Todos los años, en los días en torno al Día Internacional de la Mujer, Pereira asiste con asombro a la sucesión de actos, manifiestos y declaraciones institucionales dedicadas a la IGUALDAD. Se habla en ellos de brechas salariales, de justicia social, incluso de los beneficios económicos de incorporar plenamente a las mujeres al sistema productivo y de mejorar sus salarios. Palabras graves, bien articuladas, que no cuestan. Porque basta observar las fotografías oficiales para que la retórica se desvanezca: hombres relevantes, sonrientes, gobernando mayoritariamente instituciones políticas, educativas, religiosas o económicas cuyos hechos cotidianos contradicen lo que proclaman sus comunicados.
No es una paradoja nueva. María Zambrano la había pensado ya en 1928 con una lucidez que hoy resulta incómoda. “Lo humano —escribió— ha sido siempre el contenido de la definición del hombre, mientras la mujer quedaba relegada a los márgenes, desterrada, convertida en realidad temible. Solo en su dependencia del varón su vida parecía cobrar sentido; cuando intentaba asomarse a un destino propio, se transformaba en un ser sin sede posible, en hechicera, en amenaza". No resulta difícil reconocer ese viejo esquema bajo el barniz moderno de los discursos actuales y en algunos casos actuales de "acoso y derribo" de mujeres rebeldes.
Sin embargo, son ellas quienes atienden al familiar dependiente sin recursos, al niño sin plaza en la guardería, quienes tienen peores contratos y salarios. Los datos son tozudos: más paro femenino, un 25 % menos de salario, discriminación por maternidad, presencia mínima en cargos directivos, mayor pobreza y el 75 % de las tareas domésticas sobre sus espaldas a pesar de las mejoras introducidas por el Gobierno actual. A este entramado de desigualdades y, quizás, como corolario, se suma la violencia machista diaria. En Castilla y León, miles de mujeres figuran en los registros policiales y judiciales como víctimas de violencia de género y la Comunidad mantiene tasas de protección y denuncias que desmienten la imagen de territorio "pacífico". En provincias como Ávila, la dispersión rural y el silencio social hacen aún más difícil visibilizar situaciones de control, miedo y dependencia que, en los casos extremos, desembocan en asesinatos machistas: la expresión más brutal de una desigualdad estructural. Y con el agravante actual de los discursos negacionistas o "blanqueadores" de la fardan los partidos de las derechas.
Hace un siglo, María Zambrano supo ver que la mujer moderna ya no podía ser conquistada con la promesa de un porvenir económico seguro y descansado. “La mujer ha descansado durante mucho tiempo —escribió— y ahora sale de su sábado con plenas energías a construir el mundo”. No pedía collares ni tutela, sino ideales compartidos y una unidad vital verdadera. Frente a ese cambio, advertía, el hombre se desorienta y se aterra: “Es la cosa que se nos hace de pronto persona”. Quizá ahí resida el núcleo del conflicto que aún no se quiere nombrar.
Añade más leña al fuego el que triunfen como "cultura" productos como los que circulan por las redes, donde el maltrato se disfraza de amor y la sumisión se premia con riqueza, heredera directa del viejo “cose, reza, calla” que marcó durante décadas de Dictadura la educación sentimental de este país. Tampoco contribuye que la educación sexual de los niños y adolescentes llegue por la pornografía temprana en vez de por los currículos escolares. La desigualdad se nota en todo. Como recuerda la extraordinaria escritora Siri Hustvedt, hasta las creaciones intelectuales siguen siendo menos criticadas cuando se supone que detrás hay “una polla y un par de pelotas”.
En una sociedad como la actual, de pensamiento débil y palabras inanes al albur de mantras tuiteros, convendría releer a la malagueña María Zambrano no solo como cita erudita, sino como la advertencia vigente de una pensadora profunda.