FIRMA INVITADA

LIZARRAGA

Amanecer en un pueblo de Navarra, donde un mercado local ofrece productos frescos y cultura vasca en el aire. (Foto: Imagen generada por inteligencia artificial – Cibeles AI).

PLAZA DE GUIPÚZCOA

Begoña Ameztoy | Martes 04 de agosto de 2026

Ya está a la venta la lotería de Navidad. Cada vez gira más rápida la rueda del hámster en la jaula donde estamos metidos. No te extrañe que repita cada año mi columna más emblemática.



Lizarraga es el punto de inflexión y de partida, el punto de encuentro y de referencia, el punto y aparte y hasta el punto pelota. En plan pedante, podría decir que Lizarraga es el Alfa y el Omega de mis ancestros. Aunque si me das a elegir, con permiso de Los Chunguitos y Rosalía, hubiera preferido nacer en el Mediterráneo de la costa gaditana, entre palmeras datileras y una temperatura media de 26 grados a la sombra. Será mi karma y lo que tú quieras. Pero lo asumo, tío, soy vasca. Es lo que hay.

Cuando leas esta columna, estaré en uno de los parajes más agrestes y bellos de la Navarra profunda. Frente al monte Beriain, una enorme roca de 1494 metros. Sus materiales calcáreos de origen marino formaron ese majestuoso bloque granítico en la Era Terciaria, hace unos 50 millones de años, cuando las sierras de Urbasa y Andía eran un gigantesco mar. Échale güevos. Como para no quedarte flipao. Lizarraga podía haber sido una nueva tierra prometida. Shangri-la, el mítico valle tibetano donde reina la armonía y la paz. Pero nadie es perfecto y los guardianes de la cultura vasca, tampoco. Han perdido demasiado tiempo recreándose en las esencias y han olvidado lo esencial: el lenguaje democrático universal que prioriza el respeto por la libertad y la convivencia. Nos han enseñado a hablar euskera. Sin tener en cuenta que lo realmente importante es lo que dices, no en qué lengua lo dices.

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