FIRMA INVITADA

Skármeta: el escritor de la esperanza cumple ochenta años

Antonio Skármeta
María Viedma | Jueves 05 de noviembre de 2020

Le reto a encontrar una foto del escritor Antonio Skármeta (Antofagasta, 7 de noviembre de 1940) en la que no sonría. Difícil, ¿verdad?



Es un tipo arrollador, expansivo y alegre que acaba de cumplir ochenta años y muchos sueños. El primero de todos -ser escritor- ha definido plenamente su vida. En esas ocho décadas ha cocinado una obra extensa que abarca ensayo, teatro, poesía, relato y novela. Hoy el nombre de Skármeta es -junto al de Neruda e Isabel Allende- uno de los más conocidos de la literatura chilena. Pertenece al movimiento posterior al boom latino americano y a la generación de “los novísimos” (Poli Délano, Cristian Huneuus, Luis Domínguez, Antonio Avaria, Mauricio Wacquez, Carlos Morand, Juan Agustín Palazuelos y Carlos Ruiz -Tagle). A diferencia de sus compatriotas y coetáneos -de fama menos internacional- la estela de su prosa ha refulgido a lo largo y ancho del orbe con títulos como “Soñé que la nieve ardía”, “La boda del poeta”, “El baile de la victoria”, “La velocidad del amor”, “Los días del arcoíris”…y sobre todo, “El cartero de Neruda”.

Mucho tiene que ver en esa nombradía su naturaleza glotona de todo lo nuevo, dúctil y presta a mezclarse con otros saberes y formas de hacer. Esa curiosidad omnicomprensiva (no por casualidad estudió y enseñó Filosofía) le llevó a incursionar diferentes ámbitos en los que expresarse creativamente: radio, televisión, cine y música. Skármeta, como buen orteguiano (su tesis de grado fue “Ortega y Gasset: lenguaje gesto y silencio”), y por ello, perspectivista, no se limita a narrar el mundo a través de la literatura, también le interesan otros medios a la hora de enriquecer expresivamente su trabajo de escritorio, y viceversa. De hecho, otros artistas y creativos han tomado la obra de Skármeta como punto de arranque para producir obras nuevas. No es algo que a nuestro autor le disguste; por el contrario, le agrada. Le fascinan las versiones cinematográficas que de sus novelas han hecho algunos directores, aun cuando no guarden fidelidad al texto original, porque esas diferencias constatan que el libro posee vida propia y que evoluciona en la obra de otros. Habiendo sido él mismo director de cine (“para mí el cine no es más que otro género literario”), nunca ha querido pertenecer a esa clase de escritores rígidos que acosan a los cineastas y mutilan su creatividad.

Una ojeada somera a su trayectoria profesional nos descubre a un hombre incombustible y versátil: en calidad de guionista, mantuvo durante el exilio una fructífera asociación con diferentes cineastas, en particular con el alemán Peter Lilienthal. Juntos llevaron a la gran pantalla algunos de sus cuentos y novelas, eso sin mencionar que él mismo actuó en cinco películas. Ya en democracia, Skármeta presentó durante 10 años El show de los libros, un programa de la televisión chilena que mereció incontables premios.Y cuando creíamos que ya lo había hecho todo, puso letra a las melodías de bossa nova de artistas como Toquinho y Killy Fretaid, y al proyecto musical de la compositora y soprano Pamela Illanes-Tatsuoka.

Volviendo a su faceta más genuina -la de escritor- sobre él se hace evidente la impronta carismática de Neruda. Skármeta es un romántico empedernido, “de profesión: enamorado”. Sus personajes -en permanente crecimiento interior- lidian con los acontecimientos políticos a los que el devenir histórico les expone (el compromiso con la democracia ha sido una constante en su vida y obra). Toda su narrativa se encuentra atravesada de la poesía y la esperanza nerudianas. Es un narrador de imágenes, y su prosa -lucida y musical- se encuentra embebida en lirismo… pero también en humor. Lo suyo es la “poética de lo cotidiano”, de suerte que sus cuentos y novelas se hallan trufados de tensión entre lo grande y lo pequeño, entre lo culto y lo popular, entre la subcultura y la gran cultura. Junto a metáforas sublimes (en las que también resuena San Juan de la Cruz) Skármeta nos yuxtapone con desparpajo el habla popular. Gusta de la ironía para dar cuenta del lado paradójico que en ocasiones ofrece la realidad.

Estoy persuadida de que ese enfoque de atención a lo pequeño está ligado a la singularísima y paradojal manera en la que, como lector, Skármeta se acercó a la gran literatura… de niño era adicto a los melodramas radiofónicos, que como corresponde al género, siempre se interrumpían en el momento cumbre y le mantenían en estado de ansiedad hasta el día siguiente. A espaldas de sus padres, acudió a ver la versión teatral del culebrón de moda. Se había enterado de que daban la obra completa y, consecuentemente, resolvían en una sola jornada todos los “enigmas”. Al término de la función solicitó un autógrafo a los actores. El protagonista masculino le dijo ¿en serio te interesan estas boludeces, pibe? Esto lo hago yo para ganarme unos mangos. No tomes estas macanas al pie de la letra. Lee a Shakesperare, a Chejov, a Ibsen. Hacéme caso. Y él, se lo hizo.Vive rodeado de sus autores favoritos (Andres Neuman, Tobías Wolff, Paulina Flores, Alberto Fuguet, Jose María Arguedas, Cortázar, Norman Mailer, Salinger, Hermann Melville, Jack Kerouak y Scott Fitzgerald), también de las últimas novedades en librerías, pero sus autores de “última pestañada” son siempre Shakespeare y Cervantes.

Es desde 2015 miembro de la Real Academia de la Lengua en Chile, desde 2016 de la de Puerto Rico y, desde hace mucho, un autor distinguido con infinidad de galardones, de los que solo mencionaré Premio de la Américas (1968); Planeta (2003), UNESCO de Literatura Infantil (2003), Medalla Goethe (2002), Premio Nacional de Literatura en Chile (2014), Caballero de la Orden de las Artes y las Letras en Francia, Comendador de las Artes y Letras en Italia… ¿de verdad espera que enumere todos los honores? No lo haré. Son tantos que resultaría aburrido y Skármeta es cualquier cosa menos eso.

Se me olvidaba decirle que entre 2000 y 2006, en paralelo con la presidencia de Ricardo Lagos, hizo carrera diplomática, ejerció ni más ni menos que embajador de Chile en Alemania Sin embargo, esa etapa no es más que aquella en la que actuó como embajador oficial, porque durante el exilio, actuó -según él- de embajador “oficioso”: Yo me sentía un embajador de las ideas democráticas, chilenas, de la tradición republicana; las obras que escribí, cómo me comunicaba con los políticos alemanes, con los grandes partidos políticos, la sociedad cultural en general, era como un embajador de una cultura que estaba siendo asediada, destruida desechada. Y planteaba el deseo de recuperar la República (…) El asunto medular de establecer una relación de afecto entre dos democracias como la alemana y la chilena, la había hecho antes.

No puedo ahora resistirme a recordar tres piezas que considero especialmente importantes en la obra y vida de Skármeta: “El baile de la Victoria”, “El cartero de Neruda” y “La composición”. En 1985 escribió “Ardiente Paciencia”, la novela que lo hizo mundialmente celebérrimo y que él rebautizó como “el cartero de Neruda”, tras su éxito en la gran pantalla con este nombre. Es cierto que cuando el director Michael Radford la llevó en 1994 al celuloide, la novela ya había sido traducida a quince lenguas, pero también es verdad que después de su estreno, la nómina de idiomas se duplicó rápidamente. La cinta fue galardonada con 25 premios internacionales, y en Hollywood, distinguida con cuatro nominaciones y el óscar a la mejor banda sonora. Una curiosidad es que Skármeta ya había dirigido en 1983 un versión cinematográfica de bajo presupuesto de “Ardiente Paciencia”. Otra, que regaló una copia de esa cinta a Plácido Domingo, cuando el tenor interpretó a Neruda en la adaptación operística que se estrenó en 2010 en Los Ángeles.

El cartero de Neruda” narra la ficticia amistad entre el poeta y Mario, un joven empleado del servicio de correos, encargado del reparto en Isla Negra. Es una joyita literaria y una fantasía deliciosa. Y digo fantasía porque el Neruda real estaba lejos de la bondad prístina que destila el personaje skarmetiano. Pero eso es lo que hace grande la literatura: que nos permite trastocar en real aquello que soñamos que lo sea.

En ese afán de engrandecer el espíritu humano, Skármeta escribió también para niños y jóvenes.La composición” (fechada a finales de los sesenta y publicada entre 1978-81 en diversos periódicos y revistas europeos, estadounidenses y latinoamericanos) es su pieza más conocida y premiada. En 1985 el cineasta venezolano Olegario Barrera la convertiría en película con el nombre de “pequeña revancha”. “La composición” supuso un hito en la literatura infantil al atreverse a tocar temas hasta entonces fuera de los márgenes de las narraciones destinadas a niños. La Composición aborda el clima represor de la dictadura de Pinochet y su influencia en los escolares. De este libro Skármeta dijo me gustaría que fuese leído como la alegre fantasía de un poeta que inventa una historia donde la inteligencia triunfa sobre la estupidez, aun si el poeta sabe que en la realidad la estupidez ha triunfado a menudo sobre la inteligencia.

El baile de la victoria” fue galardonada en 2003 con el premio Planeta (presentada a concurso bajo el nombre “los perros de la libertad”). La acción transcurre en Chile tras el restablecimiento de la Democracia. Skármeta la construye sobre un triángulo de amistad y amor forjado entre criaturas marginales: dos ladrones (uno joven y otro veterano) y una bailarina adolescente y misteriosa. Sus páginas ofrecen al lector una alquimia perfecta de intriga, suspense, humor y esperanza en un mundo más bondadoso. Fue llevada al cine en 2009 por el director español Fernando Trueba, y en ella, el propio Skármeta encarnó a un crítico de ballet. Que la novela hubiese recibido el premio Planeta, y además, llevada a la pantalla, disparó sus ventas y repercusión mediática internacional. Preguntado Skármeta (con malicia) por la posible naturaleza comercial de su trabajo ( en demérito de la calidad), respondió que la cuantía de los premios le ayudaban a ser un escritor independiente y que además, la publicidad que los acompaña brindaba visibilidad a sus obras y yo soy un escritor al que le importa que le lean. Feliz octava década.

Novela: Soñé que la nieve ardía (1975); No pasó nada (1980); La insurrección (1982); Ardiente paciencia (1985); La velocidad del amor (1989); La boda del poeta (1999); La chica del trombón (2001); El baile de la victoria (2003); Un padre de película (2010) y Los días del arcoíris (2011)

Teatro: La búsqueda (1976); No pasó nada (1977); La mancha (1978); La composición (1979) y Dieciocho quilates (2010)

Libros y colecciones de cuentos: El entusiasmo (1967); Desnudo en el tejado (1969); Tiro libre (1973); El ciclista de San Cristóbal (1973); Novios y solitarios (1975); Libertad de movimiento; La Cenicienta en San Francisco (1990); Uno a uno: cuentos completos (1996); Antología personal (2009) y Libertad de movimiento (2015)

Ensayo: Neruda por Skármeta (2004)

Literatura infantil: La composición (1998) y El portero de la cordillera (2012)

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