FIRMA INVITADA

A vueltas con la autoficción

Santiago Velázquez (Foto: cedida por el autor).
Santiago Velázquez | Jueves 16 de julio de 2020

Me pregunta un lector, así como al desgaire, que si mi última novela publicada (Las fisuras, editorial Caligrama) es autoficción. Le miro con gesto contenido, sin saber muy bien qué responderle. Normal, pienso yo, hasta este lector que lee más bien poco, por no decir nada (un par de libros al año), ha oído hablar de la autoficción.



No me extraña. Las hordas de escritores que se han apuntado al carro han puesto el género en el centro del debate. Vamos, que es lo que se lleva ahora. Y es que la literatura, al igual que la ropa, no se sustrae a la dictadura de las modas. Quien no escribe autoficción hoy día es un marginado, un outsider, un don nadie. Quien no narra su vida con crudeza, poniendo nombre y apellidos de familiares y amigos a los personajes de sus novelas, quien no saca a su pareja por su nombre de pila (con diminutivo a ser posible), quien no cuenta los episodios más o menos insulsos de su vida haciéndolos pasar como avatares de enorme trascendencia, engordando las historias con una solemnidad chocante, es hoy día, insisto, un escritor de segunda.

Pero no, mi novela no es autoficción, le acabo reconociendo a ese lector tan bien informado. No creo que mi vida tenga nada más especial que la de los demás, ni que sea más o menos interesante. Mi novela es pura ficción, y como tal está concebida, aunque haya mucha carne propia puesta en ella.

Pese a lo que digan los que predican el fin de la ficción en la novela, cada día estoy más convencido del vigor de la literatura elaborada, ficcionalizada, bien construida. Leer las novelas importantes, leer a los clásicos, sigue siendo igual de apasionante que antaño, y nos guste o no, son esas novelas las que han marcado el canon y, por tanto, son el listón a batir.

Quizá tanto interés en hacer autoficción responda a que el talento narrativo ha mudado de soporte. Quizá los escritores de hoy día seamos incapaces de fraguar mundos elaborados, que nacen de la pura imaginación aunque tengan su sustento y su base en la experiencia personal de cada uno y en la realidad más inmediata. Quizá el talento, como digo, se ha ido del mundo del libro al mundo de las series de televisión, que son el telar donde los autores/guionistas están atrapando el ansia devoradora del público por las historias bien contadas, con fundamento, concienzudamente construidas.

Puede ser que haya fatiga, o agotamiento, en la novela actual, o puede que se flaquee en la fabulación, o puede que nos tiemblen las canillas ante las poderosas dosis de invención con que nos abrumaron autores como Víctor Hugo, Balzac, Dickens, Dostoievski, Tolstói, Thomas Mann o John Steinbeck, por decir unos pocos. Puede ser que esa portentosa imaginación literaria ya no esté al alcance de nadie (o de muy pocos) en estos tiempos en que se predica el fin de la ficción en la literatura. De ahí que muchos autores de hoy estén recurriendo a contar sus vidas, por muy indiferentes que resulten al lector.

Pero insisto: Los miserables, Eugenia Grandet, Casa Desolada, Crimen y Castigo, Sonata a Kreutzer, Muerte en Venecia o La perla, no son autoficción ni lo necesitan. Para hacer buena literatura no es necesario regodearse en el ego del autor, y exhibir las plumas del “yo” como un pavo real. En realidad, para hacer literatura, y da igual que sea una cosa o la otra, la fórmula es bien conocida: memoria, imaginación y lenguaje.

Santiago Velázquez es autor de Las fisuras (Caligrama, 2020).

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