EL RINCÓN DE LA POESÍA

Un metasoneto de Blas de Otero: la poesía como vehículo para canalizar la angustia existencial. VIII

Blas de Otero

Nuestro poema de cada día

Fernando Carratalá | Viernes 26 de junio de 2026
El soneto de Blas de Otero refleja la angustia existencial del ser humano ante el silencio divino. A través de metáforas y un lenguaje intenso, el poeta expresa su desamparo y la búsqueda de trascendencia, encontrando en la poesía un refugio para mitigar su dolor y soledad.


ESTOS SONETOS
Estos sonetos son los que yo entrego,
plumas de luz al aire en desvarío;
cárceles de mi sueño; ardiente río
donde la angustia de ser hombre anego.
Lenguas de Dios, preguntas son de fuego
que nadie supo responder. Vacío
silencio. Yerto mar. Soneto mío,
que así acompañas mi palpar de ciego.
Manos de Dios hundidas en mi muerte.
Carne son donde el alma se hace llanto.
Verte un momento, oh Dios; después, no verte.
Llambria y cantil de soledad. Quebranto
del ansia, ciega luz. Quiero tenerte,
y no sé dónde estás. Por eso canto.

Blas de Otero: Ángel fieramente humano.
Madrid, Ínsula, 1950.

Apoyo léxico.

Llambría. Parte de una peña que presenta un plano muy inclinado y resbaladizo, lo que la convierte en una zona complicada o peligrosa para transitar por ella. Cantil. Borde de un desfiladero; acantilado vertical. Ambos vocablos (verso 12), de procedencia geológica, representan, metafóricamente, la soledad abismal en que se encuentra el poeta ante el silencio de Dios, que parece estar ausente, condenando sus ansias de elevación espiritual a la más profundad desolación, y aumentando su angustia esencial. [Y así lo expresa en el terceto que cierra el soneto “Hombre”: “Esto es ser hombre: horror a manos llenas. / Ser -y no ser- eternos, fugitivos. / ¡Ángel con grandes alas de cadenas!”].

El soneto encabeza la tercera parte de Ángel fieramente humano” -que lleva por título “Poderoso silencio”. (La obra comprende 32 poemas, distribuidos en Introducción, tres partes y Final; Y esta tercera parte se centra en el silencio de Dios en la vida del hombre).

La mayoría de las composiciones de esta obra son sonetos, que dominan en la 1.ª y 3.ª partes; mientras que el resto se distribuye entre liras y otros moldes estróficos. Una visión de conjunto de la obra se encuentra en el artículo de Laura R. Scarano “La experiencia del desamparo en Ángel fieramente humano de Blas de Otero” (en Cuadernos para la investigación de la literatura hispánica, núm. 8, 1987, págs. 167-192).

https://www.fuesp.com/wp-content/uploads/cilh-8-167-192.pdf


Antes de comentar el contenido del soneto, reflexionemos sobre una forma métrica que Otero domina a la perfección: 14 endecasílabos distribuidos en dos cuartos (con rimas consonantes ABBA/ABBA) [/-ágo/]: “entrego/anego/fuego/ciego” y dos tercetos con rimas consonantes CDC/DCD [-/érte/]: “muerte/verte/tenerte”, [/-ánto/]: “llanto/quebrato/canto”. En cuanto al ritmo de los endecasílabos, hay un predominio del sáfico (el 64,4 % del total: versos 4; 5, 6, 7, 8 (todos los del segundo cuarteto); 11; y 12, 13 y 14 (todos los del segundo terceto); son de tipo enfático los versos 1, 2, 3; 9 y 10 (el 35,6 % del total. Y presentan un acento antirrítmico los versos 1 (en la sílaba 9.ª: “Éstos sotos són los que yó entrégo”; precisamente en el pronombre personal “yo”), 4 (“donde la angústia de sér hómbre ago”; sobre la 7.ª sílaba, en la forma verbal “ser”, que expresa “esencialidad”); 13 (“del ánsia, ciéga lúz. Quiéro tenérte”; en 7.ª sílaba); y 14 (“y nó sé dónde estás. Por eso canto”; en 3.ª sílaba).

El soneto presente, además, un aspecto métrico frecuente en la poesía de Otero de esta época: la combinación de encabalgamientos y pausas internas, que tiene su transcendencia en una sintaxis entrecortada; y, sobre todo, con las aceleraciones y paradas bruscas, sirve para difundir por el poema un tono brusco que hace más intensa, en el plano del contenido, la expresión de angustia existencial que consume al poeta. En efecto, hay en el poema encabalgamientos de tipo oracional en los que el ritmo luye con suavidad; tal es el caso de los encabalgamientos de los versos 3-4 (“ardiente río / donde la angustia…”) y 5-6 (“son de fuego / que nadie supo…”). Muy distintos son, en cambio los encabalgamientos abruptos que se producen en los versos 7-8 (“Vacío/ silencio. Yerto mar”) y 12-13 (“Quebranto / del ansia. Luz ciega”), y que originan sendos braquistiquios. (Un braquistiquio es un término métrico que designa un fragmento muy breve de verso -un “hemistiquio corto”- que está delimitado por una pausa y rompe el ritmo habitual de un poema). Y si a esto añadimos las múltiples pausas (son versos pausados el 3, el 5, el 7, el 12 y el 14; y polipausados los versos 7, 11 y 13), obtendremos como resultado una estructura poética bruscamente entrecortada, que ayuda a crear el clima agobiante que el contenido del poema exige: el deseo de trascendencia del ser humano es respondido por Dios con el silencio. Aunque, como vamos a comentar más adelante, el poeta, cegado el camino espiritual, encuentra en su propio universo poético un cauce para mitigar su angustia existencial. Y para eso precisamente sirven sus sonetos.

Analicemos, pues, estrofa por estrofa, porque en ellas Otero no solo lleva a cabo un ejercicio de metapoesía -al reflexionar sobre el acto mismo de escribir un soneto-, sino que además “explica” el entorno hostil y desarraigado en el que se encuentra: ese “dolor existencial” del que Dios está ausente. Por lo tanto, el soneto, más allá de ser un mero “producto estético”, se convierte en la vía más adecuada para paliar el sufrimiento que comporta la condición humana, y de la que Dios está ausente.

Primer cuarteto. El poeta se dispone a encerrar en los sonetos que componen su obra (Ángel fieramente humano), “la angustia de ser hombre” (verso 4). Y lo explica en una sorprendente concatenación de metáforas: la poesía es algo ligero -frágil, volátil, luminoso-, fuera de razón y cercana, por tanto al sinsentido (verso 2: “plumas de luz al aire en desvarío”); y los sonetos, por la rigidez de su estructura, aprisionan ese mundo mágico de ensoñaciones en que se desenvuelve el poeta (verso 3: “cárceles de mi sueño”); todo un caudal de emociones pasionales que incendian su interior anímico (verso 3: “ardiente río”). Y el dolor existencial de estar vivo -como antes señalábamos- se diluye gracias a la poesía (verso 4: “donde la angustia de ser hombre anego”; adviértase el hipérbaton que ha anticipado el complemento y retrasado el verbo al final de la oración y del verso).

Segundo cuarteto. Los grandes interrogantes sobre la existencia humana, convertidos metafóricamente en “preguntas de fuego” -por el componente vehemente que encierran- carecen de respuesta (versos 5-6); y, en su lugar, solo existe la nada (un “vacío / silencio” -versos 6 y 7-), la muerte -que simboliza el “Yerto mar” (verso 7), que, en todo caso, es la actitud de Dios ante los lamentos del poeta, y que, sin embargo, y a modo de lazarillo, tiene el soneto, al que se dirige en un apasionado apostrofe lírico: “Soneto mío” (verso 7). En efecto, ante esa desorientación que le lleva a caminar a ciegas por un mundo incomprensible, el poeta solo se siente reconfortado -y acompañado- por su propio poema (verso 8: “que así acompañas mi palpar de ciego”). Dos intensas metáforas sostienen, pues, el cuarteto: una lo inicia (“Lenguas de Dios”) y otra lo cierra (“mi palpar de ciego”): es la manifestación de las dudas incomprensibles y de la incertidumbre de vivir sin resolverlas; y el soneto -el arte poético- es, por así decirlo, la auténtica “tabla de salvación”, el refugio en el que se siente seguro. Recordemos, por otra parte, que la sintaxis asindética -sin nexos ni verbos- acentúa la angustia existencial que el poeta quiere -y logra- traducir.

Primer terceto. Arranca con una intensa paradoja que refleja la frustración del ser humano: la presencia de Dios -sus “manos”-, aunque le dan corporeidad, lo abocan a la muerte (verso 9); su fragilidad terrenal solo trae aparejado un gran quebranto físico y espiritual: es el “llanto del alma”, convertido en angustia vital (verso 10). Llegado a este punto, el poeta interrumpe su discurso para dirigirse vehementemente a su interlocutor (adviértase la fuerza expresiva de ese “oh Dios”, entre comas, a mitad de camino entre la plegaria suplicante y el reproche adolorido) para expresarle su desolación: ese “verte/no verte”, sin solución de continuidad (verso 11) es el atormentado lamento del poeta, sumido en el más absoluto vacío existencial.

Segundo terceto. Encierra la clave no solo de este soneto, sino de toda la poesía de tono religioso de Otero anterior a la publicación de Pido la paz y la palabra, obra con la que se produce su giro hacia la poesía social. Este es, precisamente, el arranque del poema “A la inmensa mayoría”: “Aquí tenéis en canto y alma al hombre / aquel que amó, vivió, murió por dentro / y un buen día bajo a la calle: entonces / comprendió y rompió todos sus versos”. Y así termina: “Yo doy todos mis versos por un hombre / en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso, / mi última voluntad. Bilbao, a once / de abril, cincuenta y uno”. Y esta es la oración que cierra el soneto: “Por eso canto”. ¿Y por qué canta el poeta? Ante la “soledad de Dios”, y aunque persista el deseo de alcanzarlo (versos 13-14: “Quiero tenerte / y no sé dónde estás”), al poeta solo le queda el recurso de su poesía, con la que puede dar salida a su angustia; aun cuando la dificultad resulte sobrecogedora (versos 12 y 13: “Llambria y cantil de soledad. Quebranto / del ansia, ciega luz” (adviértase la fuerza expresiva del oxímoron “ciega luz”, que, además, encierra una inquietante paradoja). Y “por eso canto”, grita el poeta, al que solo le queda la voz de su arte para resistir los embates de Dios, transformado en una silenciosa ausencia.

Puedes comprar el libro en:

TEMAS RELACIONADOS:


Noticias relacionadas