Ha pasado casi una década desde que se publicó Tarde cerrada. Este nuevo libro, Memorias de la luz, cuenta con 39 poemas. En la contraportada leemos: “Ajeno a cenáculos literarios y a manifestaciones públicas, Rufino Félix ha ido construyendo una obra cuya culminación estética -hasta el momento- se halla en esta Memoria de la luz, con la que el lector inadvertido tendrá, si se adentra en sus páginas con el fervor debido, una experiencias poco habitual: el encuentro silencioso y cordial con la auténtica poesía”. Valoración crítica esta muy acertada. En efecto, Rufino Félix iMoriñónemprende un camino poético muy personal, al margen de tendencias literarias coetáneas; su presencia en los medios es poco habitual -salvo en algunas de las presentaciones de sus poemarios -la creación poética exige silencio y soledad-; y presenta al lector una poesía que le permite adentrarse en los más genuinos valores estéticos, una poesía que sorprende por su intensa capacidad comunicativa. Y de Memorias de la luz hemos seleccionamos el poema “Insomnio” para su comentario.
Y si la sencillez es divisa de Félix Morillón, basta con acercarse a la forma métrica del poema para comprobarlo. Lo componen 13 versos blancos de arte menor, a excepción de dos endecasílabos heroicos (versos 6 y 13); unos versos agrupados en dos combinaciones estróficas poco convencionales: la primera, de 5 versos (1-5) y la segunda de 8 (6-13). Esta división estrófica coincide con las dos partes que estructuran el poema. En la primera se observa cierta regularidad, pues se combinan exclusivamente versos tetrasílabos (el 1 y el 4) y heptasílabos (el 2, el 3 y el 5); en cambio, en la segunda, la heterometría es mayor: junto a versos endecasílabos (el 6 y el 13) hay versos heptasílabos (el 1o, el 11 y el 12), un hexasílabo (el 6) y dos `pentasílabos (el 7 y el 9). Precisamente esta heterometría le da al poema una cierta “movilidad” como trasfondo del mundo onírico de fantasía-realidad que constituye la esencia del poema. Y aunque los versos carezcan de rima, hay algunos elementos fónicos que ayudan a crear una grata eufonía: la asonancia interna /é-o/ del verso 10 (“perdiéndo un tiémpo vivo”) y, sobre todo, la prolongada aliteración del fonema vocálico (de abertura media y localización anterior) /e/ que se prolonga en los versos 6 y 7 (“En este sorprendente duermevela / puede este juego”).
El poema es un breve -pero denso- soliloquio del poeta, que aparece en primera persona (verso 4: “yo las hago [las berllas historias]”; verso 11: “cuando puedo idearme”); además, el hecho de que las formas verbales estén en presente de indicativo le permite al lector una continua actualización del mensaje que el poeta transmite. Por otra parte, la interrogación apelativa que se extiende del verso 9 al 13 no pasa de ser un recurso retorico con el que el poeta pretende que el lector haga suya lo que no pasa de ser una afirmación implícita: “Y ¿a qué dormir / perdiendo un tiempo vivo, / cuando puedo idearme / los sueños más preciados / y hacerlos realidad en esta noche?”. Recordemos que para Félix Morillón “poesía es comunicación”.
El primer conjunto estróficos es de notable simplicidad sintáctica (tan solo un leve hipérbaton en el verso 3, en el que el sujeto se ha pospuesto al verbo: [“bella historias vuelven”]) y semántica, con adjetivos antepuestos a los respectivos nombres que, como epítetos, adquieren sugestivos valores connotativos (verso 3: “bellas historias”; verso 5: “mágicas transparencias”). En el verso 2, la palabra “espejismos” es sinónimo de “ilusiones”, es decir, imágenes sin verdadera realidad, convertidas en “mágicas transparencias” (verso 5; el adjetivo “mágicas” alude a su carácter fantástico, pero su percepción es absolutamente nítida [“transparencias”]). El poeta se encuentra, pues, en un “sorprendente duermevela”, verso -el 6- con el que se inicia el segundo agrupamiento estrófico; y el adjetivo antepuesto “sorprendente” ya da una idea de lo extraordinario de la situación. En efecto, la ilusión de los espejismos altera la realidad objetiva y, en una suerte de escapismo de las experiencias cotidianas, idealiza las vivencias pasadas (esas “bellas historias”), proyectándolas, a través de la imaginación, de una manera “etérea e intangible” (son las “mágicas transparencias”).
La reflexión sobre el paso inexorable del tiempo es una constante en la poesía de Félix Morillón. Y en el segundo agrupamiento estrófico de este poema el poeta rechaza el letargo que implica la acción de dormir, al que considera una pérdida de vitalidad (verso 10: “perdiendo un tiempo vivo”) y prefiere la ensoñación que le permite hacer realidad todo mundo de excelentes ideaciones (verso 12: “los sueños más preciados”), convirtiendo la mente en motor creativo que los hace realidad en una noche de vigilia; y aunque semejante experiencia puede tener mucho de juego (verso 7), es siempre preferible al “terco insomnio” (verso 8; adviértase la contundencia significativa del adjetivo antepuesto: “terco”, es decir, pertinaz y obstinado). En conclusión: “¿a qué dormir…?” (verso 9, en el que la expresión coloquial “a qué…” no solo se utiliza con valor final para preguntar, sino que al iniciar una interrogación apelativa ayuda a afirmar aquello sobre lo que se inquiere). Hemos pasado del rechazo de la pasividad a la sobrevaloración del poder de imaginación, que permite la expresión de una creatividad sin límites.
El legado de Rufino Félix Morillón: El tiempo y el mar.
El segundo volumen de El tiempo y el mar, impreso por Gráficas Gaspar, se presentó en el salón de plenos del ayuntamiento de Mérida -ciudad de la que el poeta es hijo predilecto- el 17 de diciembre de 2020 (el primer volumen de sus Obras completas también lo editó el ayuntamiento emeritense, en el año 2003). El poeta había cumplido entonces los 91 años. En palabras del profesor Francisco López-Arza, Rufino Félix "ocupa un lugar de privilegio en la poesía extremeña", ya que sus poemarios "son auténticos, con versos que se graban para siempre, de una riqueza léxica exquisita y un sentido del ritmo delicado y nostálgico, que vibra ajeno a modas de época para alzarse con una obra intemporal". Considerado por la crítica como un “orfebre del lenguaje”, no hay duda de que “posee un gran domino del ritmo, que trabaja con maestría el verso libre y que es capaz, al mismo tiempo, de construir envidiables sonetos".