Las palabras que constituyen las oraciones pueden colocarse de muy diferente manera, en razón de circunstancias tan dispares como los estados anímicos del emisor o la intencionalidad del mensaje. Hay, pues, una considerable diferencia entre el orden lógico de las palabras, propio de la reflexión filosófica y del razonamiento científico –que emplean una lengua discursiva–, y el orden afectivo, tan característico de la expresión coloquial y familiar, en la que los impulsos emocionales condicionan la organización de las palabras. Y aún se podría añadir el orden rítmico que conforma un contexto lingüístico estructurado en un poema, patrimonio exclusivo de la lengua literaria, en la que la forma de expresión adquiere una poderosísima relevancia, atrayendo la atención del lector, más pendiente de la sugestiva disposición de los elementos expresivos que integran el mensaje que del contenido informativo de este.
Obsérvese cómo Manuel Machado, tomando el lenguaje como materia artística, potencia sus valores expresivos y somete los elementos de la cadena hablada a un canon estructural de regularidad y simetría que conforma el periodo rítmico denominado poema,y al que el poeta titula con nombres de personajes de la commedia dell’arte: Pierrot y Arlequín.
En la estela de la lírica de Paul Verlaine –por quien Manuel Machado sentía una especial admiración–, y de acuerdo con el principio de «la musique avant toute chose» –que Rubén Darío traduce al español como harmonía verbal–, compone el poeta andaluz el poema «Pierrot y Arlequín», formado por versos polimétricos de arte menor, distribuidos en tres estrofas de seis versos, y con rimas consonantes que unas veces recaen en palabras agudas, otras en palabras llanas, y otras veces en palabras átonas («mirándose sin» –verso 2– y «disputas por las» –verso 11–), de acuerdo con el siguiente esquema métrico, repetido en las tres estrofas:
5a’-5a’-3b-5c’-5c’-3b.
La ligereza de estos juegos de rimas, los continuos encabalgamientos que subsumen –anulándolas– las correspondientes pausas versales, el empleo de puntos suspensivos que crean una atmósfera de vaguedad e inconcreción, los signos de interrogación y exclamación... todo ello le confiere al poema una grata musicalidad sobre la que descansa un contenido poemático trivial protagonizado por personajes de la commedia dell’arte.
El esquema métrico empleado por Manuel Machado es el mismo que sigue Verlaine en el poema Colombine –incluido en su libro Fêtes galantes, publicado en 1869 [Madrid, ediciones Hiperión, 2011. Colección Poesía Hiperión, núm. 617]–, y en el que evoca a personajes de la commedia dell’ arte italiana. Usa, pues, Paul Verlaine versos cortos, de seis y tres sílabas, igual que hace Manuel Machado en su lograda y graciosa imitación. Este es, como contrapunto, el poema de Verlaine, acompañado de su traducción en castellano: