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Isabel Allende presenta en Casa de América su novela “El amante japonés”

Isabel Allende y David Trías (Foto: Javier Oliaga).

“Yo no creo que la ficción tenga un fin didáctico”

Javier Velasco Oliaga | Miércoles 14 de octubre de 2015

Comenzamos a estar acostumbrados a que la realidad supere a la ficción y en esta novela hay mucho de eso. Si antes Isabel Allende era una de las máximas exponentes del realismo mágico, ahora se está convirtiendo en exponente del realismo cotidiano, que no deja de ser mágico, por otra parte. “El amante japonés”, su última novela, y ya van veintidós; está basada en una historia que le contó una amiga suya sobre lo que le sucedió a su madre de ochenta años de edad.



La madre vivía en el mismo edificio de la escritora y comenzó a espiarla de manera subrepticia. Esta señora de tan avanzada edad tenía un amante, japonés por más señas, catorce años menor que su amada con la que disfrutaba del sexo de manera apasionada. Esta historia es la que da pie a la novela, que es un alegato a favor del amor en edad avanzada, aunque ya sabemos que para el amor no existen edades ni condicionamientos. “El amor es siempre apasionado, aunque las personas mayores suelen ser más cautelosas con la edad”, dice en la presentación del libro, aunque ya se publicó en la pasada edición de la Feria del Libro de Madrid.

El amante japonés” transcurre en una conocida residencia para ancianos en la costa de San Francisco. Comenzó como una fundación que acogería a gente mayor y que cobraría según los ingresos de las personas. “En esta institución son todos demócratas y suelen salir a protestar contra la política del gobierno en sus sillas de ruedas o andadores”, describe la escritora chilena, afincada desde hace mucho tiempo en Estados Unidos.

“Para la novela no tuve que inventar nada. Sólo tuve que conversar con las personas que viven allí y, sobre todo, con las personas que trabajan y atienden en la fundación”, explica con su suave acento chicano. La novela va precisamente sobre el amor en la vejez y sobre una sociedad que cada día más desprecia a sus mayores y a las personas que ya no son productivas. “Aunque ahora está cambiando un poco porque la adolescencia se está prolongando hasta los 30 años y antes con 50 ya eras un viejo, mientras que ahora la vejez comienza cada vez más tarde, incluso hasta los 80 o más”, reflexiona con lucidez y agrega “ya no somos productivos como los jóvenes, pero hay que cambiar esa percepción, que nos tengan más respeto”.

Con el tiempo, su forma de escribir ha ido cambiando. “Ya no escribo con el estilo barroco y rebuscado de los sesenta o setenta. En la actualidad, mi literatura se ha hecho más concisa, quizá influida por la forma de escribir de los estadounidenses, con frases más cortas, menos adjetivos y un lenguaje más directo. La influencia de los medios audiovisuales hacen que los lectores vivan más de la imagen y les gusten menos las descripciones y más que ocurran muchas cosas”, analiza.

Si en un momento dado pensó en abandonar la literatura, ese pensamiento ha quedado atrás. “En parte gracias a mi agente, Carmen Balcells, que siempre fue más que una simple agente ya que me trató como mucho más que una agente”. Su recuerdo está en su memoria y más ahora que acaba de fallecer. Ahora está decidida a seguir escribiendo, algo que es para ella depurativo. “Mientras esté escribiendo, estoy bien. Si dejo de hacerlo, pienso demasiado y estoy peor”, confiesa y más ahora que acaba de separarse de su compañero de más de 24 años. “Ahora estoy libre y abierta a otra relación”, añade de forma coqueta e irónica.

Su idea sigue siendo escribir un libro por año, algo que inunda su domicilio durante ese tiempo. Si se le pregunta sobre cómo termina sus libros, reconoce que le cuesta muchísimo. “Una nunca termina de escribir un libro, te das por vencida”, recalca con énfasis. Cree que su estilo siempre estará en la novela, aunque libros autobiográficos como “Paula” puedan descubrir sus sentimientos. “No hay que tener miedo a contar nuestros secretos, más bien, a lo que no contamos, a lo que escondemos”, puntualiza.

“Yo no creo que la ficción tenga un fin didáctico”, afirma. Pero sí que al autor se le pueda entender ente líneas. “No tengo una intención activista. Procuro que en mi literatura no salga nada del trabajo que hago como activista, para eso tengo mi fundación”, reconoce.

Comparte con la protagonista de la novela el desprenderse de cosas valiosas del pasado. “Cuando tomé la decisión de desprenderme de las cosas superfluas de mi vida, ésta cambió de forma radical. Guardamos demasiadas cosas. La separación me hizo desprenderme de muchas de ellas y ahora me va mejor”, concluye. Ha dejado apartadas de su vida demasiadas cargas que le harán que se dedique a escribir con más fuerza y más pasión. Como está en plena forma, estamos seguros de que todavía tiene muchas cosas que contar y nosotros que leer.

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