FIRMA INVITADA

MAR DE MARCHIS, NOTORIEDAD Y MÁSCARA

Simone Weil

CAPÍTULO 1

Rafael Balanzá | Domingo 28 de junio de 2026

La primera vez que oí hablar de Mar de Marchis fue precisamente la noche de la presentación de mi novela “Muerte de atlante” –Anaya, 2024- en Alicante. Ese nombre, de resonancias vagamente aristocráticas, con equívocos vislumbres de máscara veneciana, divisada tal vez en la grisalla vaporosa de algún canal durante los carnavales, todavía no significaba nada para mí cuando se lo oí pronunciar a Rafa Burgos, el veterano y destacado periodista de El País. La mención surgió en un excelente restaurante marroquí al que acudimos después de la brillante y generosa intervención de mi paisano y tocayo. Cumplido en la librería el consabido ritual de firma de ejemplares, no tuvimos que hacer otra cosa que cruzar la calle para ir a buscar nuestro premio: una cena africana y suculenta.



Además del otro R. B. estaba allí mi mujer, y también nos acompañaban nuestros amigos Lorenzo y Nuria de Alicante. El ambiente era distendido –la presentación había salido bien-, así que la conversación fluyó animada y entreverada de bromas, como suele suceder cuando después de la tensión de un evento público nos encontramos ya en la exclusiva, y excluyente, compañía de buenos e íntimos amigos. Se habló de varias cosas, mientras compartíamos el cuscús y el tayín, pero ninguna interesará tanto al lector, sospecho, como las revelaciones de nuestro periodista acerca de la fundadora de la influyente revista Jot Down. Así que vamos directos al asunto, si les parece. Rafa andaba rastreando por Alicante la pista de Mar de Marchis, a instancias de cierto compañero suyo… pero de esto no debo decir nada más, saque el lector sus propias conclusiones. Para lo que interesa en cuanto al propósito de este artículo, bastará con señalar que María Jesús Marhuenda Irastorza, que era como se llamaba realmente, había estudiado en Calasancio, a dos pasos del colegio Inmaculada de los jesuitas, donde estudié yo hasta mis 16 años, edad con la que me trasladé o –más precisamente- fui trasladado a Murcia por mis padres. Pero ahí no terminaban los paralelos ni, por consiguiente, la perplejidad del que suscribe. Porque nos contó Burgos, también, que aquella adolescente que acabaría fundando una revista digital gafapastil, cultureta, de aire un tanto canalla (con la que llegaría a interesar nada menos que al mismísimo grupo PRISA), había sido desde su temprana edad una persona con ciertos rasgos de marginalidad e inadaptación. Eso era lo que se derivaba, al menos, de las escasas y confusas informaciones reunidas, dado el carácter lábil y evanescente del personaje. Otra rara, pensé. O para glosar el stream of consciousness de un modo más completo: otra rara… como yo. Aunque, por otro lado, considero que siempre he sido bastante sociable, lo que marcaría una obvia diferencia entre ambos, pero raro y extravagante sí lo era; creo que eso no lo negará nadie que me conociera en aquellos años.

De modo que tenemos, recapitulando, a un joven alicantino extravagante que dominaba el lenguaje con madurez impropia de su edad según sus profesores; un híbrido de retórico bizantino y charlatán de feria que pasó vertiginosamente de los sobresalientes a los suspensos, y de estos al más rotundo fracaso escolar, para ir a desembocar en una juventud desnortada, pendenciera y nocturna, trufada de alcohol y drogas. Y por otra parte columbramos a una alicantina huraña, socialmente remisa y muy probablemente disconforme con su entorno humano. El primero terminaría viviendo en Murcia y la segunda en Santa Pola. Aquel, sin título universitario ni aval académico de ninguna clase, fundó la última revista unipersonal en papel, con la trasoñada inspiración de la vieja vanguardia, calificada luego por Fernando Arrabal como “la mejor de Europa” y seguida con pasión desbordante, entre otros, por Luis Alberto de Cuenca. La segunda engañó a tirios y troyanos, haciéndose pasar por una misteriosa aristócrata italiana, para poner en pie un proyecto que se reputa audaz, combativo y que es venerado hasta hoy por cientos de miles de fieles lectores.

Cuando yo editaba El Kraken no era una figura pública, sino un personaje enteramente anónimo, aunque empezaban ya a reconocerme ciertos notables de nuestras letras. Todo eso sucedió antes de la crisis financiera de 2008. Jot Down, en cambio, es una criatura alumbrada pocos años después de esa debacle. Y pese a su indiscutible éxito, no existe ni una sola fotografía conocida de su fundadora. Justo lo contrario sucedió conmigo tras el Gijón, en 2009, que desató una pedrea de retratos míos (¡y a veces de otros con mi nombre!) en las páginas culturales de suplementos y diarios.

CAPÍTULO 2

Por azar, o por necesidad del algoritmo, me tropecé en X con un artículo titulado “De Judith Butler a Javier Gomá. La todología como mal endémico de los intelectuales sin ideas (nuevas)”, firmado en Jot Down por un tal Hipólito Ledesma, en el que se reprochaba al filósofo su esfuerzo constante por mantener su presencia pública cuando, según el autor de la pieza, ya no tiene nada nuevo que aportar y haría mejor callando. Aunque en un primer momento tomé partido por Gomá, creo que ha llegado la hora de revelar una verdad incómoda. Lo cierto es que después de aquella conversación nuestra en la fundación Juan March, cuando nos despedíamos en el jardín recoleto que la rodea, yo también le recomendé que a partir de aquel instante se resignara a un disciplinado y ejemplar silencio. “Lo que tenías que decir –sentencié- ya está dicho. Ahora debes marcharte a una cueva. Te propongo los túneles del Maigmó en Alicante, porque son largos, oscuros y poco frecuentados.” Quedó desconcertado, Javier: “Rafa… esto que me pides…” Recuerdo con ternura sus balbuceos, aquella mañana radiante de marzo. “Debes entender –trataba de alegar, en vano- debes comprender que yo…” Volví a la carga: “¡En silencio, Javier! Hazme caso. Debes enmudecer durante al menos diez años. Verás como así atraes primero la mirada de los más perspicaces, y a continuación la de los curiosos… Y tras ellos, te lo aseguro, acudirán a ti las masas, miríadas de nuevos lectores interesados en la filosofía. Sigue al pie de la letra mis instrucciones y alcanzarás tu mayor éxito. Tu silencio se volverá atronador para el mundo, ya lo verás. Tu mutismo se convertirá en el resonante heraldo de tus hallazgos.”

Desgraciadamente, ya lo saben ustedes, no me hizo el menor caso. En lugar de eso, vive como un hombre entre los hombres, y no como el genio distante y hermético que yo deseaba. Responde a todo el que lo interroga con corrección, es atento y amable incluso con los más ignorantes, siempre que no sean, además, impertinentes. Se rodea de gentes de toda condición y permite (me ruborizo al escribirlo) permite que se le acerquen mujeres… y hombres de vida licenciosa. Y claro, por desgracia así está dilapidando su carisma, y salda su obra entregándola a la vulgaridad más irredenta. Es posible que llevado de su conocida megalomanía esté tratando de imitar al mismísimo Jesús, quien al parecer permitía que se le acercasen los chiquillos y hasta corretearan a su alrededor, salpicándolo con sus babas. ¡Así, no se puede mantener autoridad alguna! Y ya saben cómo acabó esa historia. Cuánto mejor habría hecho Gomá imitando a los esenios, apartándose del mundo, maligno y pecador, para rezar con otros santos a la espera de la ira de Dios y de la tormenta purificadora de fuego. Qué lástima que Javier no se recluyera en los túneles del Maigmó cuando todavía estaba a tiempo.

COROLARIO

No, no he leído todavía “La bola”, pero acabaré haciéndolo, por supuesto -ya que todos, incluso Gomá, la han elogiado-; tal vez a la luz de esa lectura halle respuesta a enigmas tan profundos como los que atañen a nuestra identidad pública y privada, a la verdad y a la mentira de nosotros mismos o a la perduración de nuestras obras. Yo nunca he negado mi vanidad, pero les aseguro que si tuviera que elegir entre mi (modesta) celebridad personal y la difusión de mis libros, no dudaría un instante: prefiero lo segundo. Cuando Simone Weil agonizaba en su cama de Ashford, apenas le preocupaba no haber sido conocida más allá de un selecto grupo de intelectuales, sin embargo, se desesperaba ante la idea de que se perdiera su legado, esa “mina de oro” que estaba segura de haber encontrado. Kafka, por su parte, como todos sabemos, ordenó a Max Brod que destruyera sus escritos; por fortuna, el amigo fiel desobedeció aquella triste orden. Y hoy ya no hay un lugar en el mundo donde no se reconozca el rostro alargado y taciturno del genio de Praga. La condición humana da para casi todo. Hay quien mata a un gran personaje para arrebatarle un pedazo de su notoriedad, y otros queman un bosque para contemplar el infierno que han creado al resguardo de su anonimato. Nos ha explicado Gomá muchas veces que la ambición de la posteridad es la más noble y legítima para un artista. Comparto esa idea. Sigo estando de acuerdo con él a menudo, aunque desoyera mi sabio consejo de recluirse en una gruta para impresionar al mundo. Sé que de todas formas alcanzará el éxito global que merece, gracias a un dato secreto. No se lo digan a nadie, pero en el fondo… es coreano. Lo único que está claro para mí es que la celebridad sigue siendo lo que ha sido siempre: un accidente banal, a menudo ingrato. Una máscara pública puede estar sólo al servicio de un ego, pero también puede servir para propulsar una obra. Ya lo explicó genialmente Arrabal: “La fama es un trozo de nada que el artista agarra al vuelo sin saber por qué”.

Rafael Balanzá

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