Con razón más que suficiente, el maestro Leopoldo Marechal desconfiaba de aquellos narradores que jamás habían incursionado en la poesía (como cultores o artífices del poema). Los motivos, que Marechal no especificó, son, con todo, muy fáciles de adivinar: la música de la palabra sólo se halla (y se aprende) y reside en el ancho territorio de la poesía. La recomendación más atinada que se le puede acercar a un joven que desee incorporar para sí (o aprender en qué consiste) la musicalidad que debe tener la prosa es que lea toda la poesía española escrita en el transcurso del Siglo de Oro: no conocemos escuela más fecunda.
Los poquitos ratones de biblioteca que solemos escudriñar algún buen libro de Rilke, de Tc Elliot, de poetas de otras tradiciones sin duda que estamos de plácemes. La Academia Sueca en las últimas décadas ha reivindicado el papel de la Poesía en medio de un mundo de narradores contadores de historias, de esas historias que conmueven y que incluso sean capaces de tomarse como libretos para posibles películas, todo siempre en la inmediatez y por entretener antes de reflexionar o de educar.
"Pensar no es repetir lo que dijeron los antepasados;
pensar es inventar el horizonte desde el cual
los antepasados aún no han hablado."
Adonis.
En sus poemas se respira el siglo contenido en el lenguaje. Su obra es la creación de mundos con sentido ontológico que devela el silencio y las sombras. Ese hombre del desierto destinado a revelar, interpretar e interrogar sobre el ser se llama Ali Ahmad Said Esber y es el poeta de la percepción y de la identidad.
Escribe Albert Camus en La peste que “hay una cosa que se desea siempre y se obtiene a veces: la ternura humana”. Su escasez y su mendicidad en estos tiempos de sensiblería cursi nos definen y nos determinan como especie, porque es un sentimiento humilde y sincero, una felicidad recogida y privada, incompatible con esa felicidad chillona y aspaventosa y publicitada sin límites -retransmitida hasta la exageración- que ha conseguido adueñarse de nuestras vidas como una manifestación obligada y conveniente. El mundo no puede destilar espontáneamente ternura porque está muy ocupado en recitar cada dos por tres una oda estridente a la dicha y hacerla viral con codicia, con gula, con lujuria. Y justamente en ese mero acto consiste propiamente la dicha más que en experimentarla con profundidad y arraigo.
En junio pasado se celebró en Lenox, Massachusetts, una cumbre mundial sobre Edith Wharton, una de las grandes escritoras de la época moderna. Me hubiera gustado ir, pero no pude.
Lo que en estos momentos se llama erróneamente Guerra de Irán es un choque más de los que componen un conflicto de intensidad variable y que dura más de 40 años (desde 1979). Es un ejemplo de la tendencia de los EE. UU. a complicarse en Oriente Medio y el Golfo Pérsico, sin desearlo al inicio, después de que Inglaterra abandonase por agotamiento imperial sus posiciones en la zona (Palestina e Irán). Unas veces lo hacen los propios EE. UU. de forma directa y, en otras ocasiones, a través de su principal aliado en la zona, Israel.
La batalla entre don Quijote y los molinos de viento es quizás uno de los momentos más emblemáticos de la literatura universal, un símbolo inquebrantable de la lucha entre la idealización y la realidad, entre el deseo de trascendencia y la cruel constancia de la nada. Cervantes, en su Don Quijote de la Mancha, no solo nos narra la historia de un caballero idealista que lucha contra gigantes imaginarios, sino que, a través de este acto, nos enfrenta a las estructuras más profundas del ser humano: nuestra constante búsqueda de sentido y la desilusión que esta conlleva. Esta batalla se desarrolla, como no podía ser de otra manera, en las cumbres borrascosas de la locura, donde la razón se encuentra con el abismo del vacío y la búsqueda de propósito se enfrenta a la nada.
FIRMA INVITADA
Por Eva Losada Casanova
Cuando hablo de la intencionalidad de la escritura, mi memoria regresa una y otra vez, como niño hambriento, a uno de los grandes personajes del escritor madrileño Luis Landero. Recuerdo como, a lo largo de la lectura de El guitarrista, este personaje se pasea por los rincones de su vida exclamando a los cuatro vientos que está escribiendo una novela, lo hace con una mezcla de altanería y desasosiego. ¡La novela del eterno novelista! Aquella que no solo nunca se acaba sino que comienza cien veces, quizá mil. La edad temprana es ese campo de cultivo en el que la romántica idea de ser escritores va y viene como una cometa. Colorida y libre. Queda muy bien hacer volar nuestra cometa mientras compartimos unas tapas en un bar o bajo un hipnótico y peligroso cielo estrellado. El problema es que llega un momento en el que ese trozo de tela se hace pequeño en un cielo limpio y azul o bien cae en picado y descompuesto a nuestros pies.
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Megan Markle y Harry vuelven al redil. Fuera de Buckingham Palace hace mucho frío. La última intentona de supervivencia en el exilio fue una serie para Netflix “With Love Meghan”: temas de cocina, moda, belleza y gilipolleces varias.
Cada semana hojeo el “Hola”, la revista más audaz para el lector más inteligente. Y descubro que detrás de su lenguaje frívolo, ñoño y clasista se oculta un mensaje críptico. Es como la piedra Rosetta, la clave que descifra los jeroglíficos egipcios.
Séanos disculpado volver sobre un concepto lezamiano que ya hemos enunciado en estas mismas páginas; ni influencia, ni plagio, ni intertextualidad (pese a que las tres especies no faltan, sino que abundan): impregnación. El propio Lezama Lima lo manifiesta con meridiana claridad: “La impregnación, la conjugación (…) son formas de la creación más sutiles que los desarrollos causales. Además, continuar a ‘A’ no significa seguir a ‘A’, pues la historia de la sensibilidad y de la cultura es una mágica continuación y no un seguimiento” (“Asedio a Lezama Lima” en Diarios, Ediciones Unión, La Habana, 2010, p. 167).
Las calles, tanto en Francia como en España, están que arden. Nos recuerdan al mayo del 68 parisino. La primera columna que publicamos a Gustavo Gac-Artigas hace ya varios años trataba sobre mayo del 68. Y está escrita en un estilo novedoso que ha ido perfeccionando estos últimos años y que hace poco se le ocurrió nombrar como "croniverso" que definió como "escritura de la permanencia que nace donde la crónica concluye su relato y comienza la poesía. Su territorio no son los hechos, sino aquello que les sobrevive. Es el lugar donde el dramaturgo, el narrador, el viajero, el testigo y el poeta escriben al mismo tiempo. En él, la experiencia abandona la cronología, la crónica abandona la obligación de contar y el verso abandona la obligación de ser solamente verso.
Su pregunta esencial es: ¿qué permanece de lo ocurrido cuando los hechos ya han dejado de existir?"
Debería tomarme 5 días para reflexionar si me compensa discrepar de la mayoría social. Aunque no sé si es más peligroso reflexionar que discrepar.
La IA se ha convertido en el quinto jinete del Apocalipsis. La que nació para ayudar a los humanos, ha dado paso a un riesgo cada día más presente en nuestras vidas. El escritor y dramaturgo chileno Gustavo Gac-Artigas tiene una visión nueva sobre este fenómeno.
Al ahogado lo llevaron a la tierra. Al herido lo llevaron al cielo. No sabía llorar. Al moribundo dudaron entre la ceniza y el hielo. Y al final se lo dejaron olvidado. A los recién nacidos les brillaba la piel en los hospitales como neones de la calle. Los suicidas aumentaron. Todo el mundo calla.
FIRMA INVITADA
Por Margarita Melgar, autora de "El verano de nunca acabar"
A la gente le extraña muchísimo que Margarita Melgar seamos dos (Ana Sanz-Magallón y Montse Ganges), y que escribamos novelas. También escribimos guiones, pero esto no sorprende tanto: como espectadores ya sabemos que las películas son cosa de muchos. Pero como lectores, seguimos esperando que el autor sea esa Sherezade que se sienta a nuestro lado para susurrarnos solo a nosotros una historia, así que una novela escrita a cuatro manos suscita más preguntas. Por lo menos dos: cómo y por qué.
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