En algún lugar de España, una mujer sostiene entre las manos una pequeña caja con unos restos óseos. Son los de su abuelo. Nunca llegó a conocerlo. Nació varias décadas después de que aquel hombre fuera asesinado durante la Guerra Civil o la represión franquista. Sin embargo, llora. Lo hace con la intensidad con la que se despide de alguien cuya ausencia ha estado siempre presente en su vida.
La escena se ha repetido cientos de veces durante las últimas dos décadas. Las imágenes de las exhumaciones han pasado a formar parte del paisaje público de la democracia española. Hemos visto arqueólogos abrir fosas comunes, antropólogos identificar esqueletos y familias recuperar, por fin, los restos de sus seres queridos. Habitualmente interpretamos esos momentos desde la historia, la política o los derechos humanos. Hablamos de verdad, justicia, reparación o memoria democrática. Todo ello es cierto. Pero quizá hemos pasado por alto una pregunta mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más profunda.
¿Por qué una persona puede sufrir por una pérdida ocurrida casi noventa años antes de su nacimiento? ¿Cómo es posible que una guerra siga dejando una huella emocional en quienes nunca la vivieron? ¿Qué ocurre psicológicamente cuando una familia permanece durante generaciones sin saber dónde está un padre, un abuelo o un hermano, sin haber podido celebrar un funeral, despedirse o simplemente colocar un nombre sobre una tumba?
Sorprendentemente, la historiografía española apenas había abordado estas cuestiones desde una perspectiva empírica. Durante décadas hemos reconstruido con enorme precisión la violencia de la Guerra Civil: conocemos los mecanismos de la represión, la lógica de las desapariciones forzadas, el funcionamiento de los consejos de guerra, la dimensión de las fosas comunes y las políticas de memoria desarrolladas desde la democracia. Sin embargo, sabemos mucho menos sobre las consecuencias psicológicas que esa violencia produjo en las familias y, sobre todo, sobre la forma en que esas consecuencias pudieron proyectarse sobre las generaciones posteriores.
Durante los últimos años hemos intentado responder a esa pregunta combinando dos disciplinas que rara vez habían dialogado de manera sistemática en el caso español: la Historia y la Psicología. El resultado no consiste únicamente en una nueva interpretación del pasado. También propone una forma distinta de estudiar las guerras. Porque los conflictos no terminan necesariamente cuando cesan los combates. En ocasiones, continúan viviendo en las emociones, los silencios y las relaciones familiares de quienes nacieron mucho después de que desaparecieran los últimos disparos.
Lo que hemos encontrado obliga a ampliar nuestra mirada sobre la Guerra Civil española. No se trata solo de comprender cómo se ejerció la violencia o cómo se construyó la memoria de aquel conflicto. Se trata también de preguntarnos si es posible medir científicamente la herencia humana de una guerra. Nuestros resultados sugieren que sí. Y que hacerlo no solo cambia la forma de interpretar el pasado, sino también el papel que una democracia puede desempeñar en la reparación de sus consecuencias más profundas.
La gran pregunta olvidada
Desde hace más de medio siglo, la Guerra Civil española ha sido uno de los campos más fértiles de la historiografía contemporánea. Disponemos de un conocimiento extraordinariamente detallado sobre el desarrollo militar del conflicto, la violencia ejercida en ambos bandos, la represión franquista, los consejos de guerra, las cárceles, el exilio, las desapariciones forzadas o las fosas comunes. También conocemos mucho mejor que hace apenas dos décadas los procesos de exhumación, las políticas públicas de memoria y el papel que desempeñan en una democracia comprometida con los derechos humanos.
Todo ello ha permitido reconstruir con enorme precisión qué ocurrió entre 1936 y los primeros años de la dictadura. Sin embargo, existe una paradoja llamativa. Sabemos mucho sobre cómo murieron miles de personas, pero apenas hemos investigado qué ocurrió psicológicamente con quienes tuvieron que seguir viviendo después de aquellas pérdidas.
La diferencia no es menor. La historia nos explica cómo se produjo la violencia. La psicología puede ayudarnos a comprender qué consecuencias dejó esa violencia sobre las personas, las familias y, quizá, sobre generaciones que nunca llegaron a conocer directamente aquel conflicto.
En otros escenarios marcados por la violencia política esta línea de investigación lleva décadas desarrollándose. Los estudios sobre supervivientes del Holocausto, las dictaduras del Cono Sur, los Balcanes o Ruanda han mostrado que determinados acontecimientos traumáticos pueden proyectar sus efectos durante mucho más tiempo del que tradicionalmente imaginamos. No únicamente porque quienes los vivieron conserven secuelas psicológicas, sino porque esas experiencias transforman la vida familiar, las relaciones afectivas, las formas de educar, los silencios y las narrativas que se transmiten entre generaciones. La pérdida deja entonces de ser únicamente un hecho histórico para convertirse en una experiencia que continúa organizando la vida cotidiana mucho después de que desaparezcan sus protagonistas.
En España, sin embargo, esta dimensión permanecía prácticamente inexplorada desde una perspectiva empírica. La mayor parte de las investigaciones sobre memoria se han ocupado de los discursos públicos, las políticas memoriales, las asociaciones de familiares o los procesos de exhumación. Han sido trabajos imprescindibles para comprender cómo una sociedad recuerda su pasado. Pero recordar y elaborar psicológicamente una pérdida son procesos diferentes. La memoria pertenece al ámbito colectivo, político y cultural. El duelo pertenece, ante todo, al ámbito de la experiencia humana, aunque inevitablemente se vea condicionado por el contexto social e histórico.
Esta diferencia resulta fundamental. Una sociedad puede reconocer oficialmente a las víctimas y, al mismo tiempo, muchas familias pueden continuar viviendo un duelo inacabado. Del mismo modo, una familia puede mantener viva la memoria de un desaparecido durante décadas y seguir experimentando una profunda incertidumbre derivada de no saber dónde está enterrado, de no haber podido despedirse o de no haber contado nunca con un espacio social donde expresar ese dolor. La literatura psicológica denomina a esta situación pérdida ambigua o duelo desautorizado, conceptos que describen precisamente aquellos procesos en los que la ausencia permanece abierta porque nunca llegó a existir una confirmación, un ritual o un reconocimiento suficiente para integrar la pérdida en la propia biografía.
Con esa idea comenzamos nuestra investigación. Nos preguntamos si era posible estudiar la Guerra Civil desde un lugar diferente. No únicamente analizando la violencia que produjo, sino observando las huellas psicológicas que esa violencia ha dejado en quienes la heredaron. Para ello reunimos una muestra de familiares de víctimas pertenecientes a distintas generaciones y analizamos de forma conjunta variables relacionadas con el duelo, el estrés postraumático, las estrategias de afrontamiento, el estrés percibido y la recuperación de los restos humanos. Nuestro objetivo no era demostrar una hipótesis política ni confirmar un relato previo. Era responder, mediante herramientas procedentes de la psicología científica, a una pregunta histórica que apenas había comenzado a formularse: ¿qué ocurre cuando un duelo permanece interrumpido durante casi un siglo?
Los datos revelan una herencia invisible
Hasta este punto solo habíamos planteado una pregunta: ¿puede una guerra seguir produciendo consecuencias psicológicas casi noventa años después de haber terminado? La respuesta que ofrecen nuestros datos es afirmativa. Pero no en el sentido más intuitivo. No estamos hablando únicamente de personas que sobrevivieron al conflicto o padecieron directamente la represión franquista. Hablamos, sobre todo, de hijos y nietos. Personas nacidas en democracia que nunca escucharon un disparo, que no conocieron a los familiares cuya ausencia marcó la historia de su casa y que, sin embargo, continúan organizando parte de su experiencia emocional alrededor de aquella pérdida.
Este hallazgo obliga a matizar una idea muy extendida. A menudo se afirma que «el tiempo lo cura todo». Sin embargo, desde la psicología sabemos que el tiempo, por sí solo, no constituye un agente terapéutico. Lo que permite elaborar un duelo es la posibilidad de aceptar la pérdida, dotarla de sentido e integrarla en la propia biografía. Cuando ese proceso queda interrumpido, la herida no desaparece simplemente porque transcurran las décadas. Puede permanecer latente, reorganizarse y expresarse de formas diferentes a medida que cambian las generaciones.
Eso fue precisamente lo que observamos.
Las familias de las víctimas de la Guerra Civil española no solo perdieron a una persona. En miles de casos también perdieron la posibilidad de despedirse. Muchos nunca recibieron una confirmación oficial de la muerte, nunca recuperaron el cuerpo y nunca pudieron celebrar un funeral o disponer de un lugar donde recordar a su familiar. Esa ausencia convirtió la pérdida en una experiencia permanentemente abierta. La literatura internacional define esta situación como pérdida ambigua, una forma de duelo especialmente compleja porque la incertidumbre impide cerrar el proceso emocional. En España, además, esa situación se vio agravada por décadas de silencio, miedo y ausencia de reconocimiento público, configurando lo que diversos autores denominan un duelo desautorizado, es decir, un duelo que no encontraba legitimidad social para expresarse.
Lo más llamativo es que esa experiencia no desaparece necesariamente con quienes la vivieron. Durante mucho tiempo, la idea de una transmisión intergeneracional del trauma permaneció ligada al ámbito del psicoanálisis o a estudios desarrollados tras el Holocausto y otras experiencias de violencia extrema. En el caso español apenas existían evidencias empíricas. Nuestros resultados aportan precisamente esa evidencia. No porque demuestren que el trauma se transmite de forma biológica o inevitable, sino porque muestran que las consecuencias de una pérdida no elaborada pueden proyectarse sobre las siguientes generaciones a través de los vínculos familiares, las narrativas compartidas, los silencios y las formas cotidianas de relacionarse con el pasado.
Conviene insistir en esta idea porque suele simplificarse con facilidad. Los nietos no «heredan la guerra». Lo que heredan es una determinada manera de convivir con una ausencia que nunca pudo integrarse plenamente en la historia familiar. Crecen escuchando relatos fragmentarios o, en ocasiones, sin escuchar ninguno. Perciben emociones difíciles de nombrar, observan silencios persistentes alrededor de determinadas personas o acontecimientos y participan en rituales familiares que mantienen viva una ausencia cuyo origen pertenece a otra época. Como señalan diversos estudios sobre transmisión familiar del trauma, los hijos y nietos no reciben únicamente información sobre el pasado; también aprenden modos de sentirlo y de interpretarlo.
Esta constatación cambia también nuestra forma de entender las exhumaciones. Frecuentemente se ha preguntado por qué son precisamente los nietos quienes lideran la búsqueda de muchos desaparecidos. Desde una perspectiva exclusivamente cronológica podría parecer paradójico. Ellos no conocieron a quienes buscan. Sin embargo, desde la perspectiva psicológica el fenómeno resulta mucho más comprensible. No intentan reconstruir únicamente un episodio histórico. Intentan resolver una ausencia que ha condicionado la vida emocional de su propia familia durante décadas.
Otro de nuestros resultados cuestiona una imagen igualmente simplificadora: la idea de que todas las familias reaccionan del mismo modo ante una pérdida traumática. No ocurre así. Las estrategias para afrontar el duelo son extraordinariamente diversas y dependen del contexto, del grado de parentesco, de la comunicación familiar y de las oportunidades de reconocimiento social. Mientras algunas familias mantuvieron viva la memoria mediante asociaciones, homenajes o la búsqueda activa de los restos, otras optaron por el silencio como mecanismo de protección o supervivencia. Ninguna de estas respuestas puede entenderse como universal. Todas forman parte de las múltiples formas en que las personas intentan adaptarse a una pérdida que nunca llegó a resolverse plenamente. Nuestros análisis sobre las estrategias de afrontamiento muestran precisamente esa diversidad de respuestas frente a una misma experiencia traumática.
Quizá el resultado más novedoso de nuestra investigación aparece cuando dejamos de observar cada síntoma de manera aislada y analizamos cómo se relacionan entre sí. Tradicionalmente, la psicología ha tendido a estudiar el duelo, el estrés o los síntomas postraumáticos como fenómenos independientes. Sin embargo, el análisis de redes empleado en nuestro estudio permite observar algo distinto: el sufrimiento psicológico funciona como un sistema interconectado. Las emociones no aparecen de forma aislada; se alimentan mutuamente y forman una estructura dinámica en la que cada elemento influye sobre los demás.
Esta forma de comprender el trauma tiene importantes implicaciones. Si el sufrimiento constituye una red de relaciones emocionales, cualquier acontecimiento que modifique uno de sus elementos principales puede transformar también el conjunto de la experiencia psicológica. Esa observación nos condujo hacia la última gran pregunta de nuestra investigación: ¿qué ocurre cuando una familia consigue, por fin, recuperar los restos de su ser querido?
Ese interrogante nos llevó al hallazgo que, probablemente, resulta más innovador de todo nuestro trabajo. Porque las exhumaciones no solo recuperan cuerpos. También parecen transformar la manera en que las personas organizan emocionalmente una pérdida que llevaba décadas suspendida. Ese cambio no elimina el dolor. Pero sí modifica profundamente la forma en que ese dolor se experimenta y adquiere significado. Y esa transformación, como veremos, permite comprender las exhumaciones desde una dimensión que hasta ahora apenas había sido explorada: la de la salud mental.
Una democracia también repara
Durante mucho tiempo, el debate sobre la memoria democrática se ha planteado principalmente en términos históricos, políticos o jurídicos. Hemos discutido sobre el derecho de las familias a recuperar los restos de sus seres queridos, sobre el deber del Estado de investigar las desapariciones forzadas o sobre la necesidad de preservar una memoria pública compatible con los valores democráticos. Todas esas cuestiones siguen siendo fundamentales. Sin embargo, nuestros resultados sugieren que existe una dimensión que hasta ahora había permanecido casi invisible: la psicológica.
No se trata de afirmar que una exhumación borre el sufrimiento acumulado durante décadas. Ninguna investigación seria podría sostener algo semejante. El dolor por la pérdida de un padre, una madre o un abuelo asesinado nunca desaparece completamente. Lo que muestran nuestros datos es algo distinto y, quizá, más importante. Cuando una familia recupera los restos de su ser querido, identifica un lugar donde descansar, celebra un funeral o encuentra un espacio de reconocimiento social, no solo recupera una parte de su historia. También comienza a reorganizar la manera en que esa pérdida ocupa un lugar en su vida emocional. El duelo deja de construirse alrededor de la incertidumbre para empezar a construirse alrededor del recuerdo. La ausencia deja de definirse por una pregunta sin respuesta y puede comenzar a integrarse en una narrativa familiar donde, por fin, existe una despedida.
Este hallazgo invita también a reconsiderar el significado de las políticas de memoria. Con frecuencia se presentan como instrumentos destinados exclusivamente a esclarecer el pasado o a reparar una injusticia histórica. Todo ello sigue siendo cierto. Pero la evidencia que hoy empezamos a reunir indica que también pueden desempeñar una función menos visible y profundamente humana: contribuir a que familias enteras completen procesos de duelo interrumpidos durante generaciones. Desde esta perspectiva, la memoria democrática deja de ser únicamente una cuestión de archivos, monumentos o legislación. Se convierte también en una forma de cuidar las consecuencias que la violencia sigue proyectando sobre el presente.
La Transición española logró construir un marco de convivencia democrática que permitió dejar atrás una dictadura de casi cuarenta años. Aquella fue una conquista histórica de enorme trascendencia. Pero ninguna transición política puede resolver, por sí sola, las consecuencias emocionales de una violencia masiva. La democracia garantiza derechos y libertades; la reparación de los daños humanos exige, además, conocimiento, reconocimiento y tiempo. No porque la historia deba vivirse permanentemente mirando hacia atrás, sino porque comprender el pasado es una condición necesaria para entender cómo sigue actuando en el presente.
Quizá esa sea la principal enseñanza de nuestra investigación. Durante décadas hemos estudiado la Guerra Civil española desde los campos de batalla, los archivos, las prisiones o las fosas comunes. Era imprescindible hacerlo. Sin ese trabajo no conoceríamos la magnitud de la violencia ni las formas que adoptó la represión. Pero las guerras no dejan únicamente ruinas materiales o documentos. También transforman biografías, relaciones familiares y formas de experimentar la pérdida. Esa herencia, silenciosa y difícil de medir, ha permanecido mucho más tiempo fuera del campo de visión de la historiografía.
Hoy disponemos de herramientas que permiten aproximarnos a esa dimensión con el mismo rigor con el que estudiamos otras consecuencias de la guerra. No para sustituir la historia por la psicología, sino para hacer dialogar ambas disciplinas y comprender mejor un fenómeno que ninguna de ellas puede explicar por separado. Porque las guerras terminan cuando cesa la violencia, pero sus consecuencias humanas pueden prolongarse mucho más allá de la vida de quienes las combatieron.
Durante años pensamos que las exhumaciones recuperaban únicamente cuerpos, nombres e historias. Hoy sabemos que pueden devolver también algo mucho más difícil de cuantificar: la posibilidad de concluir un duelo interrumpido durante tres generaciones. Comprender esa dimensión no modifica únicamente nuestra forma de interpretar la Guerra Civil española. Nos obliga también a replantear qué significa reparar el pasado en una democracia. Tal vez la reparación no consista solo en hacer justicia a quienes murieron, sino también en ofrecer a quienes viven la oportunidad de transformar el silencio en conocimiento, la incertidumbre en memoria y la ausencia en una despedida posible.
Para saber más:
- Martín-Ríos, R., & Leira-Castiñeira, F. J. (2026). Grief and trauma structures among relatives of Spanish Civil War victims: A network analysis approach. European Journal of Trauma & Dissociation. Advance online publication. https://doi.org/10.1016/j.ejtd.2026.100690: https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S2468749926000591
- Leira-Castiñeira, F. J., y Martín-Ríos, R. (2026). Lágrimas del pasado. Superación del proceso de duelo de la Guerra Civil española a través de rituales de paso. Prisma Social, 52, 225–247. https://doi.org/10.65598/rps.5918: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=10564654
- Martín-Ríos, R. y Leira-Castiñeira, F. J. (2025). Análisis de los factores psicológicos y contextuales que moldean el proceso de duelo en familiares de víctimas de la Guerra Civil.. Acción Psicológica, 22(2), 131-143. https://doi.org/10.5944/ap.44383: https://revistas.uned.es/index.php/accionpsicologica/article/view/44383