La historia de la Verónica enjugando el rostro de Jesús no está recogida en los Evangelios. Es una leyenda piadosa popularizada durante la Edad Media: una mujer, compadecida de Jesús en su camino al Calvario, rompió el círculo de soldados para limpiar el sudor y la sangre de su rostro con un paño, en el cual quedó impresa la "Santa Faz". En todo caso, la historia podría relacionarse con este pasaje del Evangelio de San Lucas (23:27-28): “Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él. Pero Jesús, vuelto hacia ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos.
Sexta estación: Verónica limpia el rostro de Jesús.
Fluye sangre de tus sienes
hasta cegarte los ojos.
Cubierto de hilillos rojos
el morado rostro tienes.
Y al contemplar cómo vienes,
una mujer se atraviesa,
te enjuga el rostro y te besa.
La llamaban la Verónica.
Y exacta tu faz agónica
en el lienzo queda impresa.
El poeta comienza la décima describiendo con todo dramatismo cómo las sienes de Jesús –que lleva una corona de espinas en la cabeza– se van llenando de sangre hasta el extremo de cubrirle los ojos (adviértase la propiedad con que están empleados los verbos, que dotan a la escena de una macabra plasticidad: «fluye», «cegarte»); más aún, los «hilillos rojos» de la sangre le van amoratando paulatinamente la cara. Hasta aquí, la primera redondilla de la décima. Esta imagen provoca la reacción de la mujer llamada Verónica, que absorbe con un paño la sangre de Jesús («enjuga»), a la vez que le besa. Los dos versos finales de la décima describen cómo el rostro de Jesús, que refleja un profundo sufrimiento («faz agónica») queda impreso en el paño empleado (y de ahí que el poeta emplee con toda propiedad la palabra «lienzo» para referirse al paño, porque de alguna forma en él se pinta esa «faz agónica»). El poeta emplea en cuatro versos formas verbales al final de los mismos, que obviamente facilitan la consonancia de las rimas; pero estos versos no se ubican de cualquier modo en el conjunto de la décima: uno cierra la primera redondilla (/-énes/), otro inicia la segunda redondilla (/-ésa/), y los otros dos sirven de transición entre ambas, repitiendo la rima del anterior (/-énes/) y del posterior (/-ésa/); es decir: «tienes/vienes/atraviesa/besa». El poeta sigue combinando la tercera persona con la primera, para mantener un monodiálogo en presente de indicativo con la figura de Jesús, aumentando la fuerza expresiva del texto.
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Si imagen y semejanza
tuya, Señor, nos hiciste,
de tu imagen me reviste
firme a olvido y a mudanza.
Será mayor mi confianza
si en mi alma dejas la huella
de tu boca que nos sella
blancas promesas de paz,
de tu dolorida faz,
de tu mirada de estrella.
Esta segunda décima tiene como trasfondo un fragmento del Géneris (1:26-27): «Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza […]. Dios creó al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó». Y de ahí que el poeta desee tener siempre presente la imagen de Jesús, «firme a olvido y a mudanza», manteniendo indeleble su recuerdo en el fondo de su alma, porque la «dolorida faz» recogida en el paño de la Verónica es el anticipo de «blancas promesas de paz» y de «luz eterna». Sin duda, Diego tiene presente al futuro Cristo de la Redención; y, de hecho, el último verso parece inspirado en el evangelio de San Juan (8:12): «Y Jesús les habló otra vez, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». Y eso es lo que «la huella» del Señor trae al ánimo del poeta, convertida en todo un símbolo de vida, de paz… El poeta tiene, pues, plena «confianza» en Jesús, al que se ha dirigido en vocativo, invocándolo: «Señor». La proposición condicional («Si en mi alma dejas huella…) queda, por tanto, fuertemente atenuada por la certeza del poeta en las bondades que la imagen de Jesús lleva aparejada para el ser humano. En cuanto a la décima, quizá plantee la dificultad de las rimas en /-ánza/ de los versos 1, 4 y 5 (una dificultad con la que ya se enfrentó Diego a la hora de componer su célebre soneto “El ciprés de Silos”, según nos comentó el propio poeta en su día; al margen de que se trate de una rima considerada como poco poética); así como la de los versos 8 y 9, a base de terminaciones en palabras monosílabas («paz/faz»), que además de aportar musicalidad, garantizan las ocho sílabas métricas del octosílabo.
Gerardo Diego. Viacrucis: Séptima estación.
Libro de las Lamentaciones 3, 1-2.9.16.
“Yo soy el hombre que ha visto la miseria bajo el látigo de su furor. El me ha llevado y me ha hecho caminar en tinieblas y sin luz. Ha cercado mis caminos con piedras sillares, ha torcido mis senderos. Ha quebrado mis dientes con guijarro, me ha revolcado en la ceniza”.
[La caída de Cristo por segunda vez durante el viacrucis no se narra en ninguno de los cuatro evangelios canónicos, aunque forma parte de la tradición piadosa de la Iglesia Católica. En ella se alude a la debilidad física extrema de Jesús, tras los azotes y el peso de la cruz, y simboliza la fragilidad humana y la perseverancia de Cristo].
Séptima estación: Jesús cae por segunda vez.
Largo es el camino y lento,
y el Cireneo se rinde.
Él se ha trazado una linde
en su oscuro pensamiento.
Mientras disputa violento,
deja que la cruz se hunda
total, maciza, profunda,
sobre aquel único hombro.
Y como un humano escombro
cae Jesús, por vez segunda.
En esta primera décima asistimos a la segunda caída de Jesús, convertido ya en «un humano escombro» –la sonoridad del verso hace más intenso el dramatismo de la metáfora–, ante la renuncia de un «violento» Cireneo a seguir llevando la cruz, que ahora gravita sobre un «único hombro», el de Jesús; una cruz descrita en una triada de adjetivos que agrandan las dificultades que implica su transporte: «total, maciza, profunda» («total», en el sentido de que ya nadie ayuda le a Jesús a cargar con ella; «maciza», en cuanto a su solidez; y «profunda», es decir, cuyo peso penetra muy adentro; en cualquier caso, los aspectos connotativos de estos tres adjetivos acentúan la dificultad de acarrear con la cruz y justifican en alguna medida la nueva caída de Jesús). Y hablando de adjetivos, reparemos en el primero de los versos: «Largo es el camino y lento»; dos adjetivos situados en los extremos del verso, que en cierto modo presentan la aliteración del fonema lateral alveolar /l/ en posición inicial: «largo», en efecto, al ir cargado con la cruz –algo menos de 900 metros hasta el Gólgota–; y «lento» no tanto el camino, cuanto el paso de Jesús; ante lo cual, «el Cireneo se rinde» y deja a Jesús solo con la cruz, hecho «un humano despojo». En los versos 6 a 10, Diego se las ha ingeniado para efectuar una selección léxica en que abundan las consonantes nasales, así como el fonema vocálico cerrado posterior /u/ -predominante en sílaba tónica-, todo lo cual añade un clima fonético sombrío a la expresión. Compruébese: «deja que la cruz se hunda / total, maciza, profunda, / sobre aquel único hombro. / Y como un humano escombro / cae Jesús, por vez segunda». Pero es, sin duda, la metáfora «un humano escombro», para referirse a la imagen de Jesús, la más desgarradora, al darle corporeidad humana al escombro, que es el desecho que queda tras derribar algo. Así es la imagen que presenta Diego de Jesús en su segunda caída: una pura ruina, aun cuando no haya perdido su humanidad. La décima presenta esta combinación de rimas consonantes, algunas de las cuales tienen su dificultad: a (/-énto/) b /(-índe/) b (/-índe/) a (/-énto/) / a (/-énto/) c (/-únda/) / c (/-únda/) d (/-ómbro/) d (/-ómbro/) c (/-únda/).
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¿Otra vez, Señor, en tierra,
abrazado a tu estandarte?
Ese insistente postrarte
¿qué oculto sentido encierra?
Mas ya te entiendo. En la guerra
por ti luchando, transido
caeré en tierra y malherido,
¿y no he de alzarme ya más?
Yo sé que Tú me darás
la mano, si te la pido.
En esta segunda décima, el poeta vuelve a recurrir a las interrogaciones retóricas, esta vez en tres ocasiones. En las dos primera se pregunta por la razón de la segunda caída de Jesús, aunque sospecha que esconde algún simbolismo: «¿Otra vez, Señor, en tierra, / abrazado a tu estandarte?» […] «¿qué oculto sentido encierra?». El «estandarte» es la forma de referirse metafóricamente a la cruz, palabra precedida de un posesivo de segunda persona que la hace suya: «tu estandarte». Y llama la atención la expresión «insistente postrante», no solo por la aliteración del fonema oclusivo dental sordo /t/ (cuya escritura bien pudiera sugerir una cruz), sino por el empleo inusitado del participio de presente «postrante», que insiste en la humillación de Jesús caído en tierra. Sin embargo, el poeta encuentra súbitamente las oportunas respuestas: «Mas ya te entiendo». Adviértase el valor adversativo de la conjunción «mas» encabezando la oración, y que sirve para oponer lo anteriormente dicho a lo que se va a decir a continuación. El poeta batalla, como si de una guerra se tratara, por seguir a Jesús, alistado en su estandarte, pero es consciente de que, como él, va a caer «en tierra malherido», reconociendo así la imperfección de la condición humana. Y la nueva interrogación retórica («¿y no he de alzarme más?») es, en realidad, una manifestación de fe, pues tiene plena confianza en que Jesús le tenderá la mano cada vez que la necesite, y cuando se produzcan sus caídas («transido caeré ene tierra y malherido»). Y otra vez el «Yo» del poeta ante el «Tú» de Jesús, que acrecienta la impresión de diálogo real. La enorme sonoridad del penúltimo verso –casi todos sus vocablos son monosílabos–, rematado por el que cierra la estrofa («Yo sé que Tú me darás / la mano, si te la pido») acentúan la idea de que, ante caídas similares a las de Jesús –obviamente en sentido metafórico–, el poeta está convencido de que le tenderá su mano salvadora. Las rimas de la décima son bastante sonoras, y siguen este esquema: a (/-érra/) b (/-árte/) b (/-árte/) a (/-érra/) / a (/-érra/) c (/-ído/) / c (/-ído/) d (/-ás/) d (/-ás/) c (/-ído/).