Una hija en Tokyo (en francés Une part manquante), film de 2024 del director Guillaume Senez, que llega a la cartelera española el 20 de marzo, después de cierto recorrido por festivales de cine internacionales. Se trata de una producción franco-belga-japonesa.
Jérôme da Costa, al que todos familiarmente llaman Jay, es un francés afincado en Japón. Tras un matrimonio mixto fracasado con una japonesa, pierde la custodia de su hija Lily, y por las desavenencias con la madre la posibilidad legal de tener contacto con la hija. En un momento de su vida, Jay, con una prometedora carrera de cocinero, cambia de profesión y se convierte en taxista, con la esperanza de reencontrarse con su hija.
La historia se despliega como un delicado papel de origami, donde cada pliegue revela una nueva faceta de la difícil vida de Jay. Conoce a Jessica, también francesa, que lucha por la custodia de su hijo. Ella se convierte en un reflejo de sus problemas pasados. A través de su sincera desesperación, podemos ver que Jay ya ha pasado por el sistema que borra deliberadamente los lazos parentales, especialmente para los padres extranjeros.
Interpretación unánimemente alabada de Roman Duris, que nos hace empatizar con la injusticia de la situación que sufre su personaje, Jay, y, de alguna manera también, apoyar su determinación para revertir la situación. Jay no es un santo, intuimos que lleva una mochila llena de pedruscos negros. Por otro lado, aparece otro personaje espejo de Jay, Jessica, (interpretado por Judith Chemla), una madre recién separada que intenta ver a su hijo, otro tipo humano imperfecto. La actriz Judith Chemla es, por otro lado, autora de un libro, Notre silence nous a laissées seules, un trabajo sobre la violencia conyugal que padeció. Mei Cirne-Masuki completa el elenco protagonista, la jovencísima actriz que da vida a Lily, la hija de Jay, una adolescente mestiza en una sociedad racista.
Comenta Guillaume Senez que estando en Tokyo para presentar Nos batailles, producción de 2018, traducida aquí como Nuestras pequeñas batallas, tuvo la oportunidad de conocer el drama de algunos expatriados franceses: hasta hace poco en Japón, en caso de separación, la custodia de los hijos se asigna a uno solo de los progenitores, tanto si se trata de parejas japonesas o mixtas. Una nueva ley abrió la puerta a la custodia compartida, pero solo a partir del momento de la promulgación de la nueva ley, con lo que miles de niños son privados de alguno de sus progenitores en Japón. A partir de los testimonios de varias personas, el equipo de la película fue armando una historia propia, que a su vez enlaza con Nos batailles, otra historia de Guillaume Senez sobre paternidades, también protagonizada por Roman Duris.
El film muestra un Japón ordinario, con alguna peculiaridad nipona, como un reeast room, aunque básicamente vemos el espacio íntimo en el habitáculo del taxi, en contraste con la megalópolis de Tokyo, que luce espectacular por la noche. La música de Olivier Marguerit hace respirar el film, que puede resultar aclaparador en algunos momentos.
Es una producción cuidadosa con los detalles, por ejemplo, Roman Duris, que no habla japonés, aprendió sus líneas fonéticamente, pero resultó que el personaje gastaba un nivel de lengua demasiado formal y correcto. Rehicieron el diálogo introduciendo las clásicas incongruencias de los no nativos al hablar japonés.
Acabemos con una curiosidad: confiesa Senez que un referente del film fue Samouraï (1967), película de Jean-Pierre Melville, protagonizada por Alain Delon, y traducida aquí como El silencio de un hombre. Los aprietos de un asesino no guardan mucha relación temática con la película de Senez, pero a partir de este referente se construyeron las idas y venidas del Jay en su taxi.
Entrevista al director: