Pocos lugares han dado tanto juego a la novela del siglo XIX como una sala con tapete verde. Allí cabían el aristócrata arruinado, el oficial ambicioso, la viuda que observa desde una esquina y el croupier que anuncia el número con la misma voz para todos. Balzac, Pushkin y, ya en el siglo XX, Stefan Zweig entendieron que bastaba con sentar a un personaje frente a una ruleta o una baraja para que la historia echara a andar.
El interés no ha decaído. Las editoriales siguen reeditando estos títulos en colecciones de bolsillo y la ruleta, el juego que más veces aparece en sus páginas, mantiene una presencia constante tanto en las salas físicas como en las plataformas online. Repasar esas escenas es también una forma de recorrer cómo cambiaron los lugares donde se jugaba.
La piel de zapa (1831) empieza en una casa de juego del Palais-Royal de París. Un joven, Raphaël de Valentin, entra a finales de octubre de 1830, deja su sombrero en la entrada, como exigía la costumbre, y se juega su última moneda de oro en la ruleta. La pierde. Esa escena de apenas unas páginas pone en marcha toda la novela: al salir, el protagonista vaga por la ciudad hasta llegar a la tienda de antigüedades donde encontrará la piel mágica que da título al libro.
Balzac describía un mundo que estaba a punto de desaparecer. A finales de 1837, Francia cerró las casas de juego públicas de París, y los jugadores tuvieron que buscar mesas al otro lado de la frontera, en los balnearios alemanes que empezaban a convertirse en destino de moda.
En uno de esos balnearios, Bad Homburg, los hermanos François y Louis Blanc introdujeron en 1843, según la versión más extendida, la ruleta con un solo cero. Las mesas parisinas de la época de Balzac usaban dos casillas verdes, el cero y el doble cero, y la nueva rueda reducía la ventaja de la casa. Era un argumento comercial para atraer visitantes y acabó convirtiéndose en el estándar europeo.
Esa ruleta de un solo cero es la que ha llegado hasta hoy, tanto en los casinos físicos como en operadores con licencia como Prime Casino España, donde conviven la ruleta europea y la francesa, esta última con su vocabulario heredado de los salones del siglo XIX. Términos como en prison o la partage siguen apareciendo en las reglas, casi dos siglos después de que Raphaël perdiera su moneda.
No todas las mesas literarias son de ruleta. En La dama de picas (1834), Pushkin, uno de los nombres que abren cualquier repaso a los grandes de la literatura rusa, ambienta la acción en partidas de faraón, un juego de naipes muy popular en el San Petersburgo de la época. Hermann, un joven oficial de ingenieros que nunca juega, queda atrapado por un secreto: la vieja condesa conocería tres cartas que ganan siempre.
El relato funciona como un mecanismo de relojería. El tres y el siete salen como estaba previsto; en la tercera noche, Hermann apuesta al as y, al levantar la carta, encuentra una dama de picas que parece guiñarle un ojo. Chaikovski convirtió la historia en ópera en 1890, y el final sigue siendo uno de los giros más citados de la narrativa rusa.
Cuando François Blanc abandonó Homburg, se instaló en Mónaco. Tomó las riendas del casino en 1863 y, tres años después, el barrio pasó a llamarse Montecarlo en honor al príncipe Carlos III. Medio siglo más tarde, ese casino era el escenario obligado de cualquier relato sobre la alta sociedad europea.
Antes de que Zweig llegara a Montecarlo, un novelista español ya había hecho del casino el centro de una novela. Vicente Blasco Ibáñez, que pasó largas temporadas en la Costa Azul, publicó en 1919 Los enemigos de la mujer, ambientada en el Principado durante la Primera Guerra Mundial. Sus protagonistas, un príncipe ruso y su círculo de amigos, se proclaman enemigos de la mujer y pasan los días entre la Villa Sirena y las salas de juego, como si la guerra que sacudía Europa ocurriera muy lejos de aquellas mesas. Blasco Ibáñez retrata el casino como una burbuja: un lugar donde el lujo y la ruleta siguen funcionando mientras el resto del continente se desmorona.
Ocho años más tarde, Stefan Zweig eligió ese mismo casino para Veinticuatro horas en la vida de una mujer (1927). La narradora, una dama inglesa ya mayor, recuerda el día en que, sentada en la sala de juego, se dedicaba a un pasatiempo singular: no miraba las caras de los jugadores, sino sus manos sobre el tapete. Así descubre a un joven cuyas manos delatan cada giro de la ruleta antes que cualquier gesto del rostro. Zweig construye la tensión del relato casi sin diálogo, solo con la descripción de unos dedos que se crispan, se relajan y vuelven a tensarse.
Cada giro de la rueda o cada carta que se levanta marca un compás. El escritor no necesita inventar el suspense: la propia mecánica del juego lo pone, y el lector sabe que en unos segundos habrá un resultado.
En la sala de juego coinciden personajes que en otro lugar no se cruzarían. Un príncipe y un estudiante sin un franco miran el mismo número. Para un novelista interesado en retratar una sociedad entera, pocos escenarios ofrecen tanto en tan poco espacio.
Lo que alguien hace cuando gana o pierde dice mucho de él. Dostoievski lo sabía bien: escribió El jugador en 1866, ambientado en una ciudad balneario imaginaria llamada Roulettenburg, dictándolo en apenas 26 días a la taquígrafa Anna Snítkina para cumplir un contrato con su editor, Fiódor Stellovski. La novela llegó a tiempo y aquella colaboración terminó en boda.
Las casas de juego del Palais-Royal desaparecieron hace casi dos siglos, Homburg es hoy una tranquila ciudad de Hesse y el casino de Montecarlo recibe tantos turistas que fotografían su fachada como jugadores. Las salas han cambiado, y buena parte del juego se ha trasladado a una pantalla, pero la escena que fascinó a estos autores sigue intacta: alguien espera, durante unos segundos, a que algo que no controla decida por él.
Quizá por eso estos libros se siguen leyendo. No hablan tanto de ruletas o de naipes como del instante previo al resultado, ese momento suspendido en el que cualquier historia todavía puede tomar otro rumbo. Es, en el fondo, lo mismo que busca cualquier lector al pasar la página.