FIRMA INVITADA

LA LITERATURA SEGÚN DIOS

Arturo Pérez Reverte
Rafael Balanzá | Martes 03 de marzo de 2026

El presente artículo propone una breve especulación sobre literatura, partiendo del seísmo que recientemente sacudió la república de nuestras letras –Uclés, el Nadal- y las réplicas que se han registrado en forma de columnas de opinión y sucesos derivados de la apoteosis uclesina, como la cancelación del foro sevillano sobre la Guerra Civil convocado por Pérez Reverte. Y aunque nuestro aguerrido capitán de los tercios viejos goce aquí de algún protagonismo, para que nadie se llame a engaño empezaré advirtiendo que en estas líneas no cabe ningún dios literario, porque son líneas de orientación acusadamente agnóstica.



Pero antes de llegar a la teología, atengámonos a la cronología. Cuando “La península de las casas vacías” (libro que no he leído) empezó a presentar las trazas de ser el rodillo de ficción en que finalmente se ha convertido, oí enseguida dentro de mi cabeza, con una mezcla de empacho y tedio, los acordes crecientes y resabidos de una especie de Bolero de Ravel degenerado. “Otra vez –me dije-, otra vez lo de siempre. Un nuevo joven aspirante, la entrada en Jerusalén entre palmas, y luego…el Gólgota, con mofa, befa y ludibrio de una chusma vengativa y maledicente”. Lo he escrito varias veces y me temo que lo repetiré en el futuro algunas más; ninguna autora, ningún autor menor de 65 años, ni siquiera entre quienes presentan una sólida y exitosa trayectoria, goza de un prestigio social y artístico ni remotamente comparable al que orló a quienes reposan hoy entre aromáticos cipreses, debajo de losas de mármol con su nombre grabado. Ni Cela, ni Matute, ni Delibes, ni Torrente tienen sucesores que den el perfil de llegar a ocupar sitiales tan altos como los suyos en su solemne claustro. Tal vez porque la última posteridad –la posteridad postrera, si el pleonasmo es tolerable- sea la de nuestro presente; antes de que nos devore la borgiana bruma universal del olvido. La IA lo será todo en todos y la humanidad nada en la nada, me temo. “La literatura ya no interesa a nadie”, ha dicho, harto de razón, de razón doliente, Juan Manuel de Prada.

De lo que he leído, me pareció ponderado y bien singlado un artículo de Manuel Ruiz Zamora, titulado “David Uclés o el principio de la literatura post-artística”. Viene a contar, en esencia, lo mismo que Prada; o sea, que ya la literatura es lo de menos. Sentía curiosidad, antes de que todo reventara con el Nadal, por la posición que tomaría Alberto Olmos ante el nuevo fenómeno, pero realmente no me hacía falta su veredicto (ni el de Jordi Gracia, ni el de Sanz Villanueva…) para considerarme exento de conceder el noble y prescriptivo “beneficio de la duda”. No había margen para esa duda. Es lo que pasa con esos patos que dicen cua-cua, se sacuden las plumas al salir del agua y… resulta que sí, que efectivamente son patos. Tenemos el imperativo categórico de encontrar la manera de vender libros a la generación milenial (la de Podemos), tenemos en el almacén un montón de realismo mágico de stock, y tenemos un tema (la Guerra Civil) que sabemos que casi nunca falla. Era desembalar y montar. Simplemente eso. La jugada estaba clara y el trampantojo asegurado.

Hubo otro artículo, firmado por un tal Diego Madueño, que me pareció algo más discutible, por cuanto homologaba y equiparaba a los dos contendientes de Sevilla: Uclés y Reverte. Si hablamos de prestigio literario, según García Montero el segundo tiene la cuenta a cero, fuera del ámbito del best-seller. Yo no estoy de acuerdo con Montero. Y si hablamos de libros vendidos, acumula 27 millones, a sideral distancia del aspirante. En la línea de una opinión expresada por Manuel Vilas, diría que en literatura, hasta que el tiempo dicte sentencia, más vale ser prudentemente agnósticos, ya que “todo cabe en esa viña misteriosa”. Sobran los savonarolas. Sin embargo, el crítico sí está obligado a arriesgar una opinión, o no tendría sentido la crítica. Por eso es una profesión peligrosa, que debería ejercerse en conciencia. Stendhal, Kafka, Melville… apenas vendieron algún libro en su vida. Cervantes –se ha repetido mucho estos días- conoció el éxito inmediato con El Quijote, aunque eso no se tradujo en un beneficio económico comparable al de Lope. El negocio estaba en el teatro. En tiempos de Dickens –que mantuvo, con algunos altibajos, un éxito sostenido, no siempre bendecido por la crítica- alcanzó tanta popularidad como él Mary Elizabeth Braddon, hoy prácticamente olvidada. Ricardo León, Carmen de Burgos, Felipe Trigo… vendían más novelas que Valle-Inclán y Unamuno juntos. Novelas que hoy nadie recuerda. Jorge Herralde rechazó “El maestro de esgrima” de Pérez Reverte, que a mí me parece una excelente obra; aunque no mejor que las de Hidalgo Bayal, en su muy distante registro del “modernism”. Bayal tiene la misma edad que Reverte y es admirado por exquisitos lectores, pero está a años luz, en cuanto a ventas, del cartagenero. Y si vamos a otras artes, vemos que también se dan todas las combinaciones posibles. Se puede ser popular y genial, como Alfred Hitchcock, o genial y minoritario, como Bergman o Dreyer, o popular y mediocre, como tantos. ¿Tiene sentido comparar el Abbey Road de The Beatles (obra maestra indiscutible de la música popular) con los cuartetos de cuerda de Shostacóvich? ¿Acaso debo elegir entre “Centauros del desierto” de John Ford o “La aventura”, de Antonioni? Hace poco recordaba en mi cuenta de X que Constantino Bértolo rechazó mi primer libro, “Crímenes triviales”, admitiendo, no obstante, que revelaba talento. Una vez publicado, lo elogiaron Arrabal y Luis Alberto de Cuenca.

Todo puede suceder, pero al final el único juez es el tiempo. No hay otra prueba empírica. Si Uclés contase con el apoyo de una generación de lectores que realmente decidiera imponer su estilo, importaría muy poco lo que opinemos viejos como Jordi Gracia o yo. Así ocurrió con los surrealistas, proscritos por la Academia pero rescatados y canonizados por los intelectuales de su propia camada. Sin embargo, dudo que, en el caso de Uclés, ese apoyo sea perdurable y constante. Como dijo Lincoln, se puede engañar a algunos durante mucho tiempo, o a todos durante algún tiempo… pero nadie puede engañar a todo el mundo todo el tiempo. En cualquier caso, mi impresión es que quienes opinamos apasionadamente sobre estos asuntos nos parecemos preocupantemente a esos soldados japoneses que seguían luchando por su cuenta, ocultos en las espesuras de Guam, cuando la Segunda Guerra Mundial había terminado hacía decenios. Lo digo porque me temo que la literatura está acabada; claro que podría equivocarme, y tal vez en el futuro vuelva a ser relevante. A mí todavía me ha servido de MacGuffin vital. O como prefieren decirlo ahora: ha sido mi “ikigai”. Y no es poco.

George Steiner, que es tal vez quien más y mejor ha reflexionado en los últimos decenios acerca del sentido perdurable de la escritura y del arte en general, se pasó media vida tratando de defender la verdad del significado (“Presencias reales”) contra las dentelladas furiosas y oblicuas de los grandes carnívoros relativistas de la crítica, como Derrida. En su primer y magistral ensayo (“Tolstoi o Dostoievski”) vinculaba el valor trascendente de la literatura a una posible dimensión sagrada o mística, muy patente en los dos gigantes rusos. Y volvió a esa cuestión muchas veces a lo largo de su obra. Comparto plenamente esa perspectiva. Desde Platón, resulta insoslayable la conexión profunda de la estética y la ética. Si hay trascendencia, o para decirlo breve y claramente, si Dios existe, entonces Él tiene el metro de platino iridiado, la vara de medir todas las cosas. Porque Dios sería la fuente de todo valor y de todo sentido. Pero si sucede que la propia existencia humana está marcada por el absurdo y la muerte, si descartamos la posibilidad de una axiología metafísica, de un sentido último para la aventura de Homo sapiens, entonces en el fondo resulta estúpido y vacío hablar del bien y del mal, así como, igualmente, de lo que es bueno o malo en el arte. (“No tiene sentido hablar de lo justo y lo injusto en sí”, Nietzsche). Sólo cuenta el triunfo material, medible en dinero contante y sonante, y el imperio diarreico y efímero de las modas.

Rematemos con una paradoja. Hace tres años Fernando Arrabal, último genio vivo de la vanguardia histórica, publicó en España “Un gozo para siempre”, libro del que no ha aparecido una sola reseña en suplementos culturales nacionales (vergüenza para los responsables de tales medios) y sin embargo estamos dedicando ríos de tinta a la obra de un joven que acaba de estrenarse y tiene toda la vida y, probablemente, toda la nada por delante. En medio de este frenesí de subnormalidad, mientras agoniza la literatura pero no se muere, y declina Occidente, que tampoco se muere, y arde Oriente Medio…; creo que lo más razonable es que cada uno haga lo que sepa, y como sentenció el optimista y humanitario Arnaldo de Amalrico en Béziers, confiemos en que Dios al final reconocerá a los suyos. Entre tanto, prestemos oídos al sabio consejo de Sancho: “Será mejor que nos estemos quedos, y cada puta hile”.

Rafael Balanzá

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