Lo vaticinamos la semana pasada, en nuestro primer “Imprescindible” del año: El rabelesiano “Reír o perecer”, sería la pauta para 2026. Verdaderamente, sólo desde ese registro tragicómico se pueden entender las primeras palabras de Maduro tras ser “extraído” por Donald Trump, nada más pisar el suelo de su prisión norteamericana: “Good Night, and Happy New Year”. Hilarante. Casi tanto como el argumentario de Trump. Dos días antes se trataba de apresar a un peligroso narcotraficante, un dictador conculcador de libertades. Al día siguiente, la libertad podía seguir esperando. La verdadera razón de la “extracción” era extraer el crudo venezolano, a disposición de las petroleras norteamericanas. Y punto.
Fue avistado durante el último verano sin que se supiera a ciencia cierta de qué se trataba. Un vertiginoso cuerpo celeste, cruzando a doscientos mil kilómetros por segundo la órbita de Júpiter. Nuestro tercer visitante interestelar después de 1I/Oumuamua y 2I/Borisov. Lo que llevó a bautizarlo como 3I/Atlas por sus siglas en inglés -Última Alerta de Impacto Terrestre de Asteroides-.
Literaktum, el festival de las letras de San Sebastián, vestía de gala su inauguración para recibir a Juan Manuel de Prada y su monumental "Mil ojos esconde la noche". Su particular comedia humana, contada en dos tomos no menos balzaquianos, en torno a su particular Rastignac: Fernando o Fernandito Navales, un periodista y escritor fracasado y por tanto resentido, falangista de última hora en el París de la Ocupación.
PASIÓN Y GLORIA
El pasado viernes, en un viejo convento de San Sebastián, el de Santa Teresa, sobre el que se alzó en su tiempo la ermita de Santa Clara, presentábamos un libro inusual: “Catalina de Erauso. Pasión y Gloria”. Tan inusual como su protagonista. Aquella que entraría en la historia como la Monja Alférez. Un apelativo clarividente, en el que se funden un sustantivo femenino y otro masculino. Monja, pese a que nunca pasó de novicia. Y alférez, que bien pudo ser capitán, si no le hubiera vedado el paso su encarnizamiento en batalla. Sin contar los duelos a espada, nunca provocados por ella, en los que dejó doce cadáveres. Incluido el de su hermano.
Tiene que ser difícil llevar la vida de un ermitaño en una aldea perdida de Os Ancares, lejos del mundanal ruido, y rendir culto a los estruendosos eventos de música rave conocidos como ‘Sirats’. Autobiografía y metaficción parecen resolver tan ardua antinomia en la última película de Oliver Laxe, concebida desde el sentido original de esa palabra. En la mística islámica, como Sirat se conoce al puente que conduce del Infierno al Paraíso, “más estrecho que una hebra de cabello y más afilado que una espada”. El que habrán de cruzar las almas el Día del Juicio.
Desde el silencio, el lento punteo de una guitarra acústica como detenida ante un umbral, como a la espera de otra guitarra, la que ya viene, abrazada a su compás. Dos amigos se encuentran después de mucho tiempo. Se suma una voz. Parece que va a celebrar ese reencuentro, pero siembra la duda. Una duda existencial, entre lo que pudo ser y no fue. Así se abre la composición que marcaría el rock psicodélico de los ’70, la más melancólica y la más icónica, una obra maestra. Aquel ‘Wish You Were Here’ de Pink Floyd, nacido hace cincuenta años, un 12 de septiembre de 1975.
De Galicia a Tarifa, setenta mil hectáreas calcinadas en la última semana. En lo que llevamos de verano, más de trescientas mil. El triple que el año pasado. ¿La mitad que el próximo? La pregunta se sostiene en todo lo que la precede. Desde mucho antes de que se acuñara el término Cambio Climático, España ya presentaba la geografía de un secarral. La inmensa mancha árida por la que cabalgaban Don Quijote y Sancho, gobernada por el “sanchopancismo” nacional. ¿En qué se sustancia? En ese mantra entre irrisorio e irritante que preside todos los informativos: “Seguimos muy pendientes”. La tercera pregunta cabe en dos palabras: ¿De qué?
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No, queridos franceses, no sois el hazmerreír del mundo”. Con esta frase, rebosante de vitriolo navideño, la periodista británica Emma Pearson intentaba consolar a un colega francés. En su resumen de fin de año, había sentenciado, cariacontecido: “Nous sommes la risée du monde”. Se refería a la inédita entrada en prisión de un presidente, Sarkozy, al rocambolesco desfalco del Louvre, a los gobiernos de un día y media noche. Para Miss Pearson la suma de catástrofes hilarantes acaecidas en Francia no es menor que la que aflige al Reino Unido. ¿Qué diría si se asomara a nuestro país? Aunque lo parezca, habrá que creerse que el más documentado hazmerreír del planeta, no somos nosotros.
Tras el ‘Nosferatu’ de David Eggers, ahora el ‘Drácula’ de Luc Besson y el ‘Frankenstein’ de Guillermo del Toro. ¿Desde cuándo los monstruos se han vuelto sexys en la pantalla?, cabe preguntarse ante sus tres protagonistas. No en vano, el que da vida al Frankenstein de Del Toro, Jacob Elordi, acaba de ser elegido el actor más atractivo del año según la revista ‘People’. La pregunta lleva a otra. ¿Qué ingrediente oculto duerme en el horror para que venga a resultarnos eróticamente fascinante?
Dios está de moda, enfatizaba el titular ante la expectación suscitada por el último álbum de Rosalía, ‘Lux’, en cuya cubierta la cantante muda sus hábitos. De ‘Motomami’ a ursulina. Como soporte, el fenómeno de la temporada, ‘Los domingos’. La película en la que Alauda Ruiz de Azúa cuenta la historia de una adolescente que decide ingresar en un convento frente a la oposición de su familia. Ambos vectores parecen apuntar a un repunte espiritual entre los jóvenes. Pero, ¿hasta qué punto esas dos líneas son paralelas?
En ese espacio central para la vida cultural de San Sebastián que viene abriendo la galería homónima, ‘La Central’, tocaba inauguración. Sinónimo de fiesta híbrida de artes y letras. Todas lo son. En 2024 aquella ‘Florakción’ donde los diseños de Isabel Zapardiez y las pictoesculturas de Brutus bailaron al compás de Mikel Erentxun. Elena Arzak a los postres. Hoy una dimensión desconocida del periodista y escritor David Cantero, en compañía de Elena Setién al teclado. Para dar voz a sus ‘gatopájaros’, entre las enramadas de Jon Mirande y los rizomas de Deleuze. Conjuro y sortilegio “en la tierra de los muchos ojos”.
Probablemente fue así, con las mareas vivas de septiembre azotando el litoral del Cantábrico. En un margen de diecisiete años, siempre en septiembre, en el de 1908 y en el de 1925, San Sebastián vio nacer primero una insólita Sociedad Oceanográfica alzada desde el voluntarismo, la primera de este país. Y, fruto de ella, el Palacio del Mar, nuestro Aquarium. Más que una fiesta, la historia de nuestra Oceanográfica y de su Palacio del Mar es una novela. Había que contarla.
Seguían fuera de control más de cincuenta incendios del largo centenar que vienen asolando el territorio nacional, y los informativos daban cuenta de la demolición de la primera vivienda de las otras tantas que devastaron el Levante tras la Dana, de la que pronto se cumplirá un año. Diez meses de demora, y una “ayuda” de cinco mil euros para el propietario que lo había perdido todo. “¿Qué hago yo ahora con cinco mil euros? ¿Qué hago…?”, le faltaban las palabras que se volvían llanto, el de la desesperación, el de la desolación, el del más absoluto desamparo.
Cada fin de semana de cualquier operación salida, sea la de julio o la de agosto, un promedio de veinticinco mil vuelos sobre el espacio aéreo nacional. Es de suponer que la mayoría de los pasajeros está deseando embarcar. Ahora bien, sentémoslos en el diván: ¿cuántos preferirían quedarse en casa antes que subir a su avión?
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