El DRAE nos da la información sobre el origen de la palabra "jitanjáfora" y nos precisa su significado:
jitanjáfora, última palabra del tercer verso de un poema repleto de voces sin significado, pero de gran sonoridad, que compuso en 1929 el poeta cubano M. Brull y de la que se valió el humanista mexicano A. Reyes, 1889-1959, para designar este tipo de enunciados. Texto carente de sentido cuyo valor estético se basa en la sonoridad y en el poder evocador de las palabras, reales o inventadas, que lo componen.
Mariano Brull (1891-1956) fue un importante poeta cubano, fuertemente influenciada por Stéphane Mallarmé y Paul Valéry, partidario de una poesía pura, en contraposición a la que abordara temas sociales o se inspirara en temas afrocubanos. Y, en efecto, fue el creador de la jitanjáfora -restudiada por el poeta mexicano Alfonso Reyes-, un poema en el que las palabras carecen de significado, pero producen sorprendentes efectos sonoros. Este es, precisamente, el poema aludido en la información académica, recogido en su libo Poemas en menguante (1928):
Como puede comprobarse, esta jitanjáfora se ha formado con la combinación de dos estrofas de versos octosílabos en las que riman en consonante los versos pares, aun cuando las “palabras rimadas” se hallan desprovistas de representación conceptual. No es, por tanto, el tipo de jerigonza que utilizaban por ejemplo, Rinconete y Cortadillo (los pícaros de la novela cervantina), ya que por jerigonza o germanía se entiende la “jerga o manera de hablar de ladrones y rufianes, usada por ellos solos y compuesta de voces del idioma español con significación distinta de la verdadera, y de otros muchos vocablos de orígenes muy diversos”. En la jitanjáfora no cabe la lógica: se trata de crear emociones e incluso de generar belleza a través de los sonidos de “palabras posibles”, pero sin funcionalidad lingüística.
Volvamos al libro Poemas en menguante, de Brull. En él nos encontramos con este poema -el 16-, titulado “Verdehalago” que, como afirma Alfonso Reyes, “no se dirige a la razón, sino más bien a la sensación y a la fantasía” -aunque formaría parte del grupo de las “jitanjáforas impuras”, según la terminología del propio Reyes-
Como señala Gloria Videla de Rivero, “El ritmo, las aliteraciones con sonidos suaves y acariciantes (líquidas), alternando con oclusivas, el juego envolvente de los verdes, con antecedentes en Juan Ramón Jiménez y en García Lorca, ciertos toques reminiscentes de las tradicionales rondas infantiles de origen popular español (Estaba 1a pájara verde / sentada en un verde limón...) que también inspiraron a Lorca: “(...) Debajo de la hoja / de la lechuga / tengo a mi amante / malo con calentura.” [cf. ‘Las tres hojas’] y ese final sugerente de una feliz repatriación: ‘Vengo de Mundodolido / y en Verdehalago me estoy’. En este poema muestra Brull la capacidad de sugestión sensorial de su palabra y prueba su deseo de belleza intelectiva”. Cf. “La poesía pura en Hispanoamérica: Poemas en menguante de Mariano Brull”. En Revista de Literaturas modernas, núm. 19, 1986, págs. 63-81. Universidad Nacional de Cuyo. Mendoza (Argentina).
https://bdigital.uncu.edu.ar/objetos_digitales/16277/04-videla-revlitmod19-86.pdf
Podemos intentar rastrear jitanjáforas en la literatura española. Y reparamos en un poema del poeta hispano-portugués Gil Vicente (1465-1536), perteneciente a la obra Auto do triunfo do inverno; aunque, hablando con propiedad, lo que este poema contiene son “juegos onomayopéyicos”, con monosílabos muy musicales, pero no se esta elaborando un nuevo lenguaje:
Saltemos ahora a Lope de Vega, y a su célebre letrilla “Piragua, piraguamonte”, incluida en la comedia El arauco domado, y de la que solo reproducimos los versos iniciales:
Aquí sí que podríamos hablar de un antecedente de la jitanjáfora, y no tanto por la composición “piragua+monte” (“piragua” es palabra de origen caribeño), sino por la invención de la palabra “jevizarizagua”, sin el menor significado conceptual. En efecto, el valor de esta creación léxica radica exclusivamente en su sonoridad, en su idoneidad para mantener cierto ritmo y en su belleza fonética, al introducir en el poema sonidos alegres y eufónicos, desentendiéndose del sentido racional que debe presidir el lenguaje.
En este enlace puede leerse el poema completo de Lope de Vega:
Y si hay un poema, en la poesía del siglo XX, donde la jitanjáfora adquiere una sorprendente belleza eufónica, ese es el titulado “El Bosco”, de Rafael Alberti, incluido en su obra A la pintura. (Poema del color y la línea). [Obra completa. Tomo II. Poesía (1939-1963). Madrid, Aguilar, 1988; págs. 309- 312], y cuyo tema de inspiración es el cuadro “El jardín de las delicias”, conservado en el Museo del Prado. Cuanto más se leen sus enumeraciones caóticas, más llama la atención un léxico caracterizado por su irracionalidad. Este es el comienzo del poema:
Y en este enlace puede leerse completo el poema de Alberti:
https://ciudadseva.com/texto/el-bosco/