FIRMA INVITADA

SED REALISTAS, CONFORMAOS CON LA FICCIÓN

Pedro J. Ramírez
Rafael Balanzá | Miércoles 06 de mayo de 2026

Hace tres o cuatro lunes me llevé una sorpresa. Resulta que, en algún canal de los mil, innecesarios, que tenemos contratados, están dando nuevos episodios de Walking Dead. Sorpresa, porque pensaba que la serie definitivamente había terminado ya. Suponía, de hecho, que incluso habían muerto los protagonistas y los productores. Sin embargo, comprendí aquella noche (a esa hora en la que ya no soy capaz de leer y caigo rendido ante la pantalla de plasma soy capaz de suponer grandes disparates), comprendí que eso no sucederá hasta que nosotros, los televidentes, perforemos sus cerebros con destornilladores, picahielos o lo que tengamos a mano.



Debo confesar, no obstante, que vi el capítulo casi entero, y seguí, entre la desidia y la curiosidad, las nuevas andanzas de Negan. Y es que, desde que fui traumatizado de niño por “La noche de los muertos vivientes” (la original, la de Romero), siempre he sentido debilidad por este género. Hay, por cierto, un hallazgo deliciosamente irónico en la segunda película del maestro: “Dawn of the Dead”. En cierto momento, alguien explica que los zombis tienden a congregarse en los lugares que frecuentaban cuando estaban vivos, como las grandes superficies comerciales. Me parece fantástico, en todos los sentidos. Y luego explicaré a qué viene esto.

Pero vamos primero con el verdadero tema de mi artículo, que gira en torno a unas controvertidas declaraciones de Pedro J. Ramírez. “La novela es sólo un peldaño –dijo, presentando la primera de su joven padawan, otro Ramírez, de nombre Daniel-, no te puedes conformar con la ficción”. Al leerlo, yo que soy muy cinéfilo –creo que esto va quedando claro- me imaginé a Ramírez (el viejo) sentado sobre la bomba, como en “Teléfono rojo” de Kubrick, y agitando el sombrero durante la caída igual que un vaquero en un rodeo. Así que la literatura es una cosa menor –me dije, espantado-, algo infantil, una afición para intonsos aprendices de brujo. Puede parecer pura anécdota, pero no lo es. Porque ese desdén por la ficción está de moda. Incluso hablaría de un creciente desprecio por la literatura en general. Lo que no deja de ser una paradoja, ya que siguen proliferando las vocaciones literarias y los novelistas, con el mismo entusiasmo reproductivo que los mosquitos tigre en nuestros humedales. Antiguamente, se consideraba que el periodismo era importante, e incluso vital en una sociedad abierta, por cuanto informaba de lo que sucedía, con rigor profesional; sin embargo, existía cierto consenso en que la literatura, su hermana mayor, era todavía más relevante, por su trascendencia. El periodismo cuenta lo que pasa, y a corto plazo eso es lo que más nos importa. Pero la literatura nos cuenta lo que somos, y en una perspectiva más amplia y decisiva, nada puede ser más importante que eso. Vargas Llosa escribió todo un hermoso ensayo (“La verdad de las mentiras”) para demostrarlo. La pregunta que podemos y debemos plantearnos cae, como Ramírez con su bomba, por su propio peso: ¿Sigue siendo la literatura relevante?

Hace unos días algunos seguidores han compartido en mi burbuja tuitera 50 recomendaciones de Babelia para el día del libro. No me río, por si se me desajusta la dentadura postiza, pero lo cierto es que, sí, me da un poco de risa. Hace treinta o cuarenta años yo, como todo cultureta ochentero, vivía pendiente de las recomendaciones de Babelia. Ahora me he hecho mayor y la verdad desagradable asoma. Félix de Azúa –a quien sigo admirando- se fue de El País proclamando que era un periódico arrodillado, y que había perdido toda credibilidad. Lo mismo, me parece, cabe decir de su suplemento. Alguien puede pensar que respiro por la herida. No es así. A mí ese suplemento siempre me ha tratado bien. Y lo de “siempre” lo digo por la única vez que he aparecido, para ser coronado y distinguido como autor de una “gran novela”. La verdad es que no importa mucho, porque ya nadie hace caso de la crítica ni de los críticos. Durante la fase de corrección de “Muerte de atlante” (Anaya, 2024) le revelé a mi correctora de mesa, la inteligente e infalible Charo Cuevas, que Ricardo Senabre había muerto. Quedó consternada, por supuesto. Con él casi desaparecía esa gran estirpe de críticos verdaderamente prescriptores de literatura. Queda alguno de esa generación (el profesor Sanz Villanueva, por ejemplo) pero la mayoría, como Rafael Conte, por citar al más legendario, han fallecido. A los que llegan ahora, como Nadal Suau, que parece un chico serio y bien formado, les deseo la mejor suerte, aunque me parece muy improbable que lleguen a alcanzar un estatus semejante al de sus insignes predecesores. De todos modos, creo que hay que celebrar el hecho de que estos críticos mileniales se tomen tan en serio su trabajo. Esa es al menos la impresión que me dan, y es algo que deberíamos favorecer. Porque, piense lo que piense Pedro J., la literatura es y seguirá siendo –mientras quede todavía humanidad- irrenunciable; incluso en tiempos en que la IA escribe las novelas para retrasados mentales que demanda esa mayoría aplastante. ¿Llegará mi hijo (21) a conocer los nombres de la nueva crítica española? Tengo dos hijos en realidad (S. y D.), uno biológico y otro adoptivo, y ambos son voraces lectores. Espero, y crean que soy muy sincero en esta declaración, que cuando alcancen la madurez sigan contando con ese faro en la noche que debería ser la buena crítica literaria. No tanto para guiar a los navegantes hacia los libros realmente trascendentes que marcarán sus vidas –porque eso ya lo hace el canon, que nos permite escuchar con los ojos a los muertos-, sino para evitarles los escollos y arrecifes que se ocultan, traicioneros, en las costas urgentes de las mesas de actualidad.

Me temo, sin embargo, que la crítica literaria, como la propia literatura, está prácticamente muerta. Ojalá me equivoque. Hace unos años un libro mío fue situado por el suplemento de ABC, junto a dos jóvenes promesas (Javier Marías, Caballero Bonald), entre lo mejor del año. Revista de Libros me calificó como “autor perdurable”. El último ser humano vivo que puede reclamar con verdad el blasón de haber pertenecido a la vanguardia histórica (Arrabal) elogió mi primera obra. Hace poco aparecía la última, cum laude, en la mítica revista Ínsula... Todo esto, que en otro tiempo habría resultado decisivo, hoy vale lo mismo que un diploma con lamparones de chorizo en un certamen vecinal. Si mis libros aún se venden, se debe sólo a lectores confundidos que los toman por novelas de detectives. Sin embargo, en un sentido puramente emocional, subjetivo, para mí, esos laureles de la crítica no dejan de tener un valor realmente inestimable.

Además, no hay que descartar tampoco una posible reviviscencia de la literatura. Todo se extingue, sí, ya lo sabemos, pero no es menos cierto que todo regresa, en el carrusel absurdo del mundo y de la vida. Fíjense –se me ocurre así, de pronto- en Pedro Sánchez, que estaba acabado hace sólo unos meses, hasta que un payaso anaranjado lo revitalizó con su pócima belicista, en la pista central del circo, con redoble de tambores, al ritmo de un screamer. Fíjense en el bipartidismo, que parecía aniquilado hace un decenio, y ahora vuelve como en los peores años de la Transición. Estos días pasados compartí en mi cuenta de X una cita de “España invertebrada”, de Ortega y Gasset y… ¿pueden creer que se viralizó, como si don José estuviera vivo y hablara, mejor que nadie, de nuestro presente? La copio aquí, porque merece la pena:

En un país donde la masa es incapaz de humildad, entusiasmo y adoración a lo superior se dan todas las probabilidades para que los únicos escritores influyentes sean los más vulgares; es decir, los más fácilmente asimilables; es decir, los más rematadamente imbéciles. (Ortega y Gasset, “España invertebrada”, 1921)

En fin, como decía más arriba, el hecho es que, más allá de decadencias y agonías, la gente sigue compartiendo en X las recomendaciones de Babelia, con ingenua ilusión; sencillamente, porque era lo que hacían sus padres y sus hermanos mayores. Vienen a ser como esos zombis simpáticos que tienen la manía de pasearse sin rumbo por el aparcamiento del hipermercado.

Rafael Balanzá

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