Con Felipe II, a los poetas-soldado suceden los poetas eclesiásticos, los religiosos, los profesores, los pensadores y filósofos, los exégetas y escriturarios.
Las formas italianas, importadas por Juan Boscán y Garcilaso de la Vega, se nacionalizan y empapan de contenido español, dando entrada a los temas religiosos y patrióticos, desconocidos en la lírica pagana y humanista de aquellos poetas. El tema amoroso, que continúa en gran parte de la poesía de Fernando de Herrera, se espiritualiza, merced al influjo de de las corrientes platónicas. En general, la lírica del reinado de Felipe II, cualquiera que sea su contenido temático, se distingue por su tono elevado, riguroso y erudito. Junto a ella, también persiste, el cultivo de la poesía popular y prosigue la difusión y el gusto por los romances.
La poesía de la época se ha agrupado convencionalmente, en razón de sus más destacados representantes, en dos escuelas: la salmantina, que de distingue por el armónico equilibro clásico entre expresión y contenido, preferentemente preocupada por los temas morales, religiosos o filosóficos, y cuyo eje indiscutible es fray Luis de León; y la sevillana, caracterizada por el predominio de la forma, y por su carácter brillante, enfático y sonoro, y tiene en Fernando de Herrera su figura más destacada.
Cronológicamente, la Escuela sevillana se extiende a lo largo de cien años. Iniciada por Juan de Mal Lara -pieza fundamental de Renacimiento sevillano-, y su concuñado Diego Girón, alcanza su apogeo con Fernando de Herrera, conocido con el sobrenombre de “El Divino” y, lejos de agotarse con la desaparición de este, reflorece durante toda la primera mitad del siglo XVII con Juan Arguijo, Pedro de Quirós, y quien quiera que fuere el autor de la “Epístola moral a Fabio”.
Se pueden señalar como caracteres propios de la Escuela sevillana, más acusados en unos poetas que en otros, pero fundamentalmente en Herrera, los siguientes: exuberancia verbal, brillantez elocutiva, riqueza descriptiva, empleo abusivo de neologismos y cultismos -especialmente tomados del latín-, y uso preferente de la estrofa larga. En su afán por crear una lengua fundamentalmente poética, los poetas sevillanos, y Herrera más que nadie, salpican sus versos de términos nuevos y sonoros, con los que, a las vez que dan al lenguaje poético un tono superior al de la lengua vulgar, contribuyen a enriquecer el idioma. Es lo mismo que había hecho en el siglo XV Juan de Mena, y lo mismo que hará poco después Luis de Góngora.
La pasión amorosa de Fernando Herrera por la condesa de Gelves, Leonor de Milán, un “amor platónico”.
Herrera (Sevilla, 1534-1597) sintió una desbordada pasión amorosa hacia la condesa de Gelves, Leonor de Milán, casada con Álvaro de Portugal y Colón de Toledo, II conde de Gelves y bisnieto de Cristóbal Colón, y a la que convirtió en la musa de su poesía, siempre velada con sugestivos nombres alegóricos: Aglaia -una de la tres Gracias de la mitología griega-, Esplendor, Estrella, Heliodora, Lucero, Lumbre, Luz, Sirena…, celebrando sus prendas físicas y morales en sonetos de corte petrarquista: aunque parece demostrado que el poeta siempre fue consciente de la imposibilidad de su amor, reducido a sombra vana -un amor llana y simplemente “platónico”; “Fuéme la suerte en lo mejor avara; / sombras fueron de bien las que yo tuve, / oscuras sombras en la luz más clara. // Ninguna en tantas penas que sostuve / puso merecimiento al amor mió, / cuando de merecer más cerca estuve. // Acabe ya este grande desvarío, / o, pues no acaba, estas razones vanas / que, sin provecho, a quien no escucha envío”. Lo cierto es que en doce años de adoración, Herrera solo “sombras de bien” había obtenido de la condesa, aunque entre ellos hubiera una relación de confianza tan estrecha que le hizo depositario de su testamento.
El tema del carpe diem en un soneto herreriano destinado a Leonor de Milán.
Es este un soneto de hechura manierista -refinado y artificioso- en la que queda reflejada la poética de Fernando de Herrera: la búsqueda de un nuevo lenguaje poético basado en la ornamentación. Y de ahí la continua abundancia de metáforas; de estímulos sensoriales -fundamentalmente cromáticos, porque con ellos se capta y traslada mejor la belleza que produce placer estético-; de adjetivos de carácter epíteto que refuerzan el mundo metafórico; de hipérbatos que retuercen la sintaxis; de cultismos que aportan erudición...; en definitiva, de toda una gama de variados recursos retóricos que sirven de nexo entre la sencillez de Garcilaso de la Vega y las complejidad del culteranismo de Luis de Góngora.
Herrera afronta el tema del carpe díem introduciendo -si lo comparamos con el tratamiento dado por Garcilaso de la Vega- ciertas peculiaridades conceptuales que se concentran en el primer terceto: el deterioro físico que se experimenta con el paso del tiempo -ese “tirano / señor” al que se alude metafóricamete en los versos 2 y 3, con encabalgamiento incluido- no alcanza ni al sentimiento amoroso -el “pecho honesto”, del verso 12-, que perdurará incluso más allá de la muerte física (verso 9: “I no por esso Amor mudará el puesto”), ni a ciertas cualidades humanas inscritas en el alma (versos 10 y 11: “qu'el valor lo assegura i cortesía, / el ingenio i del'alma la nobleza”), entre las que se encuentran, pues, el valor, la cortesía, el talento y la nobleza, que con la vejez no se extinguen, y que garantizan la belleza eterna -la perpetuidad del amor- a la que el propio poeta está encadenado, según expresa en el segundo terceto (versos 12-14: “Es mi cadena i fuego el pecho onesto, / i virtud generosa, Lumbre mía, / de vuestra eterna, angélica belleza”); un tercero que, deshecho el fuerte hipérbaton que contiene, habría que entender en estos términos: “el pecho honesto de vuestra eterna y angélica belleza es mi cadena, fuego y virtud generosa”.
Y mediante la antítesis ivierno frío/flores d'(e)l verano se identifican los efectos de la juventud (cabellos rubios, color rojo del semblante, con piel tersa, belleza pujante...) -comparados metafóricamente con el colorido y vistosidad de las flores en plena eclosión-, en contraposición con la decrepitud de la vejez, que terminará por anular esa juventud que relucía como si fuera perenne (versos 5-6: “cuando el ivierno frío se presente, / vencedor de las flores d'(e)l verano”). La inversión del orden cronológico -aparece en el soneto primero la vejez (verso 5: “ivierno frío”) y luego la juventud (verso 6: “flores d'(e)la verano”) ayuda a subrayar con más intensidad el contraste entre las dos etapas de la vida, y hace más patético el significado del vocablo “vencedor”, acentuando los efectos de la acción del “tirano señor” (versos 2 y 3). Pero retomemos la imagen de la mujer que el soneto describe, y que no es otra que Leonor de Milán, embellecida por los tópicos de las poesía garcilasiana más genuina. En primer lugar, al cabello rubio se alude mediante una concatenación de refinadas metáforas: “Las hebras de oro puro” (verso 1); un cabello, además de rubio, rizado -unos rizos que rodean la frente: “que la frente / cercan” (versos 1-2)- y abundante: “en ricas vueltas” -nueva alusión a los rizos-” (verso 2); y que es síntoma de la belleza de la juventud, por su carácter ardiente y brillante, capaz de emitir una dulce luz -sinestesia de alto valor expresivo-: “Í arde'n la dulce luz resplandeciente” (verso 4); pero que el despótico paso del tiempo -ese “tirano / señor”- hará desaparecer en su esplendor.
En segundo lugar -ya en el segundo cuarteto-, y tomando como referencia el cromatismo de las flores, el poeta sigue haciendo metafóricamente alusión a la juventud, con su brillo esplendoroso y apasionado: “purpúreo color” (verso 7), “lustre ardiente” (verso 8); pero esas “flores d'(e)l verano” perderán su lozanía quedándose en nada (“vano”, verso 7), y se convertirán en canas (“en plata volverán”, verso 8, que contiene un marcado hipérbaton), cuando llegue el “ivierno frío”, esto es, la vejez. O dicho de otra forma: al aproximarse la decrepitud, el sonrosado de la juventud empieza a desaparecer (verso 7: “el purpúreo color tornando vano”), así como el aspecto sano y resplandeciente (verso 8: “en plata bolverán su lustre ardiente”, ya que el color blanco del cabello indica vejez), por su carácter ardiente y brillante, capaz de emitir una dulce luz -sinestesia de alto valor expresivo-: “Í arde'n la dulce luz resplandeciente” (verso 4); pero que el despótico paso del tiempo -ese “tirano / señor”- hará desaparecer en su esplendor.
En este otro sonetos podemos apreciar un tema tópico remozado por la maestría poética de Herrera: el enamorado, postergado por la enamorada, se recrea en su desventura y la transforma en materia lírica.
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Original presentación del soneto por Artpoética: