Hace 125 años moría Oscar Wilde en París, pobre, enfermo y repudiado por quienes antes, en pleno apogeo de su éxito, lo habían celebrado. Murió como viven muchos de sus personajes, pagando un precio demasiado caro por haber dicho la verdad en voz alta. Pero, sin embargo, pocas figuras literarias resultan hoy tan actuales como él a pesar de que en las librerías apenas se pregunte por La importancia de llamarse Ernesto o El retrato de Dorian Grey; quizá porque Wilde entendió antes que nadie que el amor, la belleza y la verdad que transpiran sus textos no suelen sobrevivir bien en sociedades líquidas, superficiales y obsesionadas con la apariencia.
La frase sobre el amor que sirve de hilo conductor a estas líneas no es solo una reflexión sobre el amor romántico; es, en realidad, una crítica feroz a la impostura. He vuelto a recordarla tras escucharla en el capítulo sexto de la serie Ena, cuyos guiones han sido cuidados y barnizados de un tono poético que supongo que, en realidad, no tuvieran aquellos en cuya boca se ponen estas palabras.
Hablar de amor nunca ha estado de moda porque Lope ya lo ha dicho todo en su soneto y Becquer ya lo cantó en forma de golondrinas, de rayo de luna o de arpa al fondo del salón. El amor existe a pesar de que “Lo han matado los poetas”, no porque escriban sobre él, sino porque lo han vaciado de verdad. Porque lo han repetido tanto que ya no duele, y para Wilde, si no duele no es amor. Per aspera ad astra, que decía Séneca el joven. Personalmente me hastían los poetas que no dicen nada, las novelas excesivamente adornadas y superficiales y los cantautores que impostan la voz invocando a una libertad que solo es molona porque rima con verdad, realidad y bondad.
En la obra de Oscar Wilde, el amor nunca es cómodo. El retrato de Dorian Gray no es solo una novela sobre la juventud y la podredumbre moral. Para mí va más allá y para muchos está considerada como una historia de afectos que no pueden nombrarse sin castigo. De profundis, su texto más visceral, escrito desde la cárcel de Reading, es quizá uno de los documentos amorosos más sinceros de la literatura occidental: una carta donde amar significa aceptar la humillación, el abandono y la pérdida absoluta de la máscara, ¿qué es amar, sino también desnudarse y dejar el alma a merced de las inclemencias y las adversidades?
Con el alma desnuda Wilde sufre, y lo hace en silencio, como él mismo exige al verdadero amor. La cárcel no solo lo privó de libertad, sino de voz pública, de prestigio, de identidad social. Lo que quedó fue el hombre en su expresión más vulgar frente a su dolor. Y desde ese lugar escribió algunas de las páginas más honestas de su vida. Murió joven y en la indigencia. Arruinado física y socialmente. Era carne de olvido y repudio, sin embargo su nombre sobrevivió, cargado de un nuevo sentido y despojado de todo artificio, transformando para siempre la relación entre literatura, identidad y verdad.
Recordar a Wilde 125 años después no es algo trendy ni postureable. Yo también besé su tumba en Pére Lachaise tras rendir pleitesía a la de Morrison, poniéndome el pintalabios de mi acompañante por dos veces, la primera de ellas sin haber leído una sola línea suya, la segunda yendo primero a visitar el monolito dedicado al irlandés que a la austera tumba del autor de Light my fire.
La literatura decimonónica tiene fama de compleja y aburrida, como un cuadro de Nattier o una balada victoriana larga, solemne y sentimental. La verdad es que el XIX nunca ha vuelto a estar de moda, y su literatura suele considerarse plúmbea y monocorde. Sin embargo, leer a Wilde nos da un chutazo de vida en tanto en cuanto la literatura sigue significando rebeldía. El autor que fue condenado no por un delito, sino por amar fuera de la norma merece ser leído y reivindicado. Su caída pública es una lección aún vigente sobre cómo las sociedades castigan a quienes desobedecen los relatos oficiales del amor, del género y de la moral.
Hoy, cuando el amor se consume tan rápido como un fósforo, se exhibe en redes sociales y se mide en validación inmediata, la advertencia de Wilde resuena con una fuerza inquietante. El amor, parece decirnos, no necesita ser proclamado constantemente. No necesita postureo. No necesita ser creído por los demás. El amor verdadero no solo se soporta, sino que se alimenta, se defiende y se desea como solo se hace con lo imposible y nunca con lo meramente improbable.
Wilde nos ha enseñado con su literatura que no desear lo imposible sería demasiado aburrido. Todos, es cierto, vivimos en cloacas; pero no menos cierto es que soñamos mientras miramos a las estrellas.