofos han atisbado con tenuidad. Ambas propiedades del entendimiento no pueden andar en litis y para conciliarse apelan a la fe. Fe es creer y cree sólo el que busca ser fiel.

Muchos hombres pueden vivir sin esperanza, como Marco Aurelio, contrariando al gran U. Wilamowitz, o sin profesar caridad, como Aristóteles, mas ninguno sobrevive sin fe, esa “memoria futuri” o recordación perenne de las promesas de Dios, que se manifiesta de muchos modos. La imaginación construye como la voz, sobre el aire, y la razón sobre la materia, y ambas cosas son sólo sobre la fe.

La pura razón, enseñó Schopenhauer, usa saberes abstractos, universales e inútiles para arreglar los quehaceres cotidianos; la imaginación, a su vez, mezcla a lo arbitrario fantasma y cuerpo, por lo que es inepta para conocer el mundo tal como es. La fe es imaginación razonada, es decir, percepción de pasado, presente y futuro. Para ordenarnos será insoslayable filosofar.

Hume, en su conocido “Tratado”, clasifica las percepciones en “ideas” e “impresiones”, y éstas, que son las que nos atañen, en “sensitivas” y en “reflexivas”. Las primeras son olores, sabores, texturas, y las segundas deseos y emociones. Sin fe toda sensación, voz, reflexión o silogismo queda en fárfara, a medias, sin contorno.

¿Qué es deseo sin futuro y sin voluntad? Vana inclinación movida por los astros, vida heterodoxa, helena. ¿Qué es un color que no perdura? Tal vez sombra, fenómeno químico. El salmo 115, en su versículo 5, confirma nuestras tesis: “They have mouths, but they speak not: eyes have they, but they see not”. Bocas y ojos son figuras, percepciones que la imaginación sin fe idolatra y que la razón sin fe tiene por cosas mudas o ciegas. No llenaremos resmas con argumentaciones, que complacen antes al que quiere disputar que al que quiere aprender.

Remontémonos hasta los orígenes de los sistemas lógicos, hasta Aristóteles, para entender cómo la fe sintetizó y mejoró nuestros raciocinios, que dieron lugar a un mejor juicio y a un flexible entendimiento, al perfeccionamiento de la memoria y de la voluntad.

Consultando los “Tópicos”, la “Metafísica” y la “Ética a Nicómaco”, obras del Filósofo, aprendemos que dividió la filosofía en “teorética”, “práctica” y “poética”, trifurcación que podemos interpretar mejor con estas tres palabras: pensar, hacer e imaginar, o con razón, juicio y entendimiento, que diría Kant. La filosofía “teorética” comprendía “matemática”, “física” y “metafísica”; la “práctica” economía, política y retórica, y la “poética” lo “ético”.

Objetos y números y leyes que los rigen, sin fe, en el paganismo, hacían creer al hombre en el fatalismo; habla, gobierno y riquezas, sin fe, causaron el sofismo, y la poesía, que era benevolencia actuando, sin lo mismo, era obra titánica sólo asequible para pocos. El mundo estaba fragmentado, dividido, estado que llevaba al politeísmo, que destroza la imaginación sana, la síntesis trascendental (Kant). Y nadie ignora que una imaginación partida es supersticiosa y alimento de cientos de rituales ridículos.

El señero San Gregorio de Nisa, por ejemplo, entendedor de lo dicho, aseguró a los piadosos anteriores a los cruzados de Pedro el Ermitaño que no era menester peregrinar hasta Jerusalén para imaginar y sentir las pasiones de Jesucristo. La fe invita a la peregrinación, que sólo se sostiene por la audición de la voz profética, amorosa, impresión secundaria de la imaginación que legitima sus orígenes revelados cuando es sonora. “They have mouths, but they speak not”, recuerda el salmo.

Dos rostros iguales se distinguen sólo por la voz, diría Santo Tomás. Es la voz la manifestación, el arquetipo de la fe, único dato asible para la imaginación del verdadero creyente, que procurará manifestar lo escuchado con su lenguaje humano, pobre y siempre menesteroso de alegorías, de referir lo desconocido mediante lo conocido. Al alegórico casi siempre se le tiene por místico, condición del hombre que no puede corroborarse sino por otros místicos y por doctores de conocimiento profundo de la “Sagrada Escritura”.

Los falsos místicos, enseña el supradicho salmo, tienen mortificados ojos, pero no ven, o sólo ven lo que su imaginación llena de fervor, que no de fe, produce. Por eso la Teología, sistematización intuitiva de la fe siempre en riesgo de tropezar con la falsa mística, debe servirse de la Filosofía, que entiende y razona genéricamente sin ser herética. ¿Entonces es provechoso leer a los místicos españoles? Sí lo es.

Pero advirtamos lo que nuestro maestro Asín Palacios escribió en su estudio “Šād̲ilīes y alumbrados”: “toda la literatura mística española se escribió bajo censura, con la Inquisición (y, a veces, con las Órdenes religiosas) actuando como potenciales silenciadores de estas letras extáticas. Muy peligrosas, por cierto, que fueron en el atormentado Siglo de Oro español: no puedo olvidar jamás que San Juan engulló algunos de sus propios papeles en su casita de la Encarnación cuando los descalzos le pisaban los talones”. ¡En la noche oscura la fe persigue a la fe!

¿Por qué fue asediado San Juan de la Cruz? Porque oía o tocaba lo que otros no, porque hacíalo con fe, con el corazón, y porque su poesía procuraba imprimir las voces que a él llegaban en la carne y no en las “orejas”, vulgarismo éste en el Siglo de Oro usado para motejar al necio. El latín africano de San Agustín nos da luz: “Tangere autem corde, hoc est credere”.

Lo que para el simple era impresión sensitiva, mero sonido, voz o canto, para San Juan era impresión reflexiva. Su “Romance 1” lo declara así: “En el principio moraba/ el Verbo, y en Dios vivía,/ en quien su felicidad/ infinita poseía./ El mismo Verbo Dios era,/ que el principio se decía:/ Él era el mesmo principio:/ por eso de él carecía”. En los versos de San Juan Dios es causa y efecto al mismo tiempo, esto es, reflexión y sensación a una, o en términos aristotélicos, poesía, teoría y acto… Jesucristo, único “esporo lanzado tras la procesión astral”, citando poesía del desdichado Almafuerte.

Pueden leer más artículos del autor en:

Blog personal: http://www.donpalafox.blogspot.com

Diario judío: http://diariojudio.com/autor/ezeind/

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