FIRMA INVITADA

Recordando a Harper Lee en el quinto aniversario de su muerte

Harper Lee (Foto: Archivo).

Los ruiseñores solo se dedican a cantar para alegrarnos. No estropean los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen más que derramar su corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar a un ruiseñor

María Viedma | Jueves 18 de febrero de 2021

Se cumplen cinco años del fallecimiento de Nelle Harper Lee (Monroeville, Alabama 28 de abril de 1926 - Monroeville, Alabama 19 de Febrero de 2016). Sin embargo, su voz se apagó mucho antes de morir. Fue en 1961, cuando Matar a un ruiseñor, su primera y única novela ganó el premio Pulitzer. ¿Qué acalla la voz de un autor?, ¿qué la hunde en el silencio? En ocasiones, lo que la sepulta es el fracaso. A Herman Melville le costó la alegría y las ganas de escribir que la crítica calificara Moby Dick de novela extravagante e ilegible. Tanto sufrió por el desprecio de sus contemporáneos hacia su trabajo, que más de un siglo después, un conmovido Ray Bradbury “se transportó” en una máquina del tiempo hasta su lecho de muerte para consolarle y anunciarle una vida eterna en manos de los lectores del futuro. El cuento se llamaba “Los últimos sacramentos” y era una especie de redención premortem a sus autores preferidos.



En las antípodas del fracaso como causa del mutismo literario, se sitúa el éxito…“Ten cuidado con lo que deseas, puede convertirse en realidad”, sentenció Oscar Wilde, un grandísimo escritor que paladeó la gloria y que murió cubierto de oprobio a causa de los prejuicios homófobos de su tiempo. Él no calló, a él lo callaron (cruelmente), que es distinto, pero destaco su agorera advertencia por lo que de precognición maldita contiene…el éxito puede ahogar a un escritor, sobre todo si es debutante, en la afasia más absoluta. Existen novelas luminosas que irrumpen en la literatura y acobardan incluso a sus propios autores, obras tempranas, pero tan geniales que los amordazan para el resto de sus días y no les permiten seguir escribiendo, como mucho una pieza o dos y luego… luego, nada. Nada fue, justamente, el título de la novela de una gran autora -Carmen Laforet- que con 23 años conquistó el premio Nadal y poco después el Fastenraht, en 1949. La canibalizó su propio éxito, se autodiagnosticó “grafofobia” y nunca volvió a escribir.

A Harper Lee le sucedió otro tanto, con la dolorosa añadidura de que desde la adolescencia había querido ser la Jane Austen del sur de Alabama, y ya “talludita” con 34 abriles a la espalda y alguna cana en su corto cabello, publicó su primera y única novela, Podría, seguramente, haber llegado a ser esa escritora descomunal que llevaba dentro y que derramó espléndida en Matar a un ruiseñor, si no fuera porque el éxito grandioso (30 millones de ejemplares vendidos y una oscarizada adaptación al cine ) la sobrepasó, la paralizó de miedo y la convenció de que no podría escribir nada mejor. Intuyo que temió no ser capaz de igualar lo ya logrado, que la aterrorizó la posibilidad de escribir por debajo de su potencial, de caer en el saco manido de lo mediocre. No crean que se conformó y no lo intentó.Trató sin resultado durante varios años de sacar adelante una novela de no ficción, ese género que había cultivado su amigo Truman Capote (al que asistió durante toda la investigación de A sangre fría) y que hoy, entre otros, cultivan con éxito Emmanuel Carrère (El adversario, Limónov…) en Francia, o Javier Cercas (El impostor, Anatomía de un instante…) en España. Harper Lee quiso escribir sobre un predicador que asesinó a cinco personas para cobrar su seguro de vida y luego murió a manos de un familiar de una de las víctimas. No pudo ser… el miedo y las dudas se impusieron y dejaron fenecer de hambre a su ruiseñor. Pasó el resto de la vida escondida del gran público. Desde 1964 no concedía entrevistas.

Déjeme que repase con usted la génesis de Matar a un ruiseñor: a finales de los cincuenta del siglo pasado, Harper Lee le presentó a su editora un borrador…un texto en el que el noble abogado Atticus Finch era un anciano oscuro y amargo, y la adorable Scout no era una chiquilla asilvestrada, sino una mujer en la treintena (por si no lo ha adivinado, la editorial Harper Collins reeditó ese texto en 2015 con el título de Ve y pon un centinela). “Es un diamante en bruto”, le comunicó su agente y la instó a pulirlo y reescribirlo desde los ojos y el palpitar de una cría de seis años. Harper Lee trabajó sin denuedo y construyó una obra capital. Seguir aquel consejo valió, como sabemos, su esfuerzo en oro y en crítica porque, además del Pulitzer, el Library Journal aseguró que era la mejor novela del siglo XX. Como guinda a tanto reconocimiento, Robert Mulligan rodó en 1962 una fantástica adaptación al cine y Gregory Peck -que ganó el óscar al mejor actor- dio vida a un impecable Atticus.

Voy a confiarle un secreto a voces: la clave del éxito de la novela (y de la película) Matar a un ruiseñor se encuentra en el “centinela”. ¿No me cree? Sí, en el centinela…en el suyo, en el mío, en el de su vecino y en el de la señora de la esquina. Ese centinela no es otro que la conciencia de cada uno de nosotros -nuestra conciencia individual- tema que atraviesa esta maravillosa novela, deliciosa en fondo y forma. Para poder vivir con otras personas tengo que poder vivir conmigo mismo. La única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la conciencia de uno. La conciencia es la lucidez que nos permite enfrentarnos a un entorno obstinadamente ciego. Y ciega y obstinada era la sociedad racista que Harper Lee, nos puso delante de los ojos a través de la mirada inocente de Scout Finch.

Harper Lee negó que Matar a un ruiseñor fuera una pieza autobiográfica y yo lo creo a pies juntillas, por mucho que esté inspirada en un conflicto racista acontecido en Scottsboro durante su niñez, o por mucho que uno de los personajes contenga retazos de la vida de su amigo de infancia Truman Capote (en esto, Capote -que era menos humilde- hizo mayor hincapié que Lee). Verá, el mal escritor siempre habla de sí mismo, martiriza a los demás con el relato de su vida, sus andanzas, sus frustraciones, sus heridas mal curadas. Concibe la literatura como una terapia (con la indecencia añadida de que hace pagar al lector por servirle de terapeuta en diferido). En cambio, el buen escritor habla siempre de los demás aunque hable de sí mismo. Escribir es explicar (se) el mundo y Harper Lee nos explicó la disfuncionalidad de una sociedad -la de los años treinta y cuarenta en Estados Unidos- trufada de violencia racista, de mutua desconfianza visceral y de irracionalidad extrema. El padre de la protagonista, el abogado Aticcus Finch (un trasunto del de la autora, también jurista) se enfrenta al rechazo y a la incomprensión de las gentes de su pueblo por asumir la defensa de un hombre negro acusado falsamente de violar a una mujer blanca. Atticus es un héroe que movido por su sentido del deber, elige defenderlo, aun a sabiendas de que no podrá ganar. Es, además, una suerte de Sócrates que mantiene con sus hijos Scout y Jem, diálogos éticamente tan provechosos que durante décadas hicieron de Matar a un ruiseñor material de lectura en las escuelas secundarias, hasta que la miopía de la corrección política, llevada a sus más altas cumbres de la estulticia tiquismiquis, decidió que era inadecuado el modo en que algunos personajes hablaban de los negros (lenguaje, por cierto, revelador de la disfuncionalidad de la sociedad racista de entonces), y que la novela era un ejercicio de condescendencia porque presentaba al blanco como salvador del negro. ¡Ja! ¿No le parece a usted que habría sido un ejercicio de inverosimilitud presentar a un abogado “afrodescendiente” o “de color” (permítame la ironía) en una pequeña localidad sureña en los años treinta? La pregunta se la formulo a usted y no a Netflix, ni a los creadores de la serie Los Bridgerton, ni a los amantes de las anacronías modelizadoras. Lo que Harper Lee pretendió y logró con su preciosa novela (pero lacerante en algunas escenas) fue despertar a nuestro centinela interior, abrirle los ojos, ponerlo en alerta. Y fue por esa importante contribución a la convivencia interracial por lo que en 2005 le fue otorgada la medalla presidencial de las libertades. ¿Puede una novela cambiar el mundo? Si puede, puede incluso mejorarlo.

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