“El castillo” se publicó en 1926, cuando ya Franz Kafka había muerto. Y el alejamiento de los poderes no ha mejorado nada, más bien ha empeorado, aparte de retóricas. Me dan risa los que creen en el progreso, unas cosas mejoran y otras empeoran. Y los que creen en seguir en línea recta sin fin, lleve a donde lleve. En subir la calefacción sin fin, aunque te queme, todo es subir (es lo mismo la mecanización sin fin).
Lo que progresa son los medios de dominación de unos hombres sobre otros. Hasta el punto de eliminarlos si les salen más baratas las máquinas. Aunque las máquinas hagan cosas más simples y más muertas y lo empobrezcan todo.
Los poderes se hacen cada vez más sofisticados e inalcanzables. Recuerdo una película de Werner Herzog sobre un hombre indefenso. Primero los nazis lo echaban brutalmente de su casa. Después los burócratas lo echaban con corrección política.
También recuerdo a una mujer que en Salamanca esperaba en una cola ante la Seguridad Social bajo el frío y la lluvia para pedir una cita para gestionar un derecho. Y cuando llegaba a la puerta un funcionario le decía brutalmente: No.
Y con discursos nos venden que eso es un progreso, es un avance. Los discursos lo transforman todo y lo recubren todo. Da risa, pero una risa angustiosa. La misma que tenía el humor angustioso de Kafka.
En tiempos de Larra te decían: “Vuelvan usted mañana”. Ahora no te dicen nada, te ponen delante de máquinas y códigos. La administración se esconde detrás de sus máquinas. Para ella solo eres un dígito sin cara, un número en una masa, porque les interesa masificarlo y despersonalizarlo todo. Por eso machacan a los autónomos.
La novela de Kafka tiene un estilo descarnado y desnudo, que se vuelve expresionista de puro despojado. Nada de adornos y desde luego nada de procedimientos expresivos visibles. El estilo tan eficaz consiste en ese despojamiento. Usa más bien el lenguaje administrativo sin carne como parodia. O las chorradas del lenguaje administrativo: “Proceda usted a hacer esto” en lugar de “Haga usted esto”.
La indefensión ante los poderes lejanos e intocables se vuelve incluso metafísica. Estamos ante el poder como estamos ante Dios en una teología despiadada. (Yo siempre creí, contra esa teología, que Dios es anarquista, está debajo para sostenernos y animarnos y no encima para aplastarnos).
El agrimensor K es contratado por el castillo. Pero luego nadie del castillo quiere atenderlo y tiene que hacer un montón de gestiones con burócratas y sub-burócratas para conseguir que alguien lo atienda mínimamente. Y así se siente perdido sin fin como todos nosotros.
Ese distanciamiento angustioso del poder lo plantea Kafka en otras obras. En “La condena” el protagonista trata de justificarse ante su padre, pero está condenado de antemano y se tira al río. En “El proceso” un hombre es acusado no se sabe de qué y eliminado después de infinitas humillaciones burocráticas. En “La metamorfosis” te encierran dentro de un insecto asqueroso y no puedes comunicarte. Te vuelves el extraño total.
En su “Carta al padre” Kafka trató de decirle a su padre quién era y hacerle ver que existía. Yo intenté hacer lo mismo con mi padre, pero no me sirvió de mucho. Pero los poderes ya no son padres intolerantes, son algo mucho peor, sin rostro y sin vida. Cada vez más puras abstracciones.
En “Conversaciones con Kafka” Gustav Janouch nos cuenta que Kafka era un burócrata a su pesar suyo en una agencia de seguros, pero trataba de ser amable con la gente. Su compañero de oficina contestaba con rigidez cuando alguien llamaba a la puerta, pero Kafka siempre animaba a entrar con suavidad. Kafka vio en su carne los peligros de la burocracia desalmada aumentando sin fin. El peligro de las personas perdidas sin que los poderes las atiendan. (Aunque cada vez más les sueltan discursos).
También se ve en la obra de Janouch que Kafka antes de morir sin publicar sus obras principales ya era un escritor conocido y respetado. Había publicado “La metamorfosis”, “La condena”, diversos relatos. Y era una persona con sabiduría con la que apetecía hablar. Mucho más que un burócrata.
Solo nosotros todos somos desconocidos y no respetados por las administraciones. Kafka habló por nosotros, pero seguimos aquí tirados mientras la burocracia engorda. Con sus digitalizaciones que nos quitan la carne y sus máquinas que nos despersonalizan. Seguimos triturados mientras nos dicen que progresamos.
Conviene leer “El castillo” e indignarse. Indignarse de verdad por algo que nos está triturando. Y tratar de humanizar un poco el futuro. Derribar castillos si hace falta o llenar sus habitaciones con nuestras personas. Y para eso sirve la literatura, para hacernos más lúcidos y expresivos. Para decirles a los poderes que estamos aquí. Que las personas seguimos aquí. Y solo las personas hacen literatura. Las máquinas solo hacen productos pobres y algoritmos. Como decía Unamuno: el hombre de carne y hueso está aquí.
Kafka fue un Unamuno descarnado, él mismo parece de pesadilla con sus ojos asustados. Como lo pinta Ernesto Sábato. Y se parece a los primeros existencialistas desgarrados, Kierkegaard o León Chestov. Los que le dicen que existen concretamente a las abstracciones hegelianas. Las abstracciones que dieron origen a los poderes absolutos de la era contemporánea. Cuando Hegel dijo que el Estado era la Idea Absoluta. Que lo zurzan al Estado, nosotros somos personas concretas hablando junto a una lámpara.
Y eso es lo que dice “El castillo”.