FIRMA INVITADA

Recordando a María Moliner en el 40 aniversario de su muerte

María Moliner (Foto: Archivo).
María Viedma | Miércoles 20 de enero de 2021
María Moliner -para decirlo del modo más corto- hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Se llama Diccionario de uso del español, tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total, que pesan tres kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y -a mi juicio- más de dos veces mejor.


El texto pertenece al sentido obituario que en 1981 Gabriel García Márquez dedicó a la lexicógrafa María Moliner (Paniza, Zaragoza 30 de marzo de 1900 - Madrid 21 de enero de 1981) en el diario el País. Se cumplen hoy 40 años de su partida en cuerpo y mente del mundo, víctima de arterioesclerosis cerebral.

Su viaje hacia la nada comenzó siete años antes de la fecha de su defunción: la tarde de 1974 en la que se desvaneció y recobró el sentido al día siguiente. Lo que vino después fue la disolución, como un azucarillo en el té, de sus facultades cognitivas. El punto de progresión de aquel deterioro irreversible fue el fallecimiento -ese mismo año- de su esposo, el catedrático de Física Fernando Ramón Ferrando, uno de los introductores de la Teoría de la Relatividad en España. “En 1974 muere su marido, mi padre, y a partir de ahí echa el cierre, no hay manera de hablar de nada con ella”, declaró Pedro, uno de los cuatro hijos del matrimonio, que subrayó además, la fatalidad de que Moliner perdiera sus capacidades mentales justo cuando volvía a ser una figura pública (ya lo había sido durante la República y la Guerra Civil), con su candidatura en 1972 a la Real Academia de la Lengua Española, el reino secular de los varones del idioma.

Pedro Laín Entralgo, Rafael Lapesa y Carlos Martínez Campos, duque de la Torre, la propusieron, sin éxito, para el sillón B. Aunque los contrincantes de Moliner eran especialistas muy meritorios, la realidad es que a ella -víctima de su tiempo y de la condición humana- se la excluyó por su intrusismo tanto de sexo (la Academia había rechazado antes a Gertrudis Gómez de Avellaneda, a Emilia Pardo Bazán y a Concha Espina) como de profesión: Moliner no era filóloga y sin embargo había escrito -al margen de los cánones oficiales- un diccionario que cuestionaba y superaba al de la RAE (“El diccionario de la Academia es el de la autoridad. En el mío no se ha tenido demasiado en cuenta la autoridad”). ¿Iban los académicos -ancianos en su mayoría- a permitir que una simple bibliotecaria se les subiera a las barbas? Ahórrese la respuesta.

“Me habría gustado ser académica”, confesó Moliner a su hija Carmen, y también que la desilusión le duró poco, pues enseguida la metamorfoseó en alivio. De un lado el marido estaba ciego. De otro, ella, enferma; “no habría podido cumplir mis obligaciones”, (se) dijo. Tenía tan alto sentido del deber que no aceptó el ofrecimiento de Laín, Lapesa y el duque de la Torre de presentar nuevamente su candidatura. Fue así -producto de la fatalidad y del sexismo de los tiempos- que la autora del DUE, se quedó sin sillón y sin “limpiar” ni “fijar” el idioma. Lo que no pudieron impedirle fue que le diera esplendor… y … vida y… sentido, porque El DUE no resultó ser un sepulcro de palabras ni -como el DRAE- un bucle de definiciones tautológicas, sino una herramienta para ejercientes del idioma: bienhablantes, escritores y estudiantes de español, arribados al nivel de competencia en el que les conviene sustituir el diccionario bilingüe por uno nativo, uno precisamente como el Moliner, útil no solo para descifrar enunciados (carácter semasiológico), también para cifrarlos y construirlos (carácter onomasiológico). ¿Por qué? Porque nos pone en la mano todos los recursos del español para nombrar y expresar; porque nos ofrece soluciones a dudas sobre la legitimidad o ilegitimidad de algunas construcciones verbales; porque establece correlaciones etimológicas e ideológicas y definiciones válidas -operativas y no autorreferenciales- de palabras.

Solo con ojear sus volúmenes se adivina que es un trabajo hercúleo. En su hechura, Moliner empleó hectómetros de fichas y quince años de tenacidad prodigiosa. La impulsaba, según su hija, “el deseo de ordenar el mundo a través de las palabras”. También el hastío de saberse intelectualmente desaprovechada. Antes del triunfo de los sublevados, Moliner -funcionaria por oposición al Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos- había sido la primera mujer en ser profesora en la universidad de Murcia; directora de la Biblioteca de la Universidad de Valencia; cofundadora de la escuela Cossío; figura clave en la impulsión de las Bibliotecas Populares y de las Misiones Pedagógicas; había diseñado el Plan de Bibliotecas del Estado y coordinado la Junta de Adquisición de Libros e Intercambio Internacional, responsable, pues, de dar a conocer en el extranjero a Machado y a Hernández, entre otros. Pero el franquismo, a pesar de que jamás perteneció a ningún partido ni sindicato, la hizo descender dieciocho peldaños en el escalafón, para trabajar opaca y desaladamente en la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Madrid. Allí se la trataba con desdén: “la roja esa”, decían. Era 1952 y -oportunamente- su hijo Pedro le regaló el Learner’s Dictionary of Current English. Lo vio claro: su inteligencia aún podía resultar socialmente útil.

Se preguntará de dónde pudo nacerle semejante optimismo. Se necesita mucha tenacidad para, durante tres lustros, dedicar a un diccionario diez horas diarias de trabajo, más allá de una jornada de cinco en la biblioteca. La fuerza le manaba del mismo lugar del que, siendo adolescente, le brotó empuje para sobreponerse a un destino previsible de pobreza: cuando tenía trece años, su padre -médico en la Marina- “se marchó a por tabaco” a América. No le quedó otra que ayudar a una madre enferma del corazón -y descorazonada- a criar a sus hermanos. María Moliner -que siempre decía a sus hijos que “lo mejor que puede hacerse con los recuerdos es quemarlos”- se olvidó en aquellos años de que era apenas una niña, y usó el fuego de su inteligencia y su edad para traer dinero a casa. Infatigable, impartió clases particulares de latín a niños y mayores. Como si de una adulta se tratara, suplió con esfuerzo y disciplina la ausencia del padre fugado. Luego estudió Historia en la universidad de Zaragoza (premio extraordinario de licenciatura) y aun le quedó tiempo para colaborar entre 1917 y 1921 con el Estudio de Filología de Aragón en la confección del Diccionario Aragonés.

Su vida dio para una obra de teatro “El diccionario” escrita y dirigida por Manuel Calzada, estrenada en 2014 y ganadora de los premios ACE 2015 y 2016. Si en España tuviésemos algo más de amor a lo nuestro, se haría un largometraje sobre María Moliner. Recientemente, Mel Gibson ha dirigido y protagonizado -The Professor and the Madman, en español, ‘Entre la razón y la locura’- sobre la creación del clásico diccionario Oxford, y sus autores, el intelectual James Murray y su colaborador, el convicto William Chester Minor. La película demuestra que, contra todo pronóstico, la narración cinematográfica del proceso de construcción de un diccionario puede ser emocionante en extremo. La del diccionario María Moliner también podría serlo, con tal de que estuviera bien contada y nuestros actores nos sorprendieran con una buena dicción.

Hay consenso en que nuestra lexicógrafa y “académica sin sillón” fue una mujer humilde (“una señora recoleta”, decía de sí misma), a pesar de su inteligencia y voluntad excepcionales, dos resortes que, incluso en la adversidad, la empujaron hacia adelante, hasta que una enfermedad atroz la abismó en el olvido interior de un cerebro lesionado, y el mundo que tan minuciosamente había ordenado a través de las palabras, se le desmoronó como los restos de una casa incendiada. Pone los vellos de punta su frase recurrente: “Lo mejor que puede hacerse con los recuerdos es quemarlos”. Por eso prefiero recordarla a través de otra frase suya que me la evoca laboriosa y afanada: “Si no me muriera, seguiría siempre, siempre, haciendo adicciones al diccionario”.

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