Parece entenderse que para hacer un musical hacen falta cuarenta artistas en escena, una orquesta donde el arco del violín se le mete en el ojo al músico de al lado, un decorado que se asemeje a la construcción de La Sagrada Familia y un presupuesto que obligue a hipotecar un país pequeño.
Pero entonces llega Gutenberg, el musical, les saca la lengua y demuestra que, con dos actores, un piano, un puñado de gorras y toneladas de talento, se puede montar una fiesta infinitamente más divertida que muchas superproducciones que cuestan lo mismo que viajar a la luna.
Anthony King y Scott Brown escribieron una gamberrada divertidísima. Zenón Recalde la adapta y dirige sin intentar domesticarla, afortunadamente, Didac Flores la viste musicalmente con precisión de relojero y El Tío Caracoles hace posible que semejante disparate llegue a buen escenario. Milagros teatrales ha habido menos creíbles y menos afortunados.
Pero el verdadero milagro lleva nombres y apellidos: Iker Montero, de Alcorcón, para más señas, y Albert Bolea, de Tarragona, para más sin más.
Lo suyo no es interpretar personajes. Lo suyo es sufrir una posesión múltiple de personalidades delante del público. Entran, salen, cambian de voz, casi de cuerpo, de energía, de sombrero —perdón, de gorra— y antes de que el cerebro procese quién demonios están siendo ahora, ya son otro distinto. Todo con una naturalidad tan insultante que parece que cualquiera podría hacerlo... hasta que recuerdas que no. Que no todo el mundo puede.
Cantan como si esto fuera Broadway, bailan como descosidos y, sobre todo, tienen ese don tan escaso de mirar al público sin parecer que están esperando el aplauso. Lo convierten en cómplice. Y ahí es donde la función se crece.
Mientras tanto, Nico Sans, impertérrito, permanece al piano con la serenidad de quien ha aceptado que trabaja para dos encantadores desequilibrados. Es el último adulto de la sala. El hombre que sostiene el edificio mientras alrededor vuelan palabras, chistes y notas musicales.
La mayor genialidad del libreto consiste en reírse del propio teatro musical con una falta absoluta de respeto... pero desde el cariño más profundo. Aquí todo tiene su punto de mira: los productores, los compositores, los inversores, las estrellas, los musicales grandilocuentes, los tópicos del género y esa costumbre tan humana de vender una idea mediocre como si fuera Los Miserables.
Y, por supuesto, está Gutenberg.
Porque el pobre Johannes acaba siendo casi una excusa para hablar de algo mucho más reconocible: lo complicado que resulta que cualquier idea nueva salga adelante cuando siempre aparece un iluminado dispuesto a prenderle fuego o a hacerlo escombros. En este caso con sotana. Ese monje malísimo, caricaturesco hasta el delirio, es la prueba de que el enemigo del progreso nunca desaparece; simplemente actualiza el vestuario.
La puesta en escena tiene una virtud extraordinaria: jamás intenta engañar al espectador. Al contrario. Le dice: «Esto es todo lo que tenemos. Ahora haz el favor de poner tú la imaginación». Y el público, encantado, obedece. Porque cuando la ilusión teatral está tan bien manejada, un escenario desnudo acaba pareciendo el Vaticano, Maguncia o el fin del mundo, según convenga.
Los números musicales están perfectamente medidos. Hay canciones que nacen como una broma y acaban provocando la carcajada. Hay coreografías que se dejan llevar por los pies. Porque el espectáculo nunca olvida que el ridículo, cuando se ejecuta con precisión quirúrgica, es una de las formas más sofisticadas del arte.
Y luego está el sonido.
No el diseño sonoro. El sonido como entidad paranormal. Como ese ratón de teatro con contrato fijo que aparece cuando menos conviene para recordarnos que el directo también improvisa. Lejos de molestar, termina comportándose como un actor secundario con vocación de saboteador. Casi se le coge cariño.
La función, además, dispara pequeños proyectiles contra la actualidad sin detener el ritmo. Los anacronismos aparecen cuando les da la gana, porque la lógica aquí cotiza bastante por debajo del sentido del humor. Y hacen bien. La coherencia está muy sobrevalorada cuando uno lleva más de una hora riéndose sin pedir permiso.
En estos días en los que el verano derrite el asfalto y amenaza con fundir también el ánimo, encontrarse con un montaje así resulta terapéutico. Refresca más que el aire acondicionado de un centro comercial y sienta mejor que la primera cerveza helada después de atravesar una plaza a cuarenta grados.
Salimos del teatro convencidos de dos cosas. La primera: que los sueños hay que perseguirlos incluso cuando todo el mundo te dice que son imposibles. La segunda: que tampoco estaría mal que, de vez en cuando, esos sueños pagaran el alquiler.
Y si además consiguen imprimir, como una imprenta, una sonrisa y dejar la impronta de un rato más que agradable... Gutenberg estaría contento. El monje malo, no tanto.
GUTENBERG, EL MUSICAL
Producción General: El Tío Caracoles
Dirección: Zenón Recalde
Texto: Anthony King y Scott Brown
Elenco: Iker Montero, Albert Bolea
Dirección musical: Didac Flores
Músico: Nico Sans