Todas las mujeres que por la noche van a oscuras y oyen, con temor, el silencio de corazones acelerados. Que oyen la soledad, la que hace despertarse y provoca insomnio y nadie reconoce porque va por dentro, y nadie se da cuenta.
Todas las mujeres sin edad, porque eso es lo de menos, y con pasado denostado. A las que llaman putas a la primera de cambio, derribadas en su orgullo, heridas, vejadas, violadas, rotas, con su cuerpo cayendo por el terraplén de las vergüenzas.
Todas las mujeres que han roto más de un plato y en el espejo se descubren cada día cicatrices de lágrimas que caen despacio.
Todas las mujeres, las que no se hunden en el mar de un portazo, y quieren y sienten, y se acercan, aunque llueva, y pretenden que el aire libre no solo sea el respirado.
Esas mujeres que nacen sin lengua y solo el viento las ayuda a gritar alto.
Todas las mujeres de brazos enormes que aman, que recuerdan, que musitan entre labios. Las que dicen aquí estoy, te estaba esperando.
Todas las mujeres árbol que dan sombra y paz, y arraigo. Que no disimulan el llanto. Que son capaces de besar con la misma efusión que dicen ¡basta!, y que se rompen y muestran sus cicatrices curadas con paño de oro, kintsugi, y de esa manera muestran sus heridas como hermosas y valiosas, y como parte de su propia historia.
Y las que esperan, desgraciadamente, el zarpazo, calvario de caminos desandados, canciones que son rezos, la sangre en moratones de los costados.
Todas las mujeres que dan su pan, que dejaron su juventud en un armario cerrado. Todas las mujeres que son capaces de mostrarse desnudas en el frío de la memoria y mostrar pasión, fuego, tormenta. Que defienden su identidad, su tiempo, su casa. Que escriben con desamor una página en blanco.
Todas las mujeres que habito, escrita por Ángela Conde con la supervisión de Alejandra Jiménez-Cascón, y dirigida por Montse Rangel, es una historia contada a varias voces por una sola actriz, la propia Ángela Conde donde nos hace ver a las mujeres, madres, volcanes, flores, aire, espuma, roca, …
Todo cabe en ellas, viene a decir, y siempre tienen un beso en los labios. Todas las mujeres que son prisioneras de un corazón equivocado, pero que son capaces de elevarse entre enfermedades y sobresaltos. Las que hablan claro, que no callan, aunque su nombre sea ¡ay! y volverán a intentarlo.
Siguen pasando los años, y seguimos hundiendo las manos en la niebla del maltrato, en el horror indemne de un energúmeno desgraciado, en cargar con todo el peso a las espaldas de todas las mujeres que nos habitan, abuelas, madres, hijas, hermanas, amigas.
Maravillosa mujer que nos habitas, Ángela Conde o tú, que no conocemos tu nombre, no te resignes, no te quedes esperando, serás la vibrante respuesta luminosa de un relámpago. Que tu voz, tu cuerpo, tu sonrisa suenen y resuenen por encima de los sueños y las decepciones que estás esperando.
TODAS LAS MUJERES QUE HABITO