FIRMA INVITADA

LA ESPERA

Alfred Döblin
Gastón Segura | Lunes 04 de mayo de 2020
Mientras escribo estas líneas presiento que cuantos hemos librado hasta ahora de la infección nos hallamos suspensos sobre una inquietante espera. La percibo en las conversaciones telefónicas con mis amistades; en todas se mencionan planes de futuro, pero azuzados por un oscuro desasosiego: el ansia por palpar cómo será la cotidianidad el día que se decrete eso que las autoridades llaman con el orwelliano título de “nueva normalidad”; que basta con pronunciarlo para que resulte del todo atemorizador.


Y, la verdad, no sé si es por este título de eco tan siniestro o por mis desvaríos, fruto de mi soledad irredenta y de mis fantasmas literarios, esa “nueva normalidad” se me aparece como algo semejante a la postguerra: en gris ratón y hasta con cartillas de racionamiento, y por supuesto, con colas; colas para todo, y no como las de ahora tan pulcras y respetuosas, con los aguardantes embozados tras profilácticas mascarillas y con guantes de usar y tirar en curiosos colores, que no hacen sino recordarme a los ratoncitos de Walt Disney, que no sé por qué demonios llevaban siempre guantes de primera comunión. No, las colas de mis figuraciones sobre la “nueva normalidad” son como esas apenas atisbadas en los reportajes sobre los campos de refugiados: colas de hombres suplicantes, doloridos y lastimeros. Naturalmente, estas visiones han fermentado sobre esos datos —provengan de fuentes oficiales, extraoficiales y hasta subversivas— que pronostican un súbito empobrecimiento de nuestras sociedades hasta incluso el colapso de algunas de ellas; en fin, una catástrofe mayúscula. Además, sin auxilio posible, porque se anuncia planetaria.

Será una época que, por edad y memoria —como la de tantos otros que conozco—, ya me resultará ajena. Y a este presentido extrañamiento generacional hacia ese porvenir y a causa del tiempo destructivo que despedimos ahora —la depauperadora Globalización, la crisis del 2008 con sus restricciones y este punto y final de la epidemia— intuyo que esa “nueva normalidad” se caracterizará por una general ausencia de nostalgia; he ahí lo trágico y desconsolado para quienes alcancemos a vivirla. Es más; mis meditaciones sobre ese tenebroso futuro, alguna que otra tarde, me han suscitado un trío de grandes novelas en las que percibí, capítulo a capítulo, una actitud existencial semejante —esa deshumanizada carencia de nostalgia— que atribuyen mis elucubraciones a la “nueva normalidad”; y estos relatos son Berlín Alexanderplatz (1929), de Alfred Döblin, Nos encontraremos en el infinito (1932) y El volcán (1939), ambas de Klaus Mann. Novelas que relatando un tiempo provisional y perverso, sin embargo, carecen de algo que sería natural en tal circunstancia: la nostalgia por su inmediato pasado; es decir, por el formidable Reich levantado por Bismarck.

Esta ausencia creo que es atribuible a que sus escritores habían vivido cómo ese imperio se consumía hasta los huesos durante la Gran Guerra, y en sus días posteriores, cómo sus restos ardían en una revolución efímera y, después, cómo sus cenizas se postraban en una inimaginable pobreza por aquella desbocada inflación. Por tanto, ¿cómo sentir nostalgia por tamaña calamidad, además tan contumaz y prolongada como para permear hasta el último rincón de la intimidad? En eso encuentran mis intuiciones cierta coincidencia con nuestro presente, en una progresiva mella de las esperanzas generales y, en consecuencia, su creciente desengaño; conclusión: una convivencia solo apta para rufianes y desquiciados.

Así es el Berlín, perentorio y perverso, donde transcurren estas tres novelas. Allí habitan los personajes del hijo mayor de Thomas Mann, apremiados por apurar su presente, postergando en su febrilidad cualquier sosiego e, incluso, cualquier atisbo de felicidad a un mañana imposible; como también es el territorio propicio para que tipos del jaez y las mañas patibularias de Franz Bieberkopf, el protagonista de Berlín Alexanderplatz, se valgan con holgura para encontrar su medro diario y hasta su porvenir, cuando se alisten en la aplastante reacción que emergerá para acabar con la desasosegada provisionalidad reinante y, en el mismo envite, con sus más luminosos hijastros: una cuenta interminable de artistas —músicos, arquitectos, pintores, cineastas…—, que, sobre cualquier otro grupo, en sus destierros posteriores darán forma y latido al resto del siglo Veinte.

En suma, que estas novelas forman un insoslayable retrato —con alguna más, como Mephisto (1936), también de Klaus Mann— de aquel Berlín, aun recordando que El volcán transcurre íntegra en París; ¿pero que hay en ella de París más allá de aquel grupo de exiliados, sonámbulos de su Berlín? En cuanto a la nostalgia, los personajes de El volcán solo la sienten por esta metrópoli que, paradójicamente, estaba inmunizada contra tan reconfortador sentimiento.

Y llegado a este punto, debo de reconocer que esta ensoñación sobre ese porvenir llamado “nueva normalidad”, ayudándome del cotejo de aquellas tres novelas berlinesas, no es sino una forma, por pesimista que se antoje, de evasión, porque mientras, a cada minuto que pasa, la epidemia sigue con su lúgubre cosecha: suman cientos al día, cientos, aunque las cifras, ordenadas asépticamente en una tabla o pronunciadas con su preciso guarismo, oculten el estremecedor y autoritario rictus de la muerte. Pero como siempre he sido muy torpe para las matemáticas, esas cifras se me tornan de súbito en cuerpos lívidos y exánimes. Y, de inmediato, me asalta la sentencia de los talmudistas: “quién salva una vida, salva el mundo”, que, ante el anuncio de los fallecidos diarios, no puedo sino invertir: “quién pierde una vida, pierde el mundo”. Entonces, solo encuentro una fuga: la espera de esa desabrida “nueva normalidad”.

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