LOS IMPRESCINDIBLES - Álvaro Bermejo

CÉLINE, UN MÍSTICO DEL INFIERNO

Louis-Ferdinand Céline
Álvaro Bermejo | Viernes 01 de febrero de 2019

Por la fuerza de su estilo, agresivo, provocador, tanto más descarnado, se consideraba el Gran Falo de la literatura francesa, pero eligió un nombre de mujer, el de su madre, para violar el falso pudor de las rectas conciencias. Sus panfletos antisemitas le abocaron a un largo Viaje al fin de la Noche, declarado “desgracia nacional” en Francia y condenado a un año de reclusión en Copenhague. Desde su exilio el rey de los malditos seguía soñando con entrar en la Pléiade, “entre Bergson y Cervantes”. Hoy, después de Proust, este precursor del dirty realism es el escritor más leído en su país. La Comedia Humana, al paso de su Guignol Band, acabó por convertir a Louis-Ferdinand Céline en un místico del Infierno.



BAGATELAS PARA UNA MASACRE

Podemos imaginarlo al galope, al frente de su regimiento de coraceros, hasta que cae gravemente herido en Yprès, lo que le valió la Cruz de Guerra en 1914. Siete años después, tras licenciarse como médico, comienza a escribir su tesis sobre Semmelweiss, el pionero de los métodos antisépticos, estigmatizado hasta la locura por el establishment doctoral de su tiempo. Tanto en la vida como en la obra de Céline se cruzan estos dos vectores, el vértigo y la refracción frente a una sociedad que detesta, por su hipocresía, por su crueldad, por su mal gusto. “He hecho todo lo posible por ganarme su hostilidad desde 1923” –escribe en 1960, un año antes de morir-, “larga cuenta”.

Entonces la cuenta también puede comenzar por ese 1923. Acaba de escribir su Viaje al fin de la Noche –“pan para un siglo de literatura y el Goncourt para su editor”, dice, muy seguro de sí-. Pero no, el Goncourt se lo lleva un mediocre y Céline ha de conformarse con el Rénaudot mientras los príncipes del mainstream lo enfilan hacia el Parnaso de los Apestados. Deambula a lo Rimbaud por el África colonial, de América a Europa -como delegado de Higiene de la Sociedad de Naciones-, y de mujer en mujer, siempre en busca de esa Verdad Sexual que identifica con la esencia de su prosa.

De una humilde camarera, Suzanne Nebout, a la esquizoide Edith Follet, de esta a una bailarina norteamericana, Elizabeth Craigh, luego una danesa, Karen Jensen, después la explosiva Lucette Almanzor. Y en paralelo al vodevil, un primer proceso de difamación por su Escuela de cadáveres, un nuevo escándalo a cuenta de su Muerte a crédito, más refriegas con los comunistas de L’Humanité y, finalmente, sus panfletos pacifistas y antisemitas que le valdrían -más por lo primero que por lo segundo-, la condena a las tinieblas de la indignidad nacional.

No obstante, en el más incendiario, Bagatelas para una masacre, no hizo otra cosa que reincidir en su estilo: “Os lo advierto, infelices, jodidos de la vida, vencidos, desollados: cuando los grandes de este mundo empiezan a amaros es porque van a convertiros en carne de cañón”. Lo decía al comienzo de su Viaje, en un francés algo más que antiacadémico, deliberadamente desquiciado, casi deseando el exilio, la lapidación pública, el anatema. Así comienza el verdadero viaje a los inframundos de Céline. No volveremos a encontrarlo hasta mucho después de la guerra, aunque en él la guerra es perpetua.

EL RIGODÓN DE LOS MUERTOS VIVIENTES

En 1947 este Voltaire sin peluca, este Balzac sin miedo a la miseria que recusa la comedia humana de su tiempo a punta de palabras, es el perfecto chivo expiatorio, el maldito integral, un “révenant” fascistoide condenado a una muerte simbólica sin apelación posible. Sale enfermo de su celda de tres por tres en Copenhague, vive en condiciones miserables. Nadie goza de semejante cota de aborrecimiento –Drieu de la Rochelle ya se ha suicidado-, si exceptuamos a Artaud, recién fugado de su prisión psiquiátrica. Pues bien, es aquí donde se plantea una nueva batalla entre un solo hombre y todo su mundo. Naturalmente, con el divino Sartre a la cabeza del linchamiento.

Aun muerto y enterrado, el cadáver todavía se mueve. El coracero Céline sabe que la mejor defensa es el ataque. “¿Falta de dinero? Ningún problema. Basta una palabra en mi cuenta para mandaros a todos a la mierda”. Ni un atisbo de arrepentimiento. Se reconoce “idiota pero inocente” –“He cometido la estupidez suprema, he creído en el pacifismo de los hitlerianos, pero ahí se acota mi crimen. Soy un folclorista patriótico en un país de degenerados, lacayos y bastardos”. Es así como se erige en una suerte de bufón sanguinario, decidido a ridiculizar a los Sultantes del Swing de la intelectualidad francesa: “Sois mi fauna y mi flora intestinal, mis virus, mis microbios, parásitos que vivís a mi costa, los jueces que respiran por la herida del criminal, los castrados que envidian mi estilo”.

En efecto, hará de su inimitable estilo su único valor metafísico, tanto como su más elaborada arma de destrucción masiva contra una sociedad rendida al tartufismo ambiente, cuyo enemigo público número uno ya no es el criminal o el terrorista, sino aquel que se expresa de otro modo, en la jerga de la calle, la prosa desnuda, el ritmo frenético, la máxima expresividad a flor de piel.

Comienza por denigrarse –“el antisemitismo es estúpido, el Judío está en nosotros”-, pero, al paso, flagela a esa Francia que después de Vichy vive en la vergüenza nacional, con demasiados cadáveres en el armario. La sociedad francesa, ¿acaso no fue tan colaboracionista como la alemana cuando se prestó a la redada de más de quince mil judíos en el Velódromo de Invierno?

“Lo único que deseáis es olvidar, que os perdonen y haceros perdonar y entre tanto, os encarnizáis contra un espectro, tal es la fuerza de vuestro odio hacia mí”. La suya hacia ellos no es menor. El Rigodón continúa, amargo y sarcástico, destructivo y autodestructivo, como si hiciera de su personaje el último aliento frente a la basura universal. “¿Surgirá otro escritor de verdad? Los franceses harán todo lo posible por matarlo antes de nacer, preferirán cien traducciones a una voz propia que convoque esa herida sangrante que es vuestro pecado original”.

SEXO SALVAJE, UNA CUESTIÓN DE ESTILO

Estas cartas a su editor, Gaston Gallimard, vienen del final de los terribles ’40. Céline escribe desde su guarida frente al Báltico, el fin del mundo, el silencio de Elsinor, apenas la certeza de su estilo frente a la soledad y el desarraigo. Se siente como el último habitante de una lengua desaparecida, engullida por la vulgaridad, la pedantería, el mal estilo –“el mal gusto conduce al crimen, como bien sabía Stendhal”-. Ahora lo profetiza como el fenómeno dominante del fin de siglo. Mal gusto, crimen en sí.

Pero, ¿a qué llama la marea negra del mal gusto? Ni más ni menos que a la decadencia de la literatura francesa, acartonada, amnésica, inerte, “una lengua muerta como el latín de Ausonio y Rutilio”, lengua de mercaderes, pero también emblema de una “confiscación sexual generalizada, como la de esas frígidas que disertan hasta el infinito sobre el estupro”. Porque para él solo cabe una verdad, la de la lengua que desnuda, viola y desenmascara. O, lo que es lo mismo, traducido a su concepto de Verdad Sexual: sexo salvaje frente a la impotencia de sus contemporáneos.

Lo gritaba Leopoldo María Panero desde el manicomio de Mondragón, “¡Yo soy el Falo!”. Palabra de Céline, que va más lejos: A Sartre, a Malraux, a Gide, los compara con putas baratas, putas de la palabra “que no saben ni hacer una paja”. Luego añade: “las musas no disfrutan más que cuando se sabe abusar de ellas a conciencia”. Y concluye: “Nada envidiáis más que mi estilo, pero yo no lo vendo. Soy un obrero del alma. Lo regalo o me hago pagar a precio de oro, en francos suizos”.

El derroche de obscenidad, la provocación constante, el sarcasmo feroz, tienen un sentido: “Todo mi trabajo no responde a otro fin que el de volver la prosa francesa más viva y sensible, volterizada, punzante, malvada, frente a la plétora de bagatelas que nos invade”. El eterno maldito como un místico de la pureza del estilo, entonces. Pero también un Zola que redacta incesantemente su J’Accuse contra su tiempo, es decir, contra la cretinización de la cultura y la malversación de la sociedad a cada instante. Porque solo el Tiempo cuenta, el Instante nada más.

UN SELFIE DESDE THE HOLE

Escribir en carne viva, detener el instante, comporta en Céline un mensaje directo al sistema nervioso, una emoción en vena. “El resto no es más que blablablá, hemos sido condenados a un ensordecedor blablablá, a una gigantesca Torre de Blablablá”. La suya es una sucursal de The Hole, el cabaret de las almas perdidas. Nada de valses, escribe a ritmo de jazz. Está anticipando la trompeta de Boris Vian y, así como él, no vacila en escupir sobre tantas tumbas como la que le tienen reservada las rectas conciencias de la Academia, el Periodismo y la Crítica: “Te abrazo, pobre siervo, Landrú escrofuloso, lenguado lúbrico, lánguida anémona”. Malraux, condescendiente, intenta justificarle: “Es un mal tipo pero un gran escritor”. El argumento clásico no resuelve la única pregunta interesante: ¿Cómo se puede ser un pobre tipo si se es un gran escritor? La respuesta es una nueva condena a los infiernos, prohibido hablar de Céline. Que se pudra. “Muy pronto no seré presentado más que como un epígono de Sartre, de Miller, de Faulkner y Genet, cuando en realidad soy su inventor, quien abrió la puerta de ese pudridero repleto de novelas peores que el sexo triste y moralizador”.

Bien cierto, pues nuestro Inmoralista nada aborrecía más que la literatura moral, con su tufo a sacristía progresista, el mantra de los fariseos de todos los tiempos. Le repugnan tanto que hasta acaba aceptando la censura que se ejerce contra él, consciente de que no podrán vencerle: “También el griego clásico desapareció durante más de mil años, será así como regresaré de entre los muertos”. Por supuesto, se refiere a ellos, los sumos sacerdotes de la gran literatura nacional. Tanto le da que acaparen premios y honores, en su coming out él los pinta como muertos vivientes. “Pálidos esqueletos que en su fiebre de odio se encarnizan con un fantasma, no conmigo. Me ultrajan sin conocerme”.

ENCONTRAD EL PÁLPITO, O ES LA MUERTE

Todas las inquisiciones se parecen, aunque cambien de forma. El verdadero Proceso, como bien sabía Kafka, no acaba nunca. A fuerza de fugas, persecuciones y condenas, Céline acaba confundiéndose con el protagonista de su Viaje al Fin de la Noche, otro desertor perdido en el Corazón de las Tinieblas. Aunque con un toque especial: el del incendiario caballero Destouches descrito por Barbey D’Aurevilly, el autor de Las Diabólicas, pues no en vano Destouches era su verdadero apellido legal.

Vivir la vida al galope, contar rápido el fondo de la gran estafa colectiva, ridiculizar a tantos cadáveres exquisitos podridos en el altar del Gran Masturbador. A caballo de su pluma, nunca deja de ser el oficial de coraceros que sólo entiende la literatura como una carga a la desesperada, presto a morir o a matar en el instante. La emotividad directa, como la palabra malsonante, como los sablazos que rasgan la página de parte a parte, eso es Céline. Y él nos dice: “La emoción es todo en la vida. Encontrad el pálpito, acertad a transcribirlo o es la muerte”.

Palabras de un cirujano de cuerpos y almas, maestro en terapias de choque. De las otras apenas se sabe nada o nada se quiere saber. Cuando el Innombrable en Francia ya era una celebridad mundial, y los grandes del movimiento beat, como Burroughs o Ginsberg, comenzaron a reivindicar su obra, él siguió trabajando en un hospital para desahuciados hasta su muerte. “Aquí hay materia suficiente para deprimiros de por vida. Yo soy uno de ellos. Lo demás sobra”.

La comedia humana se acercaba a su fin, el guiñol trágico le reservaba un lugar de honor en La Pléiade, como siempre había soñado, “entre Bergson y Cervantes”. Nada más emocionante que su última carta a su editor, anunciándole que ha concluido el manuscrito de Rigodón. 30 de junio de 1961: “No tengo un minuto que perder, voy a cruzar la barrera de los setenta en tromba. ¡Al diablo el público!”. Al día siguiente, estaba muerto. Asumió todos los riesgos de una escritura al límite del vértigo y pagó su precio. Las rectas conciencias no lo aceptarán jamás. Lector de buena fe, léelo.

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