FIRMA INVITADA

Breve historia de Fernando el Católico (Editorial Nowtilus. Madrid)

Fernando de Aragón y de Navarra e Isabel de Castilla y de León
José María Manuel García-Osuna Rodríguez | Sábado 18 de mayo de 2019

El presente libro, mi segundo libro (“BREVE HISTORIA DE FERNANDO EL CATÓLICO. Editorial Nowtilus. Madrid. 2013) trata de ser un acercamiento riguroso a la vida y a la obra de uno de los políticos hispanos más conspicuos de todos los tiempos, desde la crítica y el análisis de su devenir vivencial.



Tratando de romper los tópicos habituales sobre un monarca esencial para el futuro de las Españas. Se utilizan las fuentes de los cronistas de la época del soberano aragonés, que siempre tuvo claro como debería ser su acción política en relación con los mundos que le rodeaban.

Irá alternando su acercamiento a los estados europeos, en función de los intereses de sus territorios regios, León, Castilla, Aragón y Navarra. Aunque, no tuvo suerte en el intento de intitularse como rey de España o de las Españas, ya que no consiguió la unificación de todos los estados hispánicos al fallarle los planes de la incorporación portuguesa al global territorial, ya que la gran esperanza, como era el infante don Miguel de Portugal, morirá en su más tierna infancia.

Francia, Inglaterra, el Imperio, Flandes y Las Indias serán objeto de su atención. Luces muchas y sombras menos están contempladas en esta obra, en el que aparecen todos los nombres de los personajes más paradigmáticos de la época.

Al final, al rey Fernando V de León y de Castilla, II de Aragón y I de Navarra le quedará el sabor agridulce del fracaso, por los imponderables de la parca, que cortará los hilos de sus planes. “Rorate coeli desuper et nubes pluant justum; aperiatur terra et germinet salvatorem”.

Refiere Baltasar Gracián (1601-1658), en su obra “El político don Fernando el Católico”, que el rey Felipe II de las Españas [Valladolid, 21 de mayo de 1527-REY ESPAÑA, desde el 15 de enero de 1556, hasta, San Lorenzo de El Escorial, 13 de septiembre de 1598. REY DE PORTUGAL desde 1580. REY DE INGLATERRA E IRLANDA, iure uxoris, entre 1554 y 1558] contemplaba los retratos de su bisabuelo con gran respeto y cortesía, y comentaba que: “a este lo debemos todo”.

Durante los cuarenta años de duración del gobierno del rey Fernando II de Aragón, I de Navarra y V de León y de Castilla, su fuerte brazo y su preclara inteligencia habrían conquistado la Granada nazarí (2 de enero de 1492), el reino de Nápoles (1504), el reino de Navarra (1512) y el norte de África; se habrían descubierto las Indias Occidentales (12 de octubre de 1492); se habrían reorganizado y modernizado el Estado hispánico, el ejército, la burocracia y la hacienda pública; su política internacional y su diplomacia serían sobresalientes, consiguiendo concluir tratados y alianzas con la mayor parte de los Estados de la Europa Occidental.

Se va a derrotar y aislar a ese gran y ambicioso enemigo que era el reino de Francia. Se realizará una uniformización religiosa:

1) Al expulsar a los judíos (1492. Los conversos, de una importante brillantez intelectual, llenarán con magnificencia todos los campos culturales, políticos y sociales de las Españas).

2) Con la conversión forzosa de los mudéjares (Pragmática de 20 de julio de 1501) o musulmanes que vivían en los territorios de los cristianos.

3) Para terminar con el establecimiento del tétrico tribunal del Santo Oficio de la Inquisición.

La unión dinástica de los reinos de León y de Castilla con el de Aragón, será de la directa responsabilidad de Fernando el Católico. El resumen que se puede realizar es el siguiente:

a) Construcción de un Estado poderoso.

b) Reforzamiento del poder regio.

Y, c) Desarrollo de una política hegemónica hispana en Europa.

«Este rey era ome de mediana estatura, bien proporçionado en sus miembros, e en las façiones de su rostro bien compuesto, los ojos rientes, los cabellos prietos e llanos; ome bien conplisionado. Tenía la habla igual, ni presurosa ni mucho espaçiosa. Era de buen entendimiento, muy templado en su comer e beber, e en los movimientos de su persona, porque ni la ira ni el placer facían en él grand alteración. Cabalgaba muy bien a cavallo, en silla de la guisa e de la gineta; justaba, tirava lança e fazía todas las cosas que ome debe hazer, tan sueltamente e con tanta destreza, que ninguno en todos sus reynos lo fazía mejor. Era gran caçador de aves, ome de buen esfuerço, e gran trabajador en las guerras. De su natural condiçión era muy inclinado a hazer justicia, y tanbién era piadoso, e compadeçíase de los miserables que veía en alguna angustia. Tenía una graçia singular: que cualquier que con él hablase, luego le amava e deseaba servir, porque tenía la comunicación muy amigable. E era asimesmo remitido a consejo, en especial de la Reina su muger, porque conocía su gran sufiçiençia e discreçión (…) No podemos dezir que hera franco (…) E como quiera que amava mucho a la Reina su muger, pero dávase a otras mugeres» (H. de Pulgar. “Crónica de los Reyes Católicos”).

Su tenacidad y su constancia eran proverbiales y, siempre, dirigidas hacia un plan de gobierno sin fisuras:

«Para lograrlo hubo de sacrificar muchas cosas y desarrollar cualidades poco loables: fue un rey egoísta, como lo fueron los grandes monarcas de su tiempo; frugal hasta rayar en la cicatería; ingrato con algunos de sus más grandes colaboradores; circunspecto y poco dado a la franqueza» (J. Palao Gil.“Fernando el Católico”). Pero es obvio que, a este gran monarca, es más que necesario situarlo en el contexto espacio-temporal en que le va a tocar vivir, por ejemplo: la gobernación de los reinos de Castilla y de León corresponderá a la regia pareja, Isabel y Fernando o viceversa, y por igual, gracias a la afectiva y fluida relación que siempre mantuvieron.

Será tras la muerte de su esposa; la reina Isabel I la Católica [Madrigal de las Altas Torres, 22 de abril de 1451-REINA DE LEÓN Y DE CASTILLA, desde 1474. REINA DE ARAGÓN, desde 1479, HASTA, Medina del Campo, 26 de noviembre de 1504], de un carcinoma de cérvix uterino; cuando surge la figura prístina del monarca, con su estilo único y paradigmático de conducir los asuntos de sus Reinos-Estado: León, Castilla y Aragón.

Fernando el Católico [Sos, 10 de marzo de 1452. REY DE ARAGÓN desde 1479. REY DE LEÓN Y DE CASTILLA, entre 1474 y 1504. REY DE NAVARRA entre 1512 y 1515; HASTA, Madrigalejo, 23 de enero de 1516] fallecería en la misma época que el rey Enrique VII de Inglaterra [28 de enero de 1457-REY DE INGLATERRA E IRLANDA, desde el 22 de agosto de 1485, HASTA 21 de abril de 1509], del papa Julio II [216º Papa de los católicos. Cardenal Giuliano della Rovere. Habemus Papam, entre 1503 y 1513], de Luis XII de Francia [Luis de Orleans. Blois, 27 de junio de 1462-REY DE FRANCIA, desde 1498, hasta, París, 1 de enero de 1515. El Rey Araña] o del Gran Capitán [Gonzalo Fernández de Córdoba. 1453-1515].

Poco después lo harían el cardenal Cisneros [Francisco Jiménez de Cisneros. 3º Inquisidor de Castilla y de León. Cardenal-Arzobispo de Toledo] y el emperador Maximiliano I de Habsburgo [Wiener Neustadt, 22 de marzo de 1459-EMPERADOR DEL SACRO IMPERIO ROMANO Y GERMÁNICO, desde 1508, hasta, Wels, 12 de enero de 1519. Consuegro de Fernando el Católico].

La época que iba a dar comienzo sería convulsa al máximo, con las malhadadas guerras de religión como substrato básico, pero los actores serían muy diferentes: el emperador Carlos V [Gante, 24 de febrero de 1500-EMPERADOR DEL SACRO IMPERIO ROMANO Y GERMÁNICO, entre 1520, hasta Cuacos de Yuste, 21 de septiembre de 1558]; Francisco I de Francia [Cognac, 12 de septiembre de 1494-REY DE FRANCIA entre 25 de enero de 1515 y, Rambouillet, 31 de marzo de 1547]; Enrique VIII Tudor de Inglaterra [Placentia, 28 de junio de 1491-REY DE INGLATERRA E IRLANDA, desde 1509, hasta Whitehall, 28 de enero de 1547], Martín Lutero [1483-1546] y su reforma evangélica-protestante y el sultán otomano Solimán el Magnífico [Trebisonda, 6 de noviembre de 1494-SULTÁN DE LOS OTOMANOS, desde 1520, Hasta Szigetivár, 6 de septiembre de 1566]. Aquellos serán los protagonistas de la transición hacia los absolutismos del siglo XVI y XVII.

El príncipe del Renacimiento es aquel que trabaja por la unidad, el fortalecimiento y el dominio de su propio Estado, en lucha constante con los otros Estados y las fuerzas separatistas.

Para conseguir esos fines, el soberano reinante puede vulnerar principios morales, derechos preexistentes y compromisos contraídos, la suprema razón de su devenir es la RAZÓN DE ESTADO, para poder conservarla es válido todo procedimiento y todo se puede sacrificar.

Por todo ello Nicolás Maquiavelo (1469-1527) propuso a Fernando el Católico como el paradigma sobre el que sustentaba sus teorías políticas en “El Príncipe”: «Nada hace tan estimable a un príncipe como las grandes empresas y el ejemplo de raras virtudes. Prueba de ello es Fernando de Aragón, actual rey de España (de las Españas), a quien casi puede llamarse príncipe nuevo, pues de rey sin importancia se ha convertido en el primer monarca de la cristiandad. Sus obras, como puede comprobarlo quien las examine, son todas grandes, y algunas extraordinarias». Según Maquiavelo, el éxito de Fernando el Católico, reside en su constante actividad, «…porque siempre meditó y realizó hazañas extraordinarias que provocaron el constante estupor de los súbditos y mantuvieron su pensamiento ocupado por entero en el éxito de sus aventuras».

Fernando el Católico se adelantaba siempre a los planes de sus enemigos. Según Maquiavelo, a un príncipe moderno se le debería juzgar por su instinto para conservar y aumentar el poder, y el éxito obtenido con ello.

Fernando el Católico, en comparación con los otros monarcas contemporáneos, suele triunfar aún en las empresas más complicadas.

En las Españas va a conseguir conquistar el reino nazarí de Granada, por lo que si el infante Miguel de la Paz no hubiese fenecido, la unidad territorial de los cinco reinos hispánicos cristianos: León, Portugal, Navarra, Aragón y Castilla, hubiese sido un hecho.

También someterá a las islas Canarias (1496); pero su deseo de obtener el absolutismo político, como forma de gobernar, va a ser inextricable, sobre todo en los reinos de Castilla y de León:

  • Subordinando a la nobleza a su poder.
  • Restaurando la jurisdicción regia.
  • Y 3. Desarrollando una burocracia eficaz, tales como son: los diversos Consejos, la Cancillería, los Secretarios (uno de los más conocidos e inteligentes se llamaba Bargas, y cuando algún negocio político o social era de difícil comprensión o solución, el propio rey firmaba: “…esto averígüelo Bargas”), las Audiencias, los Corregidores, los Virreyes para Italia y para Las Indias Occidentales y, por fin, una legión de pesquisidores, visitadores e inspectores que informan al rey sobre cómo está funcionando su edificio político; se va a fortalecer la moneda, se protege el comercio de la lana y se adopta un cierto mercantilismo.
  • Nápoles se incorporará a la Corona de los reinos de Aragón. Se va a dominar militarmente a Italia. Su nieto, Carlos de Gante, será coronado emperador. Se consigue aislar al gran enemigo francés y se va a iniciar la expansión ultramarina hacia Las Indias Occidentales.

    Se crea un ejército potente, pero estable y permanente, conformado por unidades modernas y con gran capacidad de combate; la Hacienda regia se reestructurará para poder obtener unos ingresos suficientes con los que se pueda hacer frente a un gasto imparable.

    Pero, no obstante, al final, muchos de sus planes se van a desmoronar, a causa de que la naturaleza es cruel y se ensañará “eliminando, o matando, por medio de enfermedades” a muchos de los herederos al trono.

    Además los Consejos eran organismos lentos y muy burocratizados que hacían poco operativa la política regia de Fernando el Católico.

    Hubiese sido muy interesante abolir las aduanas entre los diferentes reinos peninsulares, sobre todo entre los de León y Castilla con Aragón, pero el rey prefirió hacer el máximo esfuerzo en pro de la Santa Inquisición, o por una errática evangelización de los mudéjares, además no se atacó a la línea de flotación del gran enemigo otomano.

    «Se ha discutido entre los historiadores si tenía el Rey Católico un plan preconcebido de consolidación y gobierno de la nueva monarquía hispánica. Sería un plan encaminado a cumplir con los fines que se reconocen en el Estado moderno: promulgar y aplicar el Derecho, ejercer la justicia real, mantener la paz, proteger el orden social, defender la religión y la fe…En pocas palabras, conseguir lo que por toda la sociedad es sentido como el bien común. Pero, más que un plan riguroso y una línea de acción política recta, lo que puede verse en Fernando de Aragón es una táctica encaminada a la consecución de esos fines. Toda actuación procura encaminarse hacia el reforzamiento del poder del rey y de su instrumento de gobierno, que es el Estado. La táctica es más flexible que el plan, y permite recuperarse de los contratiempos» (J. Palao Gil; Op. Cit.).

    Será el cronista Hernando de Pulgar, el que resaltará lo que antecede:

    «Ome era de verdad, como quiera que las neçesidades grandes en que le pusieron las guerras, le fazían algunas veces variar (…) Era asimismo ome que hera traído a hazer mudança de las cosas algunas vezes, más por suplicaciones e inportunidades de otros que por intereses ni voluntad suya».

    Es obvio que las muertes tanto del príncipe de Asturias, Juan (en 1497), y la posterior del infante Miguel de la Paz (1498-1500), fueron catastróficas para los planes de Fernando el Católico, aunque se encontró una solución alternativa, que estimo que no pudo ser la mejor, para los reinos de las Españas, como fue las sucesivas complicaciones bélicas para el mantenimiento de los intereses de los Habsburgo en Europa, lo que arruinó la economía y eliminó a los mejores de sus soldados.

    Entre los datos más modernizadores destacan: el sometimiento de la nobleza y la eliminación de cualquier tipo de privilegios que hiciesen de menos o afectasen, negativamente, al absolutismo regio, pero también existían los de procedencia del Medioevo, como serían: la obsesión por el dominio italiano, la idea de cruzada y la homónima imperial que va a enlazar a las Españas con los intereses, ya citados, de los Habsburgo o los Borgoñones, o utilizando las bodas de sus hijas (Isabel, Juana, María, Catalina…) para la diplomacia de la expansión política.

    Para todos sus cronistas (Hernando de Pulgar. Andrés Bernáldez. Marineo Sículo, Fernán Pérez del Pulgar, y Alonso de Santacruz, etc.) el olfato político de Fernando el Católico es genial, aunque su tenacidad le vendrá otorgada por la herencia paterna del rey Juan II de Aragón [Medina del Campo, 29 de junio de 1398-REY DE NAVARRA en 1425; y REY DE ARAGÓN desde 1458, Hasta, Barcelona, 20 de enero de 1479].

    Se casó en segundas nupcias con Germana de Foix [Foix, 1488-REINA DE ARAGÓN, entre 1505 y 1516. REINA DE NAVARRA entre 1513 y 1516. Pasaría a mejor vida, Liria, 15 de octubre de 1536. Su hijo se llamó Juan, 3 de mayo de 1509, y falleció a las pocas horas], quien era sobrina de Luis XII de Francia.

    Tuvo varias relaciones espurias y sus correspondientes hijos: Con Aldonza Ruiz de Ivorra (Alonso, abad de Montearagón y Juana María de Aragón). Con Toda Larrea (María Esperanza, abadesa de Nuestra Señora de Gracia el Real de Madrigal). Con Juana Pereira (María Blanca, abadesa de Nª Srª de Gracia el Real de Madrigal).

    Siempre aprenderá de unos y de otros, desde el conde de Prades hasta del Gran Capitán y, por supuesto, del cardenal Cisneros, pero no tendrá nunca favoritos, y solo entregará su confianza a la reina Isabel la Católica y viceversa.

    La soberana será esencial para él, estarán sólidamente unidos y sus desavenencias serán mínimas; la reina asumirá, con gran eficacia, el necesario protagonismo en las grandes empresas, tales como la del Descubrimiento Europeo de Las Indias Occidentales o la imprescindible reforma del clero hispano, y todo ello en medio de un mundo que es regido por y para los varones, pero Fernando el Católico no va a tener, nunca, ningún reparo en consultar a la reina en cuantas ocasiones lo necesitase.

    «Era, ansimesmo, remitido a consejo, en especial de la reina su muger, porque conocía su gran suficiencia. Conformáronse tanto que pareçían tener una voluntad que morava en dos cuerpos. Fue la mejor y más excelente mujer que nunca rey tuvo» (H. de Pulgar).

    El lema apócrifo de “Tanto monta, monta tanto, Fernando como Isabel” será una verdad axiomática hasta el año 1504.

    Cuando la reina Isabel la Católica pase a mejor vida, se va a desatar la caja de los truenos en los reinos de León y de Castilla, pero el rey va a domeñar el desaguisado político con su pulso firme, que se observará cuando estando en su lecho de muerte es capaz de concertar una alianza internacional por la que dejaba a su nieto Carlos presto para llegar, a posteriori, al trono imperial.

    En el año 1514, él mismo va a escribir sobre cómo autovaloraba la labor política que había realizado. «Ha más de setecientos años que nunca la Corona de España (las Españas) estuvo tan acrecentada ni tan grande como agora, así en Poniente como en Levante, y todo, después de Dios, por mi obra y trabajo». “Extra cultura nulla salus”.

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