Hoy España se suma a la nómina de países -como Australia, Francia o Dinamarca- que trabajan en la implementación de prohibiciones de acceso a las redes sociales a distintas edades, estableciendo controles a favor de una dudosa mayoría de edad digital, a los dieciséis años.
¿La acreditan sus padres? Esa es la pregunta clave. Pero sigamos adelante. Las propuestas, ¿son realmente efectivas o no pasan de declarativas? Hace un par de años, también en nuestro país, se planteó crear un carnet de identidad digital, por medio de una aplicación en línea. Resultado: no salió adelante “por problemas técnicos”. Los mismos que siguen vigentes. Solución: responsabilizar a las redes de las infracciones que puedan cometerse dentro de ellas, como la de no verificar la edad de sus usuarios. Todo ello mientras la IA se va convirtiendo en un arma de desinformación masiva, para niños y adultos, en medio de la euforia universal.
Más allá de cualquier regulación necesaria, la tentación de prohibir siempre genera daños colaterales. Lo prohibido, a cualquier edad, atrae cien veces más que lo tolerado. En esos hogares donde los padres ayudan a sus hijos de siete o nueve años a crear sus propios perfiles en redes, ¿cuánto tardarán esos niños en descubrir las delicias clandestinas de la Deep Web?
La primera línea de defensa frente al visionado de contenidos inapropiados en redes no está en los algoritmos ni en los cortafuegos. Se construye desde esa palabra hoy tan desvirtuada: educación. Mental, emocional, social. Justo eso de lo que carecen no pocos padres y educadores a cargo de la última generación. Si papá y mamá se comportan como niños descerebrados, ¿de qué otro modelo dispone el niño, salvo el suyo, para gestionar sus contradicciones?
Más de doce millones de españoles acceden cada mes a webs de contenido pornográfico. Entre ellos, un millón de menores. Ya ven -enhorabuena-, los mayores les estamos ganando.