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Carlos Aurensanz
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Entrevista a Carlos Aurensanz, autor de “La puerta pintada”

"A la hora de escribir soy bastante intuitivo y no tengo en mente ni siquiera la reglas básicas"


"La puerta pintada" es la última novela de Carlos Aurensanz, autor también de la trilogía de los Banu Qasi. En esta ocasión, realiza una incursión en el mundo del suspense, para construir un thriller histórico que ahonda en los móviles psicológicos de un asesino en serie, para traernos una historia emotiva y llena de recovecos, que atrapa desde el principio hasta el final.
Pasadizo rosetón
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Pasadizo rosetón

En esta entrevista con el autor, hemos comentado temas relacionados con la novela, como el cambio de género realizado por Aurensanz, la catedral de Tudela, los conocimientos forenses en la España del siglo XX o cómo ha aplicado lo que aprendió escribiendo la trilogía de los Banu Qasi a La puerta pintada.

¿Qué le llevó a escribir La puerta pintada?
La puerta pintada ha sido una novela que se ha cruzado en mi trayectoria como autor de novela histórica. La idea surgió de manera espontánea al encajar las tres piezas que componen el puzzle de la trama (la catedral y su Puerta del Juicio, la familia de campaneros que vivían en la torre y el trasfondo de la Guerra Civil). Recuerdo que sucedió delante de un espejo, mientras me afeitaba. Inmediatamente tracé un boceto y en una semana había desarrollado la estructura de una historia que me atrapó desde el primer momento, hasta el punto de guardar en un cajón el siguiente proyecto de novela histórica.

¿Le ha costado dejar atrás la saga de los Banu Qasi?
A la trilogía de los Banu Qasi se lo debo todo como escritor, ha ocupado siete años de mi vida, me ha abierto las puertas al mundo literario y me ha proporcionado enormes satisfacciones. Sin embargo aquel ciclo acabó después de contar en 2.100 páginas la historia de aquella saga de muladíes con el escenario de Al Ándalus como trasfondo. El rigor histórico que tanto se alabó en las tres novelas es un corsé que a veces constriñe demasiado al autor, y La Puerta Pintada ha supuesto aflojar los cordones de ese corsé para tomar aire… antes de volver a ajustarlo.

De todo lo que aprendió escribiendo esta saga, ¿hay algo que haya utilizado especialmente al escribir La puerta pintada?
A la hora de escribir soy bastante intuitivo y no tengo en mente ni siquiera las reglas básicas que a los escritores noveles les enseñan en las “escuelas de escritores” a las que, por cierto, nunca he asistido. El único criterio que me guiaba era pensar si lo que escribía me gustaría como lector (aparte, por supuesto, de mantener en todo momento ese rigor histórico del que hablaba antes y la coherencia de la historia). Creo que esa forma de escribir sencilla y directa, quizá depurada con el paso del tiempo, es lo único que hay en común en los dos trabajos que, por lo demás, son absolutamente distintos.

¿Por qué se decidió a utilizar una estructura de dos tramas en la que primero relataba una línea temporal y a continuación la otra?
Lo exigía la trama, poco habitual en una novela de intriga, ya que la identidad del asesino queda al descubierto justo en el punto central del libro. Los sucesos del año 1949 alcanzan su culmen en ese punto. Después volvemos a la República y los primeros meses de la Guerra Civil en un cambio de registro bastante drástico. Las dos historias confluyen en la tercera parte con un desenlace que, según me cuentan los lectores en ese apasionante feedback que nos permiten ahora las redes sociales, no deja indiferente.

¿Cómo describiría su estilo a la hora de narrar la incertidumbre que imperaba durante los primeros días de la guerra?
La puerta pintada es una novela negra, de intriga, pero dentro de ella hay varias novelas más. Hay una novela gótica, en cuanto que el escenario fundamental es la catedral de la imaginaria ciudad de Puente Real, su magnífica Puerta del Juicio y la vivienda del campanero en el tejado. Hay una novela costumbrista, en la que he tratado de dibujar el ambiente cerrado, opresivo y provinciano de la posguerra, que ya se respira en la primera escena en la que el alcalde, el médico, el cura y el capitán de la Guardia Civil ven interrumpida de forma dramática su partida en el casino. Pero la parte que más ha evolucionado a lo largo del proceso de escritura es la que tiene relación con la gestación y el desarrollo de la Guerra Civil. Lo que iba a ser solo el trasfondo histórico ha pasado a tener un protagonismo fundamental, en parte porque me he sentido obligado a reflejar los dramáticos testimonios a los que tuve acceso durante el proceso de documentación. He tratado de ponerme en la piel de los personajes, incapaces de creer que pudiera suceder lo que al final sucedió, y transmitir al lector aquellos momentos de angustia y zozobra en que todo se vino abajo.

Uno de los protagonistas de la novela hace gala durante los años previos a la guerra de algo no muy común en aquellos días: la tolerancia. ¿Por qué diría que hubo tanta intolerancia en esa época?
Porque había muchos actores interesados en azuzar esa intolerancia en beneficio propio. La oligarquía que durante toda la Historia ha ocupado la cúspide del poder no podía permitir que las urnas les arrebataran los derechos adquiridos desde épocas remotas, y fue su derrota en febrero de 1936 la que les convenció de la necesidad de “encauzar” la situación por otros medios. Los jornaleros, los sindicalistas radicales, etc., tampoco eran conscientes de que con su actitud, también intolerante y violenta a veces, contribuían a dar argumentos a quienes al final se alzaron en armas contra la legitimidad democrática de la República.

El doctor Vega hace gala de sólidos conocimientos forenses. ¿España no estaba tan retrasada en este aspecto?
No a mediados del siglo XX. La verdadera revolución de la Medicina forense se produjo un siglo antes, cuando se crearon las primeras cátedras universitarias de Medicina Legal, y se creó el primer Cuerpo Nacional de médicos forenses. Desde entonces los avances técnicos y científicos no hicieron sino desarrollar la disciplina, y la Universidad española no se mantuvo al margen de tal progreso.

¿Por qué decidió dar un papel tan importante en la novela al “alter ego” de la catedral de Tudela?
La vivienda del campanero es un lugar que existe realmente. Está situada en la torre del campanario, y se accede a ella a través de estrechas escaleras de caracol, de la balconada que discurre ante el rosetón de la fachada y de un estrecho pasadizo practicado entre los sillares de la estructura. En ella vivieron varias generaciones de campaneros con sus familias. Al visitarla, es imposible no evocar a Víctor Hugo en Nuestra Señora de París. Por otra parte la Puerta del Juicio es una obra única, que representa, gráficamente esculpidos en piedra en más de 150 escenas, los castigos que esperan a los pecadores. Son dos de las piezas que encajaron a la perfección al esbozar la trama de la novela, quizá porque es un monumento que contemplaba cada vez que recorría las calles del casco antiguo de Tudela, que he fotografiado, y eso es algo que va dejando un poso que, en mi caso, cristalizó en la historia que se cuenta en La puerta pintada.

El hecho de cambiar el nombre de la ciudad para utilizar un imaginario Puente Real es un intento de desubicar los dramáticos acontecimientos que tuvieron lugar durante la guerra de un lugar concreto, pues pudieron haber sucedido en cualquier lugar de nuestra geografía, castigada en todos sus rincones por una contienda fraticida que jamás debió tener lugar.

¿Está trabajando en alguna nueva novela?
He sacado del cajón el proyecto que dejé aparcado cuando La puerta pintada se cruzó en el camino. Regreso con él a la época del Califato de Córdoba, aunque en esta ocasión el protagonista será un médico judío. De nuevo se impone mantener el rigor histórico que los lectores de este tipo de novela demandan, lo que me obliga a bucear en una cultura que hasta ahora no había tratado con profundidad, a conocer de forma exhaustiva todos los aspectos de la vida cotidiana de los judíos en Al Ándalus en el siglo X. De nuevo trataré temas que me apasionan: la medicina medieval, la botánica, la transmisión del conocimiento mediante copias y traducciones de manuscritos, los avances técnicos de la época, el comercio y la navegación, los viajes a Oriente en busca del conocimiento… Espero saber transmitir de nuevo a los lectores esa pasión por una parte de nuestra historia a la que tradicionalmente hemos prestado poca atención.
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