Hay obras en la dramaturgia actual que avanzan en línea recta y otras que se despliegan como un mapa roto.
La últimas, de Lucía Miranda, pertenece afortunadamente a las segundas. Nada parece suceder donde debería y, sin embargo, todo acaba ocupando su lugar en esta estructura teatral que convierte la memoria colonial española en una sátira feroz, divertida y profundamente incómoda, (para algunos).
Filipinas aparece y desaparece como una memoria frágil. Los llamados Últimos de Filipinas son apenas el hilo del que tirar para que empiece a deshacerse una madeja enorme: la colonización, el relato heroico, las estatuas que inmortalizan las derrotas transformándolas en victorias pírricas y morales, la incapacidad de España para mirar de frente su propio pasado. Esa estatua de los Últimos se levanta como un monumento a la amnesia, mientras la función insiste en señalar irónicamente todo aquello que quedó enterrado bajo el bronce.
Porque, de pronto, estamos en el Palacio de Cristal del Parque del Retiro contemplando seres humanos exhibidos como curiosidades exóticas, convertidos en espectáculo para la mirada europea. Luego aparecen Carmen Polo e Imelda Marcos, hermanadas por el poder, el lujo y el desprecio hacia quienes sostienen con su trabajo los caprichos de los poderosos. Todo parece estar conectado por una lógica absurda y exacta a la vez. Porque todo es así y también al revés.
Magallanes zarpa una y otra vez hacia la gloria de los libros de historia mientras “Lapu Lapu” permanece esperando para recordarnos que toda conquista tiene otra versión. Las monjas de sor Jerónima de la Asunción atraviesan el escenario como una sombra persistente de evangelización y dominio cultural. Los siglos se superponen sin pedir permiso. El tiempo histórico deja de ser una línea para convertirse en un remolino y da saltos hacia atrás y hacia adelante en un ‘duermedespierta’ de recién nacidos.
Y en medio de todo ello, o más bien desde el principio, surge una idea que atraviesa la función como una enfermedad: el cáncer de la Madre Tierra. La explotación colonial y la explotación del planeta aparecen como síntomas de la misma lógica extractiva. Conquistar territorios, apropiarse de cuerpos, expoliar recursos, construir relatos heroicos. La herida cambia de nombre, pero sigue abierta.
Resulta imposible hablar de la función sin destacar el trabajo extraordinario de sus intérpretes. Todos transitan con una versatilidad admirable entre personajes, épocas, registros y estados de ánimo. Cantan, bailan, caricaturizan, emocionan y regresan inmediatamente a la sátira sin que se perciban las costuras. Sostienen el caos con precisión de relojero.
Al salir del Teatro Valle-Inclán uno tiene la sensación de haber recorrido varios siglos en apenas dos horas. También la impresión de que la Historia es un escenario donde los fantasmas nunca abandonan del todo el patio de butacas. “Y siempre tiene el invierno 101 años”, como escribiría Gerardo Diego.
Quizá porque las viejas heridas regresan obstinadamente. Quizá porque la memoria, como ocurre en esta brillante función, no avanza nunca en línea recta. Da vueltas, tropieza, canta, se burla de sí misma y vuelve a empezar.
La últimas no pretende ordenar el pasado. Lo revuelve. Y en ese desorden lúcido, mordaz y juguetón encuentra toda su fuerza.
LAS ÚLTIMAS
Una creación de Cross Border
Texto y dirección: Lucía Miranda
Escenografía: Alessio Meloni
Iluminación: Pedro Yagüe
Vestuario: Anna Tusell
Música: Nacho Bilbao
Dirección musical: Laurence Aliganga y Nacho Bilbao
Coreografía: Chris Angelous Manalo
Caracterización: Johny Dean
Producción: Centro Dramático Nacional