FIRMA INVITADA

¿CUENTO DE NIÑOS…?

Cuentos de niños
María Pérez Herrero | Domingo 13 de diciembre de 2020

Leo en el estupendo artículo de Antonio Muñoz Molina (Babelia 12 dic) ese primer terror infantil que comparto y que me quedó en la memoria de niña y que tantas veces incluso de adulta lo he rememorado. Todavía cuando voy a casa de mis abuelos veo esa escalera por donde subía el “malvado” e imagino la madre diciendo “ya se irá, ya se irá…” mientras la niña oía los pasos cada vez más cerca, “ya sube el primer escalón…-sentía”.



Alrededor del hogar encendido mis hermanos y yo éramos oídos atentos a las historias y cuentos de Lola, entrañable mujer de la familia con un don natural para mantenernos en vilo en esas noches de vacaciones escolares. La recuerdo con cariño, así que terminaré el cuento entero según yo lo oí.

“Pues señor, érase que se era un pueblecito muy pequeño entre montañas de naranjos y algarrobos. En llegando la Semana Santa unos días antes de la procesión es costumbre pasear por cada casa el anda con el santo del pueblo. Y así día tras día lo trasladaban al zaguán de unos y otros donde al anochecer le rezaban pidiendo por sus cosechas. En eso, llegó el anda a la casa de Amparito, una mujer joven la más guapa del pueblo, que tenía una hija de corta edad. A la hora de acostarse, Amparito terminó sus faenas, lavó los escasos cacharros de la cena y tapó con ceniza los rescoldos de la chimenea. Se puso la mantilla y se arrodilló delante del anda.

- Ay, san Cristóbal, ay, te lo pido, ¡mi hombre! Que no le pase nada. Ay, mi Salva, tan fuerte, tan guapo, tan fogoso… que le siento tan lejos, ¡ay!, que vuelva pronto de la guerra para sentirle cerca, son estas noches tan frías y son sus manos tan calientes…

Mientras le rezaba se le escurría la mantilla y aparecía una cara fresca con unos ojos almendrados oscuros que brillaban como diamantes. Tal era la pasión que ponía en sus rezos que el anda parecía respirar. Así fue, pues Amparito se percató que el santo pestañeaba y que le asomaba cierta sonrisa pícara un poco velada por el manto. Se levantó temblando y cogiendo a la niña subió las escaleras de la andana, pero curiosa permaneció en el rellano superior muy quieta. Su pequeña, sintiendo algo, le dijo:

- Oigo ruidos… ¿qué será mama?

- Cállate hijita, ya se irá…, ya se irá… -contestó la madre

Los pasos se iban acercando

- Oigo pasos ya en el pasillo -decía la niña

- Ya se irá, ya se irá… -repetía la madre

La niña seguía:

- Está en el primer escalón…

- Ya se irá…, ya se irá… -decía su madre

- Está en el segundo escalón…

- Ya se irá…, ya se irá…

- Está en el tercer escalón…

A estas alturas del cuento todos los niños estábamos aterrorizados mirando el zaguán, la escalera y la oscuridad del fondo, contando los escalones pues nuestra querida Lola continuaba con voz inquietante… “-Está en el quinto escalón…” y avivando el fuego proseguía con el cuento:

La madre estaba tan asustada que se levantó de un salto y entró en la andana cerrando la puerta con pestillo dándose cuenta, ya demasiado tarde, que la niña se había quedado fuera. El malvado subió de un salto el último tramo de escaleras y cogiendo a la niña dijo:

- ¡Déjame entrar o abriré la puerta con la niña!

A la mañana siguiente una vecina encontró los sesos y la sangre regando la escalera, la puerta cerrada y la madre muerta con la cara desencajada en un rictus de terror. Se supo que un loco se había escapado del manicomio y que disfrazado del santo del anda robaba en las casas. Nunca más se supo de él. Pero ahora, cada vez que llega la imagen sagrada le acercan una vela encendida a los pies…

María Pérez Herrero. Dic 2020

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