FIRMA INVITADA

Y SE MURIÓ MARSÉ

Juan Marsé (Foto: M. Sancho (La Vanguardia)).
Gastón Segura | Lunes 27 de julio de 2020

Ya lo sabrán; murió Marsé. Y he aquí que andaba pensando en escribirles unas entusiastas líneas sobre la exposición de Ramón Masats en la Tabacalera de Madrid, cuando me senté a comer y el televisor me anunció con una bandita continua que Juan Marsé había muerto esa noche. De pronto caí en la cuenta y no pude sino imaginarme la risa que le habrá entrado al Java, al Sarnita y al resto de la canalla del barrio al saberlo, porque también es mala pata ir a morirse un dieciocho de julio y, encima, sábado; exactamente como aquel cuando los africanos pusieron al país patas arriba.



En efecto, es toda una faena ir a palmarla, tras tanto relatar los quebrantos que nos causó la dichosa fecha, ese mismo día, por más que nos haya dejado a esa pandilla de indinos imaginándose lo que no supieron, más que nada por espantar el hambre, o a la menesterosa Rosa Bartra y a su pequeño David con aquel pasma pretendiéndola a todas horas, o a los hermanos Chacón, que menuda pareja, y sobre todo, a la intrépida y cautivadora Teresa Serrat, todo un partido pero, cuidado, al alcance solo de unos cuantos, o a la prima Montse, lástima de nena, siempre tan piadosa y comprensiva, y por supuesto, a Manolito el Pijoaparte, aquel que fue por lana y salió trasquilado. ¡Quién le mandaría dárselas de Don Juan con una niña de La Bonanova!; a él, a un charnego, a todo un muerto de hambre, por más que tuviese mucho arte para guindar aquellas Montesas tan fardonas con las que impresionar a las criaditas de amor con comedor a plazos. Sí; porque Marsé se habrá muerto pero ahí nos ha dejado a sus criaturas para bajarnos los humos digitales y ponernos en los puritos cueros de lo que fuimos en aquellos años de ¡A mí la Legión! y hasta en los del Turista un millón, con ministro al pie de la escalerilla de Iberia para recibir a la afortunada sueca; por cierto, qué género más fino aquel de las suecas; ¿se acuerdan? Pregúntenles a los paletas de Benidorm y ya les contarán; ya les contarán como contaba el Sarnita lo del hermano del Java y lo de la puta del descampado; allí, despatarrada y fiambre total.

Y es que a Marsé le debo un centón de estampas en blanco y negro crudo, como su prosa, sin alardes; los alardes los ponían los aventis del Sarnita y del resto de la cuadrilla, cazados en alguna secuencia del cine Roxy, con las que maquear el Carmelo y la Salud, para que no presentasen tanto aquella catadura de calvario sin redención. Por eso, a veces pienso que si la mayoría de los catalanes hubiesen leído entonces con el asombro y la contrición que merecen Últimas tardes con Teresa (1966) y La oscura historia de la prima Montse (1970), Pujol nunca hubiese llegado dónde llegó y ahora no tendríamos ese lío que está enredando tanto, pues un pellizco de vergüenza ya les hubiese atemperado las querencias por El Virolai (1880) y La santa espina (1907). Lo malo es que, según se atisba, ya no hay remedio o si lo hay, desde luego, va a ser chapucero y desgraciado como es costumbre, porque ya lo dijo Gil de Biedma: aquí siempre se acaba mal… “Para la mayoría —apostillaría Marsé—; porque a unos cuantos seguro que les lucirá el pelo y hasta les sonará la bolsa”.

Pero si me piden un título, aunque sea uno solo, entonces léanse Si te dicen que caí (1973). No esperen una novela con principio y final; al contrario, es un relato donde lo que se cuenta o, mejor, lo que cuenta el Sarnita se rehace a cada página, porque ese diablillo ignoraba todo de la falsa rubia asesinada en el descampado; pero él venga de suponer y de imaginar, y tanto que al final le salió una novela. Léanla, porque sobre ser un daguerrotipo inigualable de aquella década sin porvenir y tras la cola del racionamiento, es la piedra angular de toda su narrativa posterior; en ella se encierra no solo su universo sino el formidable truco —o si prefieren, el aventis— que Marsé utilizará en adelante: tomar un trozo de una película, de un tebeo o de una novelita cambiada en el quiosco de la esquina para afrontar la realidad cuando resulta demasiado ruin para mirarla a la cara. Tan distinta por este método del binomio anterior sobre Teresa y Montse; novelas que siempre se me han antojado un solo relato o si prefieren un único y descarado retrato de la Barcelona de Porcioles, y si me apuran, de la España del desarrollismo, cuando tanto ganapán estaba a la primera que saltaba, como lo estuvo el Java de Si te dicen que caí hasta que se despeñó por el Garraf con uno de aquellos Simcas de Barreiros.

Solo me restaría señalarles Un día volveré (1982), que consideró uno de los relatos de amor más estremecedores y sinceros de la lengua española del siglo XX, aunque guarde tal sorpresa que a más de uno el rubor nos dejó estupefactos. En fin, lean a Marsé; al menos, para saber quiénes hemos sido.

Y mientras escribía estas líneas, me enteré que había muerto don Francisco Rodríguez Adrados. Visto el panorama actual y de continuar los fallecimientos de este tenor, nos vamos a quedar sin lumbreras que presentar a las visitas.

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