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Exposición FINGERE, de Joaquín Millán en la prestigiosa Galería de Arte Ansorena, en la calle Alcalá número 52 de Madrid

Joaquín Millán, expone- FINGERE- en la prestigiosa Galería Ansorena hasta el día 12 de enero (Foto: José Belló Aliaga).

Hasta el 12 de enero

José Belló Aliaga | Martes 10 de enero de 2017

Como afirma el escritor Juan Bonillla, “Joaquín Millán anduvo por Londres sin dejarse olvidada en Madrid su mirada de pintor, su cámara de pintor, sus necesidades de pintor. Esto es importante decirlo pronto: Joaquín Millán vive en la pintura. Decir sólo que “es pintor” sería quedarse corto, quizá porque el verbo ser ha quedado tan reducido que ya apenas comunica identidades, poca cosa: somos policías o ladrones, somos altos o bajos, somos blancos o negros”.



“El proceso de su pintura, de cada una de sus obras vividas y vívidas y vivas, comienza siempre así: una mirada que busca, unos ojos que encuentran, a veces una cámara que caza y entonces la iluminación de un posible futuro en el que comience lo que no deja de ser un combate de la materia contra la luz”.

El proceso de pintura de sus obras

“Tengo presente que la luz máxima está en el lienzo en blanco y con cada pincelada tratando de avanzar, aportando precisión, dibujo…se pierde algo importante, la luz”, escribió Millán a Bonilla en un mensaje acerca de cómo era el proceso de pintura de sus obras. “Y sin embargo, esas pérdidas de luz son las que hacen aparecer ante nosotros la realidad del mundo: el terror es blanco, decía Ruano al final de su diario, como si lo último que se llevara del mundo era precisamente ese estallido de luz que es la luz total. En ese combate entre materia y luz se define un arte antiguo y aun necesario como la pintura. Alguien dijo alguna vez que en un cuadro es la primera impresión la que debía prevalecer, y Millán mantiene en la medida de sus fuerzas el candor
espléndido de esa máxima, lo que no quiere decir, sino todo lo contrario, que se fíe de la espontaneidad”.

“El suyo, -continúa Juan Bonilla-, es un proceso muy afanoso, de auténtico artífice, artesanal incluso, si es que todavía hoy cabe concederle prestigio (que yo creo que sí) a esta palabra. Aunque sólo sea porque gracias a los artesanos antiguos disponemos hoy de la palabra Ficción: ficción procede de fingir, y fingir era trabajar con los dedos -el barro o lo que fuera-, de ahí que todavía en inglés dedo se diga finger. Hacer ficciones era transformar la materia informe, y por transformar entendemos darle forma a lo que no lo tenía. Pero no cabe deducir que de ese proceso mediante el que se obtenía “una ficción”, lo que se
estuviera es atentando contra la realidad para crear mentiras: la identificación de las ficciones con las mentiras es una tergiversación que ha hecho mucho daño a las ficciones y mucho bien a las mentiras”.

Luz y materia

“Si después del proceso de ficción -de trabajar con los dedos la materia- se obtenía un jarrón o un mural, ¿puede alguien defender que lo que se obtenía
era algo menos real que aquello de lo que estaba hecho con luz y materia? Es por eso que me gusta, -asegura Juan Bonilla-, hablar de ficciones cuando veo los cuadros de Joaquín Millán: porque sé que los ha trabajado como un artesano antiguo que ha hecho combatir, sobre el rectángulo del lienzo, a esos dos viejos púgiles tan conocidos: luz y materia”.

Londres

“Por supuesto quien considere que el Londres que aquí nos trae Millán es ficticio, sólo podrá hacerlo concediéndole a la palabra ficticio el noble sentido que tuvo alguna vez, no el sentido actual según el cual lo ficticio es mentira a pesar de que a todos nos gusta decir que Don Quijote nos parece más real que nuestro vecino del quinto”. Millán es de los artistas que se obsesionan. Sus jornadas de trabajo son épicas. Esto no tendría la menor importancia si los resultados no fueran tan hermosos y espléndidos. Sus obras tienen una temperatura muy personal: se diría que los suyos son cuadros fríos, pero en ellos conmueve la consolidada soledad de los espacios donde la vida permanece dormida, como abandonada y por lo tanto con una extraña fragilidad. Digo extraña porque es raro encontrarle fragilidad a los gigantes que protagonizan tantos cuadros de Millán”

Su modo de estar en el mundo

“Este es otro punto que hay que destacar en su modo de estar en el mundo, su voz de pintor reconocible: es un buscador de gigantes. Parece interesado en transferirle vida con su pintura a esos gigantes de piedra que son los edificios que protagonizan tantos de sus cuadros”.

“De ahí que dé igual si Millán pinta gigantes de Roma o de Nueva York o de Madrid o de Londres: ya dije en un texto anterior que lo que está pintando siempre es la geografía de una sola ciudad, la ciudad Millán, una ciudad de ficción en el sentido exacto que le daban a la palabra ficción los antiguos artesanos”.

Proceso de composición de las obras de Millán

Bonilla añade: “quise saber cómo era el proceso de composición de las obras de Millán. Me explicó que preparaba mucho los soportes con imprimaciones bastante absorbentes. Y en algún momento llegaba la primera mancha. La primera sesión suele ser ligera porque gran parte de la materia que va a luchar contra la luz, a oponerle realidad a la luz blanca y anegadora del lienzo, es absorbida por el soporte. Pero si la primera mancha es suficientemente atractiva, aunque plásticamente parezca pobre, el pintor siente que el cuadro ha empezado a avanzar. “Me gusta que en el resultado final permanezcan testigos de todas las sesiones”, dice el pintor, que va protegiendo zonas del cuadro, reservándolas para otras sesiones. Así cada cuadro suyo no es solo el personal retrato de un edificio visto como nadie más que él lo había visto, de un momento sin nadie en la vida de esos gigantes, sino también el relato de cómo ha sido pintado ese cuadro”.

“La obra contiene su propia biografía, por decirlo así. Una biografía, por supuesto, ilegible para nadie que no sea el artista: pero está ahí, quedan marcas, cicatrices, correcciones, es decir historia”.

Fingere

“A veces el barro de pintura que se genera es tan grande que cuesta moverlo y el pintor entonces lija y acuchilla para rebajarlo, y aparecen restos de sesiones anteriores que le sorprenden. Lo dice con un sintagma certero: “un combate abierto”. El combate de Millán, un artista que se pasaría la vida batallando contra sí mismo en el rectángulo de un solo lienzo. Pero igual que Alfonso Reyes decía que se publicaban libros para que los escritores no nos pasásemos la vida corrigiendo nuestros textos, los pintores también dan por acabados los cuadros para no pasarse la vida pintándolos”.

“Un combate que no es sólo del artista con lo que quisiera conseguir -y en este caso particular, a mi juicio, tantas veces y tan magistralmente consigue- sino también el combate más antiguo del mundo: el de la luz con la materia, es decir, el combate mismo de la realidad al que, para sentirlo perdurable, sólo podemos someter mediante ficciones”.

“Ficciones como estas que nos trae Joaquín Millán, ficciones que nacieron en la mirada y mediante el acto de “fingere”, de domar la materia y cazar la luz adecuada, se impusieron a la luz blanca del lienzo vacío, lo llenaron de vida y esplendor, para que se dirigieran a su verdadero cometido: otra mirada, la mirada de alguien distinto, de un desconocido, de un espectador que pudiera apreciar en ellas la belleza con la que un artista es capaz de agrandar el mundo”.

Autor del vídeo y de las fotografías: José Belló Aliaga

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