FIRMA INVITADA

LAS PLUMAS DE LOS SOLDADOS ESPAÑOLES

Uniformes militares del ejército español en el siglo XVII. BNE
Luis Miguel Román Alhambra | Viernes 26 de junio de 2020

Cervantes fue soldado del ejército español. Se alista o sienta plaza en Italia en 1570, dejando la vida cómoda al servicio del cardenal Acquaviva. La participación en la batalla de Lepanto, el día 7 de octubre de 1571, “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”, fue para él un alto honor. Herido en ella, pasa unos meses en el hospital de Mesina donde se recupera junto con otros soldados “que han quedado mancos y maltratados de la batalla”. Uno de esos soldados heridos también se llama Miguel Cervantes, del que poco más sabemos. Después, su nombre se reconoce en las campañas militares de Navarino, Túnez y la Goleta, hasta que decide volver a España en 1575. Es apresada la galera en la que venía y llevado cautivo a Argel, donde pasará cinco largos años esperando su rescate.



En sus novelas irradia su amor por el servicio a las armas, lo que da a entender que su alistamiento y paso por el ejército fue por gusto y no por obligación. El ejercicio u oficio de las armas era uno de los tres que cualquier padre quería para sus hijos, según le decía el padre al capitán cautivo, uno de sus tres hijos:

“Hay un refrán en nuestra España, a mi parecer muy verdadero, como todos lo son, por ser sentencias breves sacadas de la luenga y discreta experiencia; y el que yo digo dice Iglesia o mar o casa Real,... Digo esto porque querría y es mi voluntad que uno de vosotros siguiese las letras, el otro la mercancía, y el otro sirviese al rey en la guerra, pues es dificultoso entrar a servirle en su casa; que ya que la guerra no dé muchas riquezas, suele dar mucho valor y mucha fama” (Q 1, 39).

Los orgullosos soldados españoles no escondían su profesión, al contrario, aún estando fuera de servicio mostraban con sus ropajes su condición de soldado, sargento, alférez o capitán. Estas ropas, aunque debían corresponderse con un mismo patrón, no eran del mismo tipo de tejido y color, y debían ser sufragadas por el propio soldado, o descontadas de su soldada. No es hasta 1660 cuando el ejército español unificó sus uniformes, distinguiéndose así unos Tercios de otros, y eran entregados en el momento de sentar la plaza.

Cervantes detalla en el Quijote la vida militar y también su indumentaria. Después de dejar la Cueva de Montesinos don Quijote, Sancho Panza y el primo alcanzan a un mancebito que iba a alistarse en una compañía de soldados. Este no iba por gusto, sino por necesidad, como mostraba en las seguidillas que cantaba: “A la guerra me lleva mi necesidad. Si tuviera dineros, no fuera, en verdad”. Viste con lo justo para el camino, reservando el resto de ropa para cuando asiente su plaza en la compañía:

“Llevaba la espada sobre el hombro, y en ella puesto un bulto o envoltorio, al parecer, de sus vestidos, que, al parecer, debían de ser los calzones o greguescos, y herreruelo, y alguna camisa, porque traía puesta una ropilla de terciopelo con algunas vislumbres de raso, y la camisa, de fuera; las medias eran de seda, y los zapatos, cuadrados, a uso de corte…

Señor —replicó el mancebo—, yo llevo en este envoltorio unos greguescos de terciopelo compañeros desta ropilla: si los gasto en el camino no me podré honrar con ellos en la ciudad, y no tengo con que comprar otros; y así por esto como por orearme voy desta manera hasta alcanzar unas compañías de infantería que no están doce leguas de aquí, donde asentaré mi plaza y no faltarán bagajes en que caminar de allí adelante hasta el embarcadero, que dicen ha de ser en Cartagena. Y más quiero tener por amo y por señor al Rey y servirle en la guerra que no a un pelón en la Corte” (Q2, 24).

Cuando pasaban los meses, y los años, los soldados iban comprando mejores ropas con las que vestir, siempre guardando las mejores en baúles o bolsos de cuero para cuando estaban en las villas y ciudades, creyéndose así comparables a los nobles. Ropas de buen tejido, botas grandes, cinturones del mejor guarnicionero, donde ajustar y mostrar la espada, y sombreros de ala rematados con exóticas plumas de vivos colores, provocaban la admiración y envidia en los muchachos, deseosos de poder alistarse y salir a conocer mundo, y también en las muchachas, deslumbradas por los brillos de las cadenas, hebillas y tachuelas, y el aire de las vistosas plumas.

Cervantes describe a un soldado, que se marchó de su pueblo con doce años a servir a un capitán que pasó por su pueblo con su compañía de soldados, una edad muy frecuente para ser paje o grumete, y que vuelve unos años después, ya como soldado veterano. El uso que hace de sus vestimentas, no pasa desapercibido en el relato:

“En esta sazón vino a nuestro pueblo un Vicente de la Rosa, hijo de un pobre labrador del mismo lugar, el cual Vicente venía de las Italias y de otras diversas partes de ser soldado. Llevole de nuestro lugar, siendo muchacho de hasta doce años, un capitán que con su compañía por allí acertó a pasar, y volvió el mozo de allí a otros doce vestido a la soldadesca, pintado con mil colores, lleno de mil dijes de cristal y sutiles cadenas de acero. Hoy se ponía una gala y mañana otra, pero todas sutiles, pintadas, de poco peso y menos tomo. La gente labradora, que de suyo es maliciosa, y dándole el ocio lugar es la misma malicia, lo notó, y contó punto por punto sus galas y preseas y halló que los vestidos eran tres, de diferentes colores, con sus ligas y medias; pero él hacía tantos guisados e invenciones dellas, que si no se los contaran hubiera quien jurara que había hecho muestra de más de diez pares de vestidos y de más de veinte plumajes” (Q1, 51).

Leandra, una moza del pueblo, cayó seducida en sus brazos y el final de la historia por todos es conocida: “al cabo de tres días hallaron a la antojadiza Leandra en una cueva de un monte, desnuda en camisa, sin muchos dineros y preciosísimas joyas que de su casa había sacado”.

Algo parecido pasó en el lugar de don Quijote, mientras amo y escudero deambulaban por tierras aragonesas. Entre otras cosas, esto le cuenta Teresa a Sancho, como respuesta a su carta, que el paje de la duquesa le había traído a casa: “Por aquí pasó una compañía de soldados; lleváronse de camino tres mozas deste pueblo; no te quiero decir quién son: quizá volverán y no faltará quien las tome por mujeres, con sus tachas buenas o malas” (Q2, 52).

Que una compañía de soldados pasara por una villa y se alojase en ella varios días, o semanas, era un problema social y económico para ella. Social porque la llegada de una cierta cantidad de hombres, a veces muy ociosos, sobresaltaban la vida diaria de la villa, y económico porque acarreaba un gasto enorme a las arcas del concejo, y más para los vecinos más humildes que tenían la obligación de hospedarlos en sus casas, según pragmáticas del rey. Y no eran pocos los hombres que integraban una compañía de soldados. Felipe II disponía que cada Tercio de su ejército se compusiese de 3000 soldados, divididos en diez compañías, al mando de un capitán cada una de ellas, un alférez y varios sargentos y cabos. Aunque este número fue menguando conforme avanzaba el siglo XVI, cuando Cervantes escribía el Quijote cada compañía estaba formada por no menos de cien soldados. Con este número, solo las villas medianas o grandes disponían de los recursos y podían asumir los gastos necesarios para su hospedaje y manutención, más cuando había muchos vecinos eximidos de la obligación de hospedar a los soldados, ¡vaya! que estos eran alojados en las casas de los más humildes y con menos recursos.

La imagen de Alcázar de San Juan es detallada en el Quijote como el lugar del Ingenioso Hidalgo en varias ocasiones, incluso Cervantes aprovecha un suceso que ocurre en esta villa manchega después de editar su primer Quijote para incluirlo sutilmente en el segundo de 1615: la visita de una compañía de soldados de no muy buen recuerdo en el pueblo. Y la utiliza en la carta de Teresa antes citada: “Por aquí pasó una compañía de soldados; lleváronse de camino tres mozas deste pueblo; no te quiero decir quién son: quizá volverán y no faltará quien las tome por mujeres, con sus tachas buenas o malas”.

En octubre de 1608 el escribano del ayuntamiento de Alcázar anota en el Libro de Actas y Acuerdos de la villa que:“ […] en veinticuatro días deste mes de octubre de mil seiscientos y ocho años se alojó en esta dicha villa la compañia de hombres de armas del señor marques de Cañete a quien alojaron vecinos de dicha villa”. Pasados más de quince días surgen los primeros problemas, ya que el alojamiento “fue en casas de vecinos de poca posibilidad y fuerzas porque los mas ricos hallaron estar libres de recibir huéspedes por mandato de Su Magestad, unos por hidalgos otros por salitreros…”. Los alcaldes y regidores acuerdan que “para aliviar mas el trabajo y costas a las personas en cuyas casas se alojan los dichos gentilhombres por cada dia se de a las casas un real para la costa del soldado”.

Pero el tiempo pasa y la compañía seguía en la villa. De nuevo se reúnen para tratar este asunto y toman la decisión de que lo mejor es abonar al capitán una cierta cantidad de dinero para que se marchen a otro lugar, como se dice por esta parte de la Mancha ¡con la música a otra parte! Y encargan el “despacho” de la compañía de soldados a los regidores Melchor de Agudo y Andrés de Valdivieso que pactan con don Francisco de Londuño, capitán de la compañía, su marcha de la villa por ¡veinte mil reales!

Lógicamente en las actas no aparece reflejado si surgió algún exceso de los soldados, aunque sí se anota el nombramiento de dos regidores para que estuviesen al tanto, sospechando que tal cantidad de hombres podrían dar alguno que otro suceso. La incomodidad del paso de la compañía de soldados por la villa queda de manifiesto en las actas del ayuntamiento, y explícitamente como se aprecia en el encabezamiento del acta del trece de noviembre de 1608 que dice: “Acuerdo de los regidores del ayuntamiento y alcaldes desta villa para echar della a los gentiles hombres de armas por convenir a los vecinos de esta villa y bien della”.

Oficialmente costó a la villa “echar della a los gentiles hombres de armas”, además de las costas pagadas a los vecinos, esos veinte mil reales anotados, pero quizá también alguna que otra moza de la villa enamorada por las graciosas plumas que los soldados aireaban por las calles y plazas de Alcázar. Una imagen en Alcázar de San Juan de finales de 1608 que queda irónicamente inmortalizada por Cervantes en el Quijote de 1615.

Luis Miguel Román Alhambra

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